Todo empezó con Verito. Nos reconocimos apenas mirarnos de un extremo al otro del salón de clases. Luego todo fue armar y desarmar palíndromos, conversar largas horas acodadas en la mesa de los sueños, recorrer laberintos, descansar sobre la arena, helarnos en patios poéticos, ir a la caza de poemas sobre los pies, besar hombres en las esquinas de la discordia, mirarnos a través del espejo. Hermanas idénticas y distintas, dos versiones de la misma cosa. De Verito me viene lo rola, las palabras andén y tenaz. ¡Rolísima! me diría una noche de esas un colombiano en una pizzería, ¿ay cómo así? –respondí yo- ¡mexicanísima! No me creyó.
Luego vino Esteban y sus flores de San Jordi, sus enormes ojos de melaza, sus historias, su capacidad de asombro, su voz tímida y acogedora, su solicitud, Barcelona desde su terraza. Después, en los días terribles, Gerardo. Si no me ahogué fue por Gerardo. Y luego muchos otros. Encarnada Bogotá, Tunja, Santa Marta, Cali, Bucaramanga (sí, ese lugar existe), Pasto, Medellín, Barranquilla: Colombia se volvió mi patria.
Llegué a verme ahí, montando en buseta por Bogotá, con un saquito en la mochila, escuchando salsa, bebiéndome la cadencia de las conversaciones, trabajadora de la cultura, bailadora, enamorada. Hasta que soñé que mi mamá no estaba muerta sino que la tenía la guerrilla colombiana y me di cuenta que no quería un marido con el secuestro asumido como riesgo laboral, ni coches bomba frente a los bares. De todas maneras, el que hubiera sido mi mejor pretexto acabó por disolverse entre botellas de whisky y un sinfín de piernas (ajenas).
A decir verdad, todo empezó con Luz Helena. Creo que fue ella la que me reconoció en ese otro salón de clases. Contra mi ingenuidad extrema, su mala leche. La vi soñar muchas veces y llorar sólo una. Pero hierba mala nunca muere. Sus interminables siestas vespertinas y un cambio de clima la acabaron de curar. Nos fue uniendo una larga historia de complicidades y al final un vínculo indisoluble: hermanas de saliva, gracias a la amable colaboración de...dejémoslo así.
Cuando me admitió en su casa su madre pasó a ser mi madre y las noches de Monterrey empezaron a sonar a salsa y cosas peores. ¿Cómo no iban a serlo con una madre caleña y solitaria? El mismo swing, la misma nostalgia transformada en energía vital, las mismas ganas de sacudirnos algo de cuerpo, de tocar algo más.
Pero si lo pienso bien, lo cierto es que el primer flechazo fue vallenato. Sobre el escenario del Obispado un jugador de americano, rubio, piel dorada, ojos azules y gorra de los Yanquis encarnaba al Rey Vallenato de turno. Nada que ver con lo que esperábamos: ni tez morena, ni sombrerito llanero, ni mochila colombiana. Eso sí, como digno heredero de Francisco el Hombre tocaba endemoniadamente. Nos enamoramos del paseo, quedamos deslumbrados con el son, enloquecimos con el merengue, y nos heló la puya.
Ese fue un sueño del Chino Mitotes hecho realidad: una semana de escenarios regiomontanos tomados por el vallenato y la raza colombia, una semana de parranda ininterrumpida con los hijos del Valle. Yo me quedé con un hermano: Ñeco Montenegro, una dedicatoria susurrada al oído que cualquier chica hubiera deseado, amigos queridísimos y una nostalgia irreparable.
Dos años después, tal vez tres, en un avión de Mexicana leí el asesinato de la Cacica y le devolví las lágrimas que lloró con mis poemas. Su entierro legendario me lo contó Lourdes al teléfono, pero yo ya lo había leído en los Cuentos de la Mamá Grande.
En realidad, como muchos otros en Monterrey, empecé a ser colombiana sentada en las esquinas de la ciudad, escuchando cintas rebajadas compradas en el río y hablando de muchas cosas. Una tarde tras otra me empapé del miedo, del dolor, de la alegría, del recuerdo, de la vida, del vértigo. Veía los toros desde la barrera, pero aún así el vallenato reiterado me dejó la marca de las muchas voces y las muchas vidas que pude rozar, de las calles empinadas de Revu, de los secretos grabados por las chicas de Escobedo, de las pintas en la pared, de las carreras, de la cárcel, de los muertos, de los vivos que siguen bailando en círculo y repiten los pasos cortos de las cadenas de antaño a miles de kilómetros de distancia.
¿Y tú de qué parte de Colombia eres? me preguntaban cada vez que me sacaban a bailar. De Monterrey, decía yo. O directamente me tomaban por rola o por santanderina. Ya no hago arepas (¡Verito!), ni como sancocho (¡Gerardo!), ni bebo aguardiente en vasos chiquiticos (¡Luz!). No hablo de usted, no bailo salsa, no me junto con amigos el 20 de julio. Sigo sin poner un pie en Colombia porque me da miedo: el día que vaya me quedo. Pero dentro tengo el zarpazo. Acordeones de aquí y de allá cantan en mi pecho.
“Te vas, te vas y no la olvidas” dicen los Aterciopelados. Yo ni voy ni la olvido, pero no se me cura con nada. Cuando la dejo un poco me empieza a gritar por dentro, me reclama. Será que me la he imaginado demasiado, que la sueño paraíso perdido, destino ineludible. Será que en otra vida fui colombiana.