
Dice mi querido y nunca bien ponderado manager Óscar que, a juzgar por las fotos, soy una madre supersayayina (neologismo sobrinezco). Y a mí se me hace que sí. Me gustó eso de ser la mamá más guapa de la familia (que no la madrastra más guapa porque ahí sí me gana la Abuela Gungui, mejor conocida como la mearrastra asesina, qué le vamos a hacer). Es la ventaja de que no quede ninguna otra representante en este barrio (cápsula de inevitable humor negro patrocinada por el 10 de mayo). En honor a mi mamá compré un marquito azul y puse una foto donde salimos abrazadas y cómplices cuando yo tenía como 3 años y paseábamos por Disney World. Así la recuerdo, sonriente y cálida, y así me siento yo cuando estoy cerca de mi Hali y, ahora que lo pienso, también cuando no lo estoy. Pensé mucho en mis abuelas maravillosas y sentí pegado a la piel y dentro del pecho su cariño totalmente vivo, recordé las tardes en casa de mi abuelita Chela y el olor de sus cobijas. Me senté en el despacho de mi abuelo Julián a conversar y reime con mi abuelita María Aurora y coger su manita fría. Miré dentro de sus ojos y vi que desde donde está (desde donde están los cuatro abuelos) nos siguen mandando todo su amor y están contentos con nosotros. Dí gracias por las mamás acompañantes que me dio la vida, por mi tía Yvonne y por mi tía Chela y por el club de "capullos otoñales" cuya sola presencia en el mundo me hace sentir más fuerte y segura y contenta. Pensé en mis primas y amigas mamás que son tan chidas y me sentí feliz de pertenecer al mismo club. Para ocasiones como esta se inventó aquella canción de: "gracias a la vidaaaaaa que me ha dado tantoooooo" así que ¡cantemos!