La más vívida experiencia de los atentados del 11 de marzo de 2004 son las ganas de llorar. Primero de miedo, hace un año, porque subirse al tren o al metro nunca volvería a ser lo mismo. Luego de dolor, por tantas vidas perdidas, por tantas heridas abiertas, por las personas que se encontraban en esos trenes, por los españoles, por los inmigrantes: africanos, latinoamericanos, europeos del este, que vinieron a España soñando una vida mejor y se toparon con esto. Y finalmente de indignación porque un puñado de locos sea capaz de hacernos sufrir este horror, pero además que lo haga en nombre de Dios.
Quien conozca un poco el Islam sabrá que un verdadero musulmán no puede ser terrorista. Y quien conozca un poco el mundo en el que vivimos sabrá también que sobran intereses de orden no-religioso para manipular a la gente y que sobra violencia en nuestro “orden mundial” para engendrar este tipo de locuras.
La espiral continúa donde se manipula, una vez más (otra vuelta de tuerca), para erigir villanos abominables y tapar el sol con un dedo. En este caso: árabes, musulmanes, inmigrantes, pobres. Es decir, los “otros”, los incómodos al Poder.
Si el “moro” nunca ha sido especialmente bienvenido en estas tierras (y como muestra simplemente la negación de su pasado andalusí), a partir de los atentados ser árabe es prácticamente ser el enemigo. Alquilar un piso, conseguir un trabajo, hacer trámites, incluso circular libremente se ha vuelto un asunto complicado para muchos. Los primeros días después del 11 de marzo las mujeres marroquíes eran agredidas por la calle o en los andenes de tren y de metro. Pero la comunidad marroquí también tuvo que llorar a sus muertos.
A la fecha hay veintidós detenidos por su participación en los atentados. Cinco de ellos son españoles, pero cuando en las noticias ubican la procedencia de los terroristas en el mapa, España no aparece.
Hoy volví a llorar, pero no me atreví a ir a los 5 minutos de silencio en la estación de tren de Azuqueca y si hubiera tenido que tomar el tren me hubiera resultado enormemente duro. Uno hace su vida, vuelve a tomar el tren, hace lo que tiene que hacer, se encomienda a sus ángeles de la guarda, se empeña en pensar que cuando le toca le toca. Pero sí nos pasó, a quienes vivimos en España y fue terrible y duele recordarlo.
Dicen los sabios sufis que el mejor camino hacia la paz es conquistar la paz interior. Y dice mi brujo de cabecera (singular chamán norteño) que cuando uno encuentra la armonía interior, lo exterior se armoniza. Parece una verdad universal que sólo la luz disuelve la sombra. Así que a trabajar y a disfrutar que el mundo se va a acabar.
Los interesados en sabiduría sufi pueden consultar: www.naqshbandi.org y www.naqshbandi.org.es