Esta madrugada, mientras en México se iban a la cama y en Azuqueca me despertaba un ataque de hambre, mi abuelita se fue volando entre risas. Tenía muchísimos años y desde hace unos cuantos pedía a Dios que se la llevara de una vez, pues ciertamente había cumplido, y desde hacía rato, su misión en la Tierra.
En San Francisco tembló la tierra y luego se quedó todo muy quieto, en Morelia pasó volando un pájaro blanco. En Chipre, hace un par de meses vi a mi abuelita en un sueño: dorada, brillante, hermosísima y feliz, parecía un ángel. Y lloré mucho.
Dice mi papá que se quedó como dormida, con una sonrisa en la boca. Y dice que luego cayó una tormenta imposible con todo y granizo. Dicen los sufis que cuando llueve, baja un ángel del cielo con cada gota. Estoy segura de que bajaron a acompañarla.
Yo quería que conociera a mi bebé antes de irse, pero como dice Mao, seguro que se encontraron en el camino y se reconocieron.
Mi queridísima abuelita, algún día volveremos a vernos.