lechuzadelosmares

Cambio el cuaderno de notas y la libreta con dibujitos por la página electrónica. Experiencia, experimento, experimiento. La libreta de mis sueños la seguiré guardando en mi cajón, pero aquí trazaré (trataré) la crónica de mis ensueños.

Saturday, July 30, 2005

Sufi I

En el libro: Sheikh Nazim, la prueba de la generosidad (Editions du Relié, Paris 1997), Philippe de Vos hace este relato sobre el primer viaje de Mawlana a Estados Unidos:

Cuando le piden que hable, después de los ministros, cuenta que un día el Profeta (sobre él las oraciones y la paz) estaba entre sus compañeros cuando vieron pasar un cortejo fúnebre. El Profeta (sobre él las oraciones y la paz) en ese instante se levantó haciendo que todos lo que estaban con él se levantaran. Algunos de sus más próximos exclamaron sorprendidos: “¡Pero si este hombre no es un musulmán!” El Profeta (sobre él las oraciones y la paz) respondió: “Si yo veo que un hombre es acompañado por la luz o por los ángeles, eso me basta como prueba de lo que él es.”

Sheikh Nazim osaba decir en esta noble asamblea de representantes de la educación islámica en el mundo (muchos de ellos ministros de asuntos religiosos), que es así como hay que juzgar, por los frutos de luz producidos y no en función de una pertenencia o de una apariencia religiosa.

Thursday, July 28, 2005

Perfume de Nador

Hoy los niños del taller le pusieron música al poema de Gorostiza. Construyeron sus propios instrumentos, le hicieron al poema los arreglos necesarios (por ejemplo, multiplicar el estribillo) y cantaron con todas sus ganas. El vocalista fue Moisés, un niño marroquí, acompañado en la guitarra de cartón por Ayoub, en las maracas de yogurt por Dani de Rumania y Adri de aquí, en la caja por Mansi, de la India, y en el palo de agua por Telmo, también de aquí.

En la voz de Moisés las varas de nardo se transformaron en barcas de Nador (la ciudad donde nació), un solo aroma se convirtió en un solo amor y las blancas varas desprendidas en des-perdidas. Magia de la mejor.

Al final todos exigieron su copia de la canción para poder cantar ad infinitum que se alegra el mar se alegra el mar se alegra el mar se alegra el mar...

Tuesday, July 26, 2005

Laberinto (poema en piezas) II

Cada puerta un atavío
un vestido nuevo
un rostro distinto
todos el mío.

Está el corredor angosto,
la garganta de bosque y laja
muros de noche espesa
donde los cocuyos arden
telegráficamente
desenfrenadamente
y la marea de estrellas bate sobre el cañón.

Mi voz es el grito del tiempo
soy la que trae la lluvia
india que huele sangre
hacha de la tormenta
ofrenda de cuarzo entre las peñas,
beso secreto junto al pozo
travesía, tibio pecho.

Soy por el pasillo de edificios
reina del asfalto
incomparable Ariadna del subsuelo
profetisa del ocaso en chimeneas.

Guío los pasos de los coches
descifro las venas mortales
bailo con dragones
acaricio los dedos de navaja
trazo con mis pies caseríos y cerros
mi aliento enciende las velas
miro yo a través de los faroles,
en cada parquímetro mi corazón se agota.

Conozco el camino de las peñas
las calles de lodo,
conozco el paseo por el mármol
he volado sobre el suelo blanco
con zapatos de princesa.

No voy a ninguna parte.

Wednesday, July 20, 2005

Cuando yo era colombiana

Todo empezó con Verito. Nos reconocimos apenas mirarnos de un extremo al otro del salón de clases. Luego todo fue armar y desarmar palíndromos, conversar largas horas acodadas en la mesa de los sueños, recorrer laberintos, descansar sobre la arena, helarnos en patios poéticos, ir a la caza de poemas sobre los pies, besar hombres en las esquinas de la discordia, mirarnos a través del espejo. Hermanas idénticas y distintas, dos versiones de la misma cosa. De Verito me viene lo rola, las palabras andén y tenaz. ¡Rolísima! me diría una noche de esas un colombiano en una pizzería, ¿ay cómo así? –respondí yo- ¡mexicanísima! No me creyó.

Luego vino Esteban y sus flores de San Jordi, sus enormes ojos de melaza, sus historias, su capacidad de asombro, su voz tímida y acogedora, su solicitud, Barcelona desde su terraza. Después, en los días terribles, Gerardo. Si no me ahogué fue por Gerardo. Y luego muchos otros. Encarnada Bogotá, Tunja, Santa Marta, Cali, Bucaramanga (sí, ese lugar existe), Pasto, Medellín, Barranquilla: Colombia se volvió mi patria.

Llegué a verme ahí, montando en buseta por Bogotá, con un saquito en la mochila, escuchando salsa, bebiéndome la cadencia de las conversaciones, trabajadora de la cultura, bailadora, enamorada. Hasta que soñé que mi mamá no estaba muerta sino que la tenía la guerrilla colombiana y me di cuenta que no quería un marido con el secuestro asumido como riesgo laboral, ni coches bomba frente a los bares. De todas maneras, el que hubiera sido mi mejor pretexto acabó por disolverse entre botellas de whisky y un sinfín de piernas (ajenas).

