lechuzadelosmares

Cambio el cuaderno de notas y la libreta con dibujitos por la página electrónica. Experiencia, experimento, experimiento. La libreta de mis sueños la seguiré guardando en mi cajón, pero aquí trazaré (trataré) la crónica de mis ensueños.

Wednesday, July 18, 2007

¡Lo logramoooooooooooooos!

¡Gracias por sus contribuciones a la causa! Llegó toda la buena vibra y bajaron todas las bendiciones del cielo y fue muy fácil. La evaluadora fue un encanto, el tráfico se detuvo, no tuve que estacionarme en pendiente ni en cuesta y al final hasta me felicitaron por haber hecho un súper buen examen. Así que a partir de la próxima semana ya puedo tomar posesión de mi coche reciclé (o sea, el que ERA de Mao) y dirigirme al lugar de mis sueños con mi Halima: IKEEEEEEAAAAAAAAAAAAA. Ah y llevarla a sus clases de natación en la alberca techada. ¡Bieeeeeeeeeeen!

Tuesday, July 17, 2007

Se requiere urgentemente buena vibra

Para aprobar a la primera examen práctico de conducir y motorizarme de una vez. Así que porfa mándenme mucha buen onda telépática, crucen dedos, enciendan veladoras, digan oraciones y todo lo que se les ocurra.
Gracias de antemano, Nerviosa

Monday, July 09, 2007

Otro de princesas

La princesa y el perfume maravilloso

Esta es la historia de una princesa que vivía muy feliz con su padre el rey, su madre la reina y sus hermanos los princesitos. Era tan feliz en su palacio, que estaba segura (para tristeza de príncipes y caballeros) de que nunca se casaría y nunca se iría de allí. Se llamaba Nur, y era verdaderamente un rayo de luz. Andaba como un cascabel de aquí para allá y hacía brillar todo lo que tocaba. Cuantos la miraban se llenaban de una alegría dulce que se les quedaba dentro del pecho. Pero pocos sabían que Nur tenía un don muy especial: un olfato maravilloso. Su naricilla respingona podía detectar los aromas más extraños: descubría las mentiras porque olían a podrido, las sorpresas por su olor a pastel y las malas noticias le llenaban los pulmones de mar.

Una mañana despertó olfateando una mezcla de circo y chocolate. A las pocas horas, la visita de una gran reina se anunció en palacio. Su trono reposaba, como el mundo, sobre el lomo de un elefante. La acompañaba una enorme caravana de paquidermos y un cortejo grandísimo de servidores muy bien peinados que parecían figuras hechas con chocolate de todas clases: desde el más amargo hasta el más dulce. Sus turbantes, plumas y piedras preciosas hacían pensar en bombones de sabores: cerezas cubiertas, naranjas bañadas, hojas de limón, dulce de lavanda, pétalos de rosa. Mmmmmmmmmh, ¡qué aroma!

Como no cabían todos en palacio y las cuadras de los caballos les quedaban chicas a los elefantes, montaron un colorido campamento. A Nur le pareció lo más bonito que había visto en su vida.

Mientras celebraban un fabuloso banquete con la Reina de los Elefantes y su corte, Nur empezó a notar algo raro en la punta de la nariz. Era como un cosquilleo, como unas alitas despertando su olfato. No paraba de arrugar la nariz haciendo gestos. Por más que lo intentaba no podía definir aquel olor. Esto me huele mal, pensó y, después de pasar toda aquella noche estornudando, se decidió a averiguar de qué se trataba. Aunque la verdad era que olía muy pero muy bien.

Salió de casa siguiendo la estela de ese aroma y cuando se dio cuenta había cruzado las fronteras de su reino y se encontraba ante un castillo que brillaba como el sol. Estaba, de arriba abajo, hecho de cobre y flotaba como una isla sobre una marea de pasto casi azul. Huele a hierba, pensó Nur, a hierbabuena. Y se coló por la cocina.

Abrió las puertas de las alacenas y olfateó todos los saquitos, frascos y botes que encontró. Nada. Abrió la nevera y revolvió todo lo que había. Nada. Entró en la lavandería y escudriñó con su naricilla inquieta cada pomo, cada caja y cada pastilla de jabón. Nada de nada. Subió entonces por la escalera que llevaba a las habitaciones y, entonces sí, supo que lo había hallado. Transportada por el aroma, giró el picaporte y sin golpear entró en una cámara amplia y luminosa en la que un hada se perfumaba.

