Luciérnaga
Hace tiempo escribí esto sobre mi hermanita (la única de sangre, porque tengo otras muchas adoptivas):
Lucía se desmayaba con el olor a hospital. Diez años de tener una madre enferma hacen eso. Se fue del norte porque lo encontraba imposible de abrazar y en la capital estudió Pedagogía, eso también por influencia de su madre. Un día empezó a encontrarse bien en los hospitales, tal vez de tantas horas de acompañar a Juan mientas estaba en coma. Otro día descubrió que armada con una nariz roja y una bata de doctor podía curarle el ánimo a los enfermos. Desde entonces es payaso de hospital, o dicho más correctamente “médico de la risa”. Al principio fue duro pero poco a poco ha aprendido que donde no cabe la risa cabe la caricia y que cuando todo pasa se vale llorar.
Y antes, como parte de una letanía de hermanas, había escrito esto otro:
Lucía vaivén de flores,
colección de alas,
concha
pan dulce
¿qué decirte a ti
brillo
luz en ti misma
huracán ráfaga refuego?
Difusa y clara
complejísima
amada hermana
Lucía de la panza fría
Luciana
memoria
¿tú contarás nuestra historia?
Cuando pienso en ella lo primero que se me viene a la mente es un cuento para niños, algo como:
Cuando era pequeña le gustaba ponerse el plato con huevo de sombrero y correr por los pasillos al ritmo de sus pañales. Parecía una oruguita satisfecha y gordinflona. Luego le salieron resortes en las patas y cola de chango, con lo cual andaba todo el día colgada de los árboles, de los columpios, de las lámparas. Más tarde las patas se le pusieron peludas y blanditas y se convirtió en osito. En ese entonces todavía me daba calor que se me encaramara durante horas y horas. Hasta que por fin se convirtió en lo que estaba llamada a ser: una hermosa luciérnaga, una luna con alas, una princesa caramelo. Ahora podemos hablar y hablar durante horas, cantar canciones, bailar, dibujar, jugar, inventar cosas, llorar juntas, y cuando estamos lejos una de la otra, mi hermana, que es dueña de la luz, lanza señales que cruzan el mar y la tierra, alumbran mi corazón e iluminan mis sueños. ¡Mi hermana es la mejor del mundo!
Me lo imagino con pasta dura y hojas brillantes, letras grandes e ilustraciones de colores que den mucha risa.
Definitivamente, si algo tengo que agradecerle a la vida (bueno, y a mi mamá y a mi papá), es tener una hermana como la mía. La quiero tanto tanto que a veces no he sabido cómo quererla (entrarle a mordiscos no siempre es lo más conveniente). Pero ella sigue ahí, luminosa, reídora, poderosa, poniéndole azúcar a mi vida. ¡Te quiero germana, feliz cumpleaños!