Aventuritas en Madrid presenta: un típico bar español
Para Mago Cuéllar, para Óscar y para las señoritas de la mesa dos
Margarito Cuéllar vino a Madrid. Y ver a los amigos fuera de casa da una alegría muy especial. Así que en la primera oportunidad corrimos a verlo. Quedamos en la Plaza de las Ventas, la segunda plaza de toros más importante de España, un edificio imponente de estilo morisco, y nos propusimos llevarlo a un bar típico español para que disfrutara de un buen vinito y unas deliciosas tapas que, sobra decirlo, son la tradición.
Las tapas son el equivalente de nuestra botana. Y les dice así porque tradicionalemente se trataba de una rodaja de pan, untada de algo, que se ponía sobre los tarros de cerveza o los vasos de vino para que no les entraran las moscas.
En los bares a la antigüita todavía te la dan gratis en la compra de una bebida, cualquiera que esta sea. Y puede tratarse de un pinchito de la famosa tortilla de patata, o de unas aceitunitas, o de unos trocitos de chorizo, o un panecito con anchoas y tomate..Claro que también está el buffete clásico de “raciones”, donde ya se da el salto de un bocado a un platito y generalmente una canastita de pan. La variedad se amplía e incorpora, carne, mariscos, ensaladitas de todo tipo, cosas calientes, cosas frías, cosas fritas.
El extremo ya son los pinchos vascos, que han desarrollado toda una escuela gastronómica. Entrar a una taberna vasca es un horror, porque toda la barra, de principio a fin, está repleta de las más deliciosas combinaciones de cosas suculentas, de todos colores, sabores, temperaturas, texturas.
Pero esta vez nos conformamos con un bar típico cualquiera, así que bajando por la calle de Alcalá (y aquí mi papá canturrea la canción de Agustín Lara que por cierto tiene una estatua en el barrio de Lavapiés “cuando vayas a Madrid, chulooooona” ) encontramos el bar La Alambra. Nos pareció suficientemente típico así que entramos. La decoración era muy andaluza, con mosaicos, azulejos y hasta balconcitos con flores colgando del segundo piso. Solamente desentonaba la música.
Cuando entramos, Eddi Santiago cantaba sugerente mente mi canción favorita: Solo tú. El chico que nos atendió no ladró, al mejor estilo madrileño, sino que saludó con mucha amabilidad y nos sirvió nuestros tragos. Sospechoso, pero no tanto, en un lugar donde ser camarero es uno de los mejores trabajos a los que un extranjero "no comunitario" puede aspirar, no importa qué tan calificado esté. Luego vino el experto en salsa, sudaca a todas luces y cuando se nos ocurrió preguntar si tenían cocina, caímos en la cuenta de que el Bar la Alambra era un bar sudaca, venezolano, nada menos.
Así que acabamos comiendo yuca frita, quesito y patacón pisao. Mmmmmmmmm, ¡sabor de hogar! El colmo fue cuando por la puerta entró un arpa más grande que el hombre que la portaba al hombro. Luego siguieron guitarra y voz y se armó la fiesta llanera, viva la música venezolana.
Así que, de flamenco y palmas, no mucho. Pero visto de otra manera, el bar sí nos ofreció una experiencia típica de la ciudad, abarrotada de inmigrantes de los cinco continentes. Madrid es un poco así, aquí y allá uno se encuentra con nosotros, con quienes hemos salido de nuestros países y nos hemos instalado aquí de manera permanente o transitoria. Mezclados con los nativos nos hemos vuelto parte de la fauna española y es así como junto a las castañas asadas, una ecuatoriana vende elotes frente a la estación de Atocha; junto al bar Iberia en la glorieta de San Bernardo se encuentra un expendio de productos latinoamericanos, a unos poco metros del Barrio de San Juan Bautista se alza la mezquita más grande de España rodeada de tiendas árabes y en el centro de Lavapies se pueden encontrar completísimos supermercados chinos.
Eso es Madrid y eso son en mayor o menor medida las grandes ciudades europeas. Algunos españoles se quejan, pero como dijo no sé quién, nosotros solamente les estamos devolviendo la visita.
¡Salud!