“¡As salam aleikum!” Dijo el Hada, mitad sorprendida y mitad divertida. Como Nur era muy bien educada sabía cómo contestar. Dijo “wa aleikum salam” en voz muy bajita con un poco de vergüenza y poniéndose colorada colorada. Pasa ¿quieres un poco? Nur corrió hasta el peinador donde el Hada se perfumaba y con dos gotitas de perfume en sus muñecas sintió como si un pájaro de fuego cantara en su pecho y amaneciera en algún lugar de su corazón.

¿Te gusta? Preguntó el Hada. Es un perfume especial que hace nuestro abuelo. Heredó la fórmula de su abuelo, y él del suyo hasta el principio de los tiempos. Nuestra familia guarda el secreto. Ahora mismo mi hijo está aprendiendo para seguir la tradición. ¿Quieres verlo trabajar?

En medio de la sala más amplia del castillo, un joven giraba sin descanso. A su alrededor un enjambre de astros, cometas y planetas diminutos iba y venía vertiendo esencias sobre una mano que sostenía en alto. Desde ahí, la mezcla bajaba por un caminito de cristal hasta su corazón donde cambiaba de color cuatro veces. Finalmente, el elixir descendía por su brazo izquierdo dejando una estela de oro. Se recogía en un frasquito muy singular que brillaba como una estrella.

Lleva así toda la mañana -le dijo al oído el Hada- estará a punto de terminar. Dicho y hecho: como una flor nocturna el muchacho cerró los brazos, hizo una reverencia y respiró agotado. Era un joven hermoso, tenía la mirada brillante, una melena de león color chocolate enmarcaba su cara. ¡Qué lástima que Nur había jurado no casarse! Si este príncipe se lo pidiera ¡sí que se casaría!

Khaidar se le quedó viendo muy extrañado. Estaba seguro que la había visto en alguna parte. Se acercó con pasos felinos y la saludó con un beso en la mano. Esa noche cenaron en familia. De postre todos tenían mouse de limón, menos Nur, que encontró en su plato un anillo de brillantes. Anoche, le dijo el príncipe giróvago, soñé que me casaba contigo, pero estabas rodeada de elefantes y tenías la nariz arrugada, por eso no te reconocí al instante. Si me aceptas, serás mi esposa.

Se pusieron de acuerdo y entre grandes honores el abuelo vino a oficiar la boda. Cuando entró en la gran sala rodeado del Consejo, se hizo el silencio. Todos se inclinaron respetuosamente menos los niños que corrieron a abrazarse de sus piernas. A su señal, un grupo de fuegos fatuos que hacían de secretarios, derramaron sobre ellos una lluvia de caramelos.

El abuelo parecía, a primera vista, redondo y chiquitín, pero enseguida se notaba cómo su presencia llenaba toda la sala, se extendía hasta abarcar el castillo, tomaba posesión de los jardines y se aposentaba en los prados.

La nariz de Nur dio un respingo. Al mirar detenidamente, notó que el abuelo brillaba igual que el cristal de estrella donde se guardaba el maravilloso perfume. Poniendo más atención, se podía ver bajo su juppa el movimiento de los planetas alrededor de su corazón, los destellos de color y el vaporcillo aromático subiendo hasta el gorro y haciendo girar la florecita de la punta.

El abuelo llamó a los chicos: Nur llevaba un vestido de pétalos de novia, un turbante de nube y una chaqueta de sol. Khaidar iba engalanado con un traje violeta de alas de mariposa, turbante de luna y estrellitas colgando de sus rizos. Cuando estuvieron casados, el padre del novio rugió de alegría. Las madres se abrazaron, el rey y los princesitos saltaron de gozo. De regalo, el abuelo hizo brotar rosas naturales en las cabezas de todo el mundo. Fue la mayor fiesta que se recuerde en ambos reinos que, desde entonces, forman un único y perfumado país.

Thursday, July 05, 2007

Pirografismo

A veces, como al joven de la perla, se me olvida quién soy, pero cuando me releo me acuerdo:


Socorro
Explotó
como una estrella vieja
o un vaso que cae
el cuarto húmedo y tibio
los muebles durmiendo en sus sábanas.

