Comida familiar
¡Noooooooooooooooooo! fue el grito aterrador que hizo resonar aquella peluquería cuando me di cuenta de que me habían hecho un fleco de perico como el que llevaba en tercero de secundaria. ¡Pero si le dije todo lacio para abajo! Ahorita te lo bajo reina. Le peluquera fue por la plancha y lo único que logró fue enloquecerme el remolino de la frente. Después de muchos intentos y tres señoritas quemándome los pelos con sus instrumentos de tortura, aquel tubo ya parecía una cortina: esponjado de la raíz y recto de las puntas. ¡Lo quiero liso para abajo! Ah, dijo la peluquera, APLASTADO. ¡Exacto, aplastado! Y después de un resoplido me lo volvió a mojar y lo aplastó lo más que pudo. Eso me pasa por peinarme y hacerme manicure al mismo tiempo.
Nomás terminar corrí a casa de los Rojas por mi disfraz de novia exótica y después de discutir con Mao por no sé qué tontería me lancé a casa de los Lobas donde ya me esperaba el primer flamante par de invitados. Unas manos angelicales se habían encargado de tenerlo todo a punto. ¡Era precioso! tres mesas largas con sus manteles blancos y sus florecitas moradas (que a nosotros nos gustaron aunque mi papá afirmara que no era un color suficientemente alegre) ocupaban todo el jardín. Si ese jardín hubiera medido el doble, hubiéramos podido convidar al doble de amigos y gente tan sumamente querida con la que también queríamos convivir. Pero así es la materia.
En el cuarto de arriba, mi hermana, las niñas de Mao y otras loquitas (Magali, mis primas, mis cuñadas) nos pusimos nuestros trajes exóticos. Antes de bajar todas en filas ya se nos empezó a correr el rimel con los tres besos y abrazos de la oración de gracias que hicimos juntas. Pero bajamos todas bellas y recompuestas, y el vestido mágico de Sara tuvo un efecto tremendo. El poder de ese vestido es que todo el que lo ve se pone a llorar, y así fue.
La ceremonia que inventamos transcurrió entre lágrimas y risas. De verdad nos hizo felices porque brilló todo el amor: el que nos tenemos, el que les tenemos, el que nos tienen. Luego comimos pozole de la tía Lupita, bailamos con Camilio y compañía, nos alegramos con las súper voces y el súper acordeón de Música Maestro, nos sarandeamos ceremonialmente con notas de la terra a cargo del conjunto típico vallenato del Chino. Al final del mitote se nos salió lo regio y terminamos con tacos de carne asada a la salud de Vasconcelos.
Me quedo con las palabras que nos dedicaron en público y en privado, con la infinita generosidad de los Lobatón, con todos los kilómetros que algunos recorrieron para acompañarnos y con todos los kilómetros que otros obviaron para demostrar que en el corazón no hay tiempo ni lugar. me quedo con la presencia protectora de los mayores (mis tíos, mi papá, mi mamá de muchas maneras); con las risas, los bailes, los abrazos; con el revoloteo de los niños, empezando por el de las princesas venidas de oriente (Kalthomy y Noe, claro está, aunque de niñas tengan poco); y me quedo con dos frases, una para mí y otra para la vida:
"Mariana es como una caja de madera aromática"
"La única casa es el corazón"
Gracias a todas y todos y va el mail de Mao para quien quiera contactar: ibnelwasaya@hotmail.com
