Esta mañana tenía que dejar a Halima por primera vez mientras me iba a tomar mi cursito de cuentacuentos. Antes se había quedado con Sushila o con Munira, pero eso no cuenta. Se quedaba en casa y las chicas son de la familia. Esta vez se quedaba en casa de Maria Jesús (mi compañera de curso) en compañía de la pequeña Gala (unos meses más grande que Hali) y su abuela. Desde que me levanté tenía dolor de estómago, por no hablar del resfriado marca diablo que me cargo. Incluso pensé en faltar a mi amado curso. Puse agüita a calentar y saqué mi taza térmica.
Entonces me acordé de Diama con su taza de un lado para otro (Monterrey, Nueva York, la UdeM, la Normal, con hijos, sin hijos, con chamba, sin chamba, con amigas, sin amigas y un largo etcétera), ya no sé si llena de té o de café, pero esa imagen me cambió el ánimo. Pensé en rellenar mi propia taza y salir a enfrentar el mundo.
Ese gesto de cargar con la taza me pareció de pronto como hacer una afirmación al mundo (en inglés me suena más: un "statement"): Aquí estoy, esto soy, esto tengo, esto quiero, y el hecho de cambiar de lugar no hace que eso cambie. Sentí esa taza de té caliente danzando conmigo de un lado para el otro como un trozo de calor de hogar, como un cacho de absoluta seguridad, y no sólo eso, sino de absoluta certeza, en mi mano.
Al final, como de costumbre, no alcancé a tomarme el té (por ello he merecido el apodo de Señora Dejatés, por parte de mi amiga Aliya) y tampoco me llevé la taza térmica porque ya llevaba a Halima, su mochila, su bolsa de juguetes, mi bolsa, mi carpeta del curso y unos papeles de Mao. Pero no importó, porque me llevé en el ánimo la taza de Diama que me hizo sentir bien durante tooooodo el día.
Epílogo: Halima estuvo feliz, mi curso estuvo genial y el próximo lunes ¡repetimos!
Gracias Diama, te quiero mucho.