En el atrio sombrío todo volaba
remolinos de mariposas
madera, tierra,
los bancos enanos donde comían,
el refri.

Entre el huracán los vestidos,
las sábanas de nata,
los libros
cerca del cielo fotografías
las flores del patio
cajitas llenas
pedazos de escalera.

Pequeños tornados
trepando por una cuerda
invisible hasta el cielo.

Ella, la niña,
miraba con cara gris
la fiesta de huracanes
de palabras que se iban
voces extintas
guitarras
piel, cabellos.

Tras la puerta de vidrio
y la explanada
un grupo negro miraba.

¿Por qué lloran?
¿Alguien ha muerto?
Los muros de la iglesia resplandecían de flores
era una de esas tardes amarillas.

Ella, la madre,
era la estatua de un ángel
recogiendo a los heridos en la guerra,
tenía una bandera en la mano,
a sus pies las maletas.

Ella, la niña vestida de negro,
sabía que el final de la tarde
era la orilla del mundo.

En la caja gris no estaba
sino su carne enferma,
su piel no tenía la sonrisa del sueño
por sus ojos
portones de acero
había salido la última luz
y había cerrado con llave.

Los cabellos de fuego
congelados
marchitos
no tenían más el ondular de las flores.

El hada se quitó el vestido
y lo puso a secar
en la tarde helada de octubre.

De fuego

Sólo yo puedo decir:
“Tengo un pájaro de fuego que me habita
se revuelve en mi fondo
ilumina mis llagas
se levanta de pronto
y sus plumas
despuntan en todos mis poros
gritan de fuego en todos mi poros

Tengo un ángel que me ronda
pesadamente
un ángel tan bello
y tan triste
como la muerte de una madre
me asomo en él a mi propio abismo
en el fondo hay un pájaro de fuego
y unos ojos que me miran
desde el principio del mundo”





Cautiva
¿Quién, si gritara yo, me escucharía entre los coros angélicos? R. M. Rilke

Me mirabas silencioso
desde la sombra.

A punto de dormir
entraste fijamente.
Tu figura se alargó por mis paredes.
Inmóvil sobre la cama
tu respiración.

A mis espaldas,
las manos atadas por tu mirada,
el corazón, el cuerpo,
había que atender,
dejarlo todo.

Asaltabas las puertas,
agujero negro.
La misma hora,
las mismas cosas convocaban
tu llegada,
tu temida, invisible
llegada sin nombre,
sin rostro,
sin manos que golpearan o acariciaran,
que escribieran en las paredes.

Y era mirarnos,
las horas enteras de la noche,
sentirte ahí
en la esquina del cuarto,
todos muertos sobre sus camas
y yo viva
sin preguntar,
o pedir tu voz
si la tenías,
o pedirte cerca,
ángel furioso,
sin saber si tu furia era conmigo
o contra mí.

Vencida al fin
bajo tu mirada
dormía.

A veces creía encontrarte,
acechando en el rincón
oscuro de la luz.

Nunca me atreví a pedir tus manos,
¡con cuánto amor
me hubieran destrozado!
Nunca me atreví a pedir tu nombre
¡hubiera resonado luminoso hasta matarme!

Y ahora
¡qué terrible don
sentir tus manos,
venidas para arrastrarme
manos de la sospecha helada!
¿Crees que sobrevivo a la visión?
¿Crees que el vértigo no mata?
¿Cómo viviré sin la asfixia,
sin respirar entre tus alas hasta ahogarme?
¿Cómo miraré la luz
si la noche de tus alas me ha cegado?

¿Por qué susurraste
tu nombre acantilado?
¿no sabías que ahora
seguiré cayendo,
mi sangre tiñendo las paredes,
anegando los bordes?
¿no sabías que caeré,
contra las peñas
mi corazón aquí,
mi piel allá,
el alma en cada golpe
de piedra
sin acabar de morir?
¿no sabías que entregaría todo a la caída?
¿qué te hizo mostrarme, ángel mío, tus ojos?
¿me querías cautiva, cayendo siempre?

¿Por qué tenías que ser
el ángel más terrible?
¿Por qué encontrarte oscuro
entre las sombras de mi noche?







Travesía
El cielo se deshace sobre mi techo,
moja mi paso por las calles
y quisiera
deshacerme en jirones como el cielo.

