Desde hace unos años (cinco concretamente), ramadán tiene sabor de mudanza. Coincide con el verano que es también el parteaguas de año, final y principio del ciclo escolar. Y aquí estamos otra vez, ramadán caluroso y sazonado con un buen puñado de trámites, una medida de caos, media de tristeza y otra media de alegría.
Esta vez me está costando mucho levar el ancla y despedirme de Almodóvar. He encontrado aquí una facilidad y una paz que hace mucho tiempo no tenía. Y encontré también calor de hogar. No sé cómo, después de tanto tiempo en España, no había descubierto Andalucía. El tiempo es cálido y la gente también es cálida. Aunque luego se organice en pequeñas tribus donde los extranjeros por regla general no tenemos cabida. Sigue habiendo algunos maravillosos bichos raros que se atreven a asomarse a nuestras vidas y nos acogen con inmenso cariño en las suyas.
En este pueblo tan pequeñito, todo el mundo se conoce. Y en cuanto aparece alguien "no reconocido" tratan de ubicarlo inmediatamente. "¿Pero tú eres del pueblo?" "Yo vivo aquí", respondo (¿debo decir respondía? Creo que ya tengo que empezar a hablar de Almodóvar en pasado, qué penita). "¿Y tú de quién eres?" pregunta invariablemente la persona intentando verme cara de hija de alguien, o nieta de alguien...Sólo una vez me atreví a contestar: "¿yo? ¡de Allah!" porque me lo preguntaron en la mezquita. Normalmente, opto por hacer referencia a mi filiación almodovarí: "Soy amiga de Helena, la hija de Chari." Y así, por arte de magia, quedaba inscrita inmerecidamente en el clan de las Gómez, y la gente se quedaba tranquila. Ya sabía quién yo era.
Otras veces sacaba mi carnet de amiga de Kamila, y entonces a la gente le asaltaban los recuerdos de don Mansur Escudero (que Dios lo bendiga), e invariablemente se ponían a contar historias sobre su generosidad, sobre su disposición para ayudar al prójimo, y nuevamente quedaba inscrita sin merecerlo en otra tribu. La gente en este pueblo tiene con los musulmanes un prejuicio positivo, y es gracias musulmanes valientes que se han atrevido a vivir su fe sin esconderse y que, además, han sido muy queridos.
En realidad esas son mis dos líneas de conexión con Almodóvar, sin ellas, nunca hubiéramos pensado en instalarnos aquí, y gracias a ellas encontramos aquí nuestro sitio. ¿Y por qué nos vamos entonces? Porque el trabajo manda, y vamos en busca de él a Invernalia, nuestra querida Alcarria de donde salimos hace cinco años.
Me resulta muy curioso cómo pueden habitar mi corazón sentimientos encontrados sin mezclarse, tengo esa imagen del mar en que dos aguas diferentes se encuentran y no se juntan. Por un lado me siento tan triste de irme, y por otro muy ilusionada de volver al lugar en el que nacieron mis hijas y donde tanta gente querida nos espera con los brazos abiertos.
Almodóvar me ha dado mucho, Aquí recibí la experiencia que necesitaba para el despertar de los 40 (aunque siga modorra todavía, el regalo está hecho pero lo voy desenvolviendo despacito). Estando aquí emprendí la aventura de la Formación en Pedagogía Waldorf de este lado del charco, que ha sido durante este año una fuente de comprensión y de inspiración grandísima, además de permitirme cultivar auténticos tesoros de amistades insospechadas. La calidad de los encuentros de corazón que han llegado estos dos años es de una belleza que sencillamente no tiene nombre (parece mentira que una vaya por el mundo encontrándose nuevas hermanas, madres, compañeras de camino, estrellitas). Es como si mi alma hubiera echado nuevas raíces: una hacia Sevilla, otra hacia Málaga, otra hacia Córdoba, otra hacia Granada.
Una tarde, volviendo de Córdoba, empezó a embargarme la tristeza. Saqué el block de notas (el electrónico a falta del de papel porque curiosamente no llevaba pluma) y escribí unos apuntes sobre todas aquellas cosas que me hacían sentir enamorada de este cachito de mundo que es Almodóvar. Desde luego no están citadas por su nombre todas las personas que han sido importantes para mí, que han hecho bella mi estancia o que me llevo en el corazón, pero el lector podrá hacerse una buena idea con este "apunte poético", de lo que ha sido aquí mi vida.
Publico ya este post sin revisar, porque es ya la hora de la oración de la noche. Espero que no resulte demasiado caótico y que sea legible. Puede ser que en otro momento le dé una pulida (a ambos, poema y texto). Aquí el poema del Almodóvar (¡habrá más, seguro!). Ah sí, mi agradecimiento eterno a quien corresponda, por este tiempo precioso en Almodóvar.
No voy a
llorar por Almodóvar,
porque antes
no tenía un Almodóvar
y ahora lo
tengo.
Antes no
tenía el olor de azahar en el pecho,
ni la visión
de las casas envueltas para regalo
por la bruma
matutina.
No tenía una
isla alta sobre la neblina,
una isla en
medio del mar de los olivos.
Antes no
tenía un castillo,
el río, enmarcado
por un balcón exquisito,
el panorama
desde la Torre,
la sombra
del patio, ensoñadora.
Antes no
tenía la sonrisa de Lola,
las palabras
de Jose, sabias y sencillas.
La pasión de
Alonso por las campanas
me era
desconocida.
Ignoraba que
en un lugar de Andalucía
hay costureras
que cosen rotos corazones,
les ponen a
las almas dobladillos.
Hay también
bibliotecarias
de infinita
paciencia y pasión por la cocina.
.
Antes de
venir aquí
no había
abuelos desconocidos llamándome “niña”,
ni me
preguntaban, al verme tocada con pañuelo,
si soy amiga
de Kamila.
Nunca
sospeché que pudiese
tener el
aura protectora de Mansur
velando
también por mí
(¡que Allah
lo bendiga!),
y una
hermana que es la diosa celta
Brígida,
encarnada en pelirroja tromba de energía.
Almodóvar me
regaló ángeles como vecinas:
La más
entrañable de las abuelitas
¡ojalá que
mis cuarenta
tuvieran la
vitalidad de los ochenta de Anita!
Y Maricarmen,
cuya voz saltando por la calle
es una
inyección de alegría
(las niñas
cambiaron el enfado de mudarse
por la
ilusión de ir al bar a ver a su nueva amiga).
No había
cuestas en mi vida,
no existía
Pepe saludando “hola cariño”
con
inocencia de niño,
ni la
sonrisa perenne de las monjitas.
No había
tenido una tita Rafi,
ni una
revolución llamada Ana,
que sueña
alto y apunta maneras de heroína.
(Yo no sabía
que a los niños
se les puede
llamar “lucero” con esa dulzura infinita).
Nunca había
conocido y apreciado
a tantos
Rafaeles en mi vida.
Lo que era
la primavera, yo no lo sabía.
ni la lluvia
de abril.
Nunca, antes
de Almodóvar,
pensé que
tendría un yumma, una mezquita,
(un poeta
nos regala gotas de luz encendida)
ni que
podría gozar de nuevo la comida familiar,
montonera y
bulliciosa,
en medio de
un olivar con fátihas y djalabías.
Una cómplice
como Milagros,
que sueña y
hace, ríe y encamina,
me la regaló
Almodóvar,
y el bálsamo
de tejer con Fátima y familia
la filigrana
de los días.
Por eso no
puedo llorar por Almodóvar,
aunque me
vaya.
Porque antes
todo esto no lo tenía
y ahora, para siempre, es mío.