A decir verdad, todo empezó con Luz Helena. Creo que fue ella la que me reconoció en ese otro salón de clases. Contra mi ingenuidad extrema, su mala leche. La vi soñar muchas veces y llorar sólo una. Pero hierba mala nunca muere. Sus interminables siestas vespertinas y un cambio de clima la acabaron de curar. Nos fue uniendo una larga historia de complicidades y al final un vínculo indisoluble: hermanas de saliva, gracias a la amable colaboración de...dejémoslo así.

Cuando me admitió en su casa su madre pasó a ser mi madre y las noches de Monterrey empezaron a sonar a salsa y cosas peores. ¿Cómo no iban a serlo con una madre caleña y solitaria? El mismo swing, la misma nostalgia transformada en energía vital, las mismas ganas de sacudirnos algo de cuerpo, de tocar algo más.

Pero si lo pienso bien, lo cierto es que el primer flechazo fue vallenato. Sobre el escenario del Obispado un jugador de americano, rubio, piel dorada, ojos azules y gorra de los Yanquis encarnaba al Rey Vallenato de turno. Nada que ver con lo que esperábamos: ni tez morena, ni sombrerito llanero, ni mochila colombiana. Eso sí, como digno heredero de Francisco el Hombre tocaba endemoniadamente. Nos enamoramos del paseo, quedamos deslumbrados con el son, enloquecimos con el merengue, y nos heló la puya.

Ese fue un sueño del Chino Mitotes hecho realidad: una semana de escenarios regiomontanos tomados por el vallenato y la raza colombia, una semana de parranda ininterrumpida con los hijos del Valle. Yo me quedé con un hermano: Ñeco Montenegro, una dedicatoria susurrada al oído que cualquier chica hubiera deseado, amigos queridísimos y una nostalgia irreparable.

Dos años después, tal vez tres, en un avión de Mexicana leí el asesinato de la Cacica y le devolví las lágrimas que lloró con mis poemas. Su entierro legendario me lo contó Lourdes al teléfono, pero yo ya lo había leído en los Cuentos de la Mamá Grande.

En realidad, como muchos otros en Monterrey, empecé a ser colombiana sentada en las esquinas de la ciudad, escuchando cintas rebajadas compradas en el río y hablando de muchas cosas. Una tarde tras otra me empapé del miedo, del dolor, de la alegría, del recuerdo, de la vida, del vértigo. Veía los toros desde la barrera, pero aún así el vallenato reiterado me dejó la marca de las muchas voces y las muchas vidas que pude rozar, de las calles empinadas de Revu, de los secretos grabados por las chicas de Escobedo, de las pintas en la pared, de las carreras, de la cárcel, de los muertos, de los vivos que siguen bailando en círculo y repiten los pasos cortos de las cadenas de antaño a miles de kilómetros de distancia.

¿Y tú de qué parte de Colombia eres? me preguntaban cada vez que me sacaban a bailar. De Monterrey, decía yo. O directamente me tomaban por rola o por santanderina. Ya no hago arepas (¡Verito!), ni como sancocho (¡Gerardo!), ni bebo aguardiente en vasos chiquiticos (¡Luz!). No hablo de usted, no bailo salsa, no me junto con amigos el 20 de julio. Sigo sin poner un pie en Colombia porque me da miedo: el día que vaya me quedo. Pero dentro tengo el zarpazo. Acordeones de aquí y de allá cantan en mi pecho.

“Te vas, te vas y no la olvidas” dicen los Aterciopelados. Yo ni voy ni la olvido, pero no se me cura con nada. Cuando la dejo un poco me empieza a gritar por dentro, me reclama. Será que me la he imaginado demasiado, que la sueño paraíso perdido, destino ineludible. Será que en otra vida fui colombiana.

Monday, July 04, 2005

Encuentros II: Verito en Barranquilla

En el Museo de Arte Contemporáneo de Barranquilla hay una exposición sobre Fernando Botero, en la exposición hay una sala climatizada y en la sala climatizada hay un video sobre la vida de Botero. En el video hay imágenes de cuando Botero era profesor de la Universidad de los Andes. En las imágenes de la Universidad de los Andes hay unas escaleras y en las escaleras está sentada Verito. Ella no lo sabía, ni nunca lo ha visto, pero por una de esas casualidades que nunca son casualidad, Estéban la vio y se lo contó, mientras ella estaba sentada en la sala de computadoras de la Universidad Pompeu Fabra en Barcelona.

Encuentros I: un regio en el metro de madrid

Lo vi nada más subir al vagón en Avenida de América. Logré aproximarme entre la gente y me tenía una historia curiosísima que le ocurrió al ir a buscar las fotos de su pasaporte. La historia ya era suficientemente simpática como para alegrarme el día, pero lo que no esperaba era ver al final del cartelito pegado junto a la puerta, la firma de Alfonso Reyes. ¡Pero si eres tú! pensé ¿también por aquí? ¿te sigue todavía ese sol de Monterrey, despeinado y amarillo? A mí sí.