Camino y desde la acera
escucho el canto de las sirenas.
Nadan en charcos de aceite
y sus cuerpos se roban todos los colores,
sus largas cabelleras
sobre el pavimento flotan
y el viento las extiende por la superficie acuosa.

Una de ellas se peina
y la otra
nada hacia el poniente
diciendo adiós con la mano.

Sigo mi ruta y un par
de anónimos pretendientes
montados en su carro
suenan la bocina y saludan,
con largas sonrisas como escudo.

Una ambulancia
levanta en su carrera hojas caídas
y recuerdo en su grito mi propio llanto.

Circe cruza la calle:
su falda tan corta,
sus malditas caderas
hacen suspirar a los marinos
y les arrancan miradas
bastante puercas.

No quiero saber de las Circes
que cruzan tus calles.

La esperanza de un hijo
que cruce el mar para encontrarte
la ha echado por la borda
el tubo de Predictor
y finalmente mi propio cuerpo
que llega tarde a la cita
y llueve.



Ítaca
¿Volver?
¿Al esmog, los camiones,
las calles inundadas?

¿Volver con esta adicta a las apariencias,
envuelta en su traje glamoroso
de mundo primero?

¿Volver a la sordera de los hornos,
al mito del trabajo y el progreso,
a las chimeneas que se alzan
como miembros orgullosos?

¿Volver aquí donde los puros
se dan baños de cerveza,
donde la vida limpia vidrios
a cambio de miradas de dos pesos?

¿Volver donde te siembran
cicatrices de concreto en los pulmones
para que corran autos?

¿No sabes, Odiseo,
que en el mar
la vida es más sabrosa?

Si yo, como tú, fuera navegante
y flotara mi palacio entre las olas,
volver no estaría en mi diccionario.

A menos, por supuesto,
que una reina como yo,
estuviera esperándome en casa.



Sirenas
Ya ni siquiera cantan,
ahora bailan
y se desnudan
alrededor de cualquier mástil.

Penélope costurera
Para sacar al niño adelante
tuvo que pasar
su juventud cosiendo.

Textiles de Ítaca S.A.
A muchas las abandona el marido,
pero ésta
hizo de su consuelo un emporio.

Agamenón
¿Qué culpa tengo yo
de que la puta de mi cuñada
esté cogiendo con otro?

Víctima
El apuesto Paris me sedujo,
pero les juro
que yo no quería.

Pelea de barrio
Con la cadena que cuelga del pantalón
Teseo le dio muerte.
Ahora no puede volver al Laberinto,
lo busca la policía.

Polifemo
(...) y tú estás insensible, Galatea.Metamorfosis XIII, Ovidio

Era tu hado ser ciego,
que tu único ojo quedara
eclipsado por blanca mano.

Y no fue Galatea
luna bastante
acariciando de Acis el cuerpo,
no fue bastante blanco su seno
para oscurecer tu ojo.
Tuvo que ser Odiseo
el candente olivo
que abrasara tu sol de media frente.

Tu balido despierta, Polifemo
y son al unísono tus cabras
gimiendo ya no rojas
crepúsculo de sangre
sino más que nunca oscuras.

Nadie te ha cegado,
resuenan los montes fatigados
nadie escucha
y ha salido huyendo nadie de tu furia
de tu noche enloquecida.

Desplazas la roca
naces llorando de tu cueva
buscas, ciego, a nadie
das tumbos en tu carrera
vence la sombra tu cuerpo erguido
y manos en tierra
palpas,
buscas a nadie con tus dedos.

Los dioses conmovidos,
vuelven metal a los cíclopes durmientes
ponen línea recta a tu trayecto.

Abrazan tus miembros el riel frío
te precipitas
tus piernas encogidas ya son discos
tus brazos accionan sus nuevos mecanismos:
giran.

Tu ojo deslumbrante brilla herido,
del humo la columna no cesa
y la sangre al viento, vuelta rocío
sube al cielo y se dispersa.

“¡Nadie! ¡Nadie!” sobre las vías
“¡Nadie!” la máquina de tu cuerpo
tu ojo deslumbrante brilla herido
la mano de Ulises ciega al cielo
(cielo rojo, pardo, negro).

Asoma tatuado con la liebre
de insensible Galatea el blanco seno.