Saturday, January 29, 2022

Un ser escribiente

Para Minerva

 

La palabra era el pan

Llevo una temporada sintiendo nostalgia de mí misma. De la que era cuando hacía un doctorado deslumbrante en una universidad deslumbrante con una biblioteca deslumbrante (por la tarde, las bóvedas del techo se llenaban de los reflejos dorados de unas aguas que nunca entendí dónde se depositaban).

Esa época estaba llena de conversaciones como semillas de crecimiento acelerado. Yo me sentía tierra fértil, igual de nutrida, cálida, potente. Esas conversaciones caían en mi interior e inmediatamente se hinchaban hasta germinar, arraigaban, crecían vertiginosamente hasta alcanzar el aire y de un día para otro ya estaban dando frutos con qué nutrirme, compartir y alimentar nuevos encuentros de donde salían nuevas semillas, and so on...

En esa época sostenía diálogos con mis deslumbrantes maestros y con sus maestros, a quienes encontraba entre las infinitas páginas que albergaba el Depósito de las Aguas, o en alguna de las librerías barcelonesas que me gustaba recorrer, descubriendo a cada paso suculentos manjares.

En aquel tiempo, hace ya veinte años, entraba con pasos quedos en el terreno de la zarza ardiente, y no perdía el habla.  Atrapaba entre los labios sus llamas y manteníamos una conversación de fuego que iluminaba cada día y cada noche de mi vida. Ibn al Arabi, Hildegard von Bingen, Chretien de Troyes, Avicena, Shoravardi, Ramón Llull, Homero, Ovidio, Henri Corbin, Rilke, El Círculo Eranos, Ananda Comaraswamy, eran mis interlocutores en ese tiempo y me sentía tan bien acompañada. Tenía también la deliciosa presencia de otros aprendices como yo. Una compañía con la que, hombro con hombro, íbamos trazando aquel mágico itinerario. Entonces, la palabra era el pan y yo estaba bien alimentada.

Honestamente, no sé si extraño esa actividad intelectual tan fructífera, o si extraño la juventud: el tiempo disponible, las facilidades de encontrarse, tener tan a mano la risa, la música, el baile; la energía, las posibilidades. Y no es que no me llene lo que he ido descubriendo por el camino: el sufismo, la maternidad, la pedagogía, la antroposofía. Todo lo contrario, las fases de mí misma que han ido emergiendo desde entonces son tan sorprendentes y preciosas como aquélla. Les ha faltado, sin embargo, la com-unidad.

La soledad y la escritura

Por algún motivo, mis elecciones me han llevado al retiro. Formando parte de una tariqa sufi, vine a vivir a un lugar en el que no hay hermanos de camino a muchos kilómetros a la redonda. Siendo mamá, elegí criar a mis hijas lejos de mis linajes materno y paterno. Habiendo encontrado en la pedagogía Waldorf un hogar, decidí afincarme en un territorio desierto de waldorfismos. Sabiéndome escritora, me mantuve fuera de todo círculo literario. Barcelona fue mi último jardín. Su luz, sus pájaros, el riego de diálogos que disfruté ahí, permanecen como el sabor más claro de lo que es la plenitud.

A partir de ahí, en los caminos que he seguido, en la familias de las que he llegado a formar parte, nunca he dejado de sentirme como un alebrije. Escribir es una manera poco común de vincularse con la vida. Eso lo permea todo, lo matiza todo, y es una condición que no siempre se puede compartir. Y así como leer me hace sentir acompañada, me rodea de voces, de paisajes, de comprensiones, escribir me recluye en mí misma. Vivir a través de la escritura es al mismo tiempo una cueva, necesariamente solitaria, y una red de galerías subterráneas que me mantiene ligada a relaciones del todo incomprensibles para los demás.

Hablo de la escritura, no exactamente como oficio, sino como modo de vida. Existe la respiración pulmonar, branquial, y la respiración "textual". Yo no soy capaz de entender lo que vivo, si no lo escribo. Lo que siento, lo que me pasa, lo que la vida va trayendo, las decisiones que hay que tomar, nada eso entra en mí y puede ser asimilado si antes no le he escrito. Incluso mis sueños no me dicen nada, hasta que no han pasado por el movimiento de mi mano al rasgo en el papel. Así como soy totalmente miope para las cosas de la vida (las relaciones sociales y afectivas, las cuestiones prácticas domésticas o burocráticas), soy clarividente para la palabra escrita. Ciertamente una condición curiosa.

Esta forma de vivir la escritura me ha llevado a darme cuenta de algunas cosas. Por ejemplo: la diferencia entre la escritura personal y la literaria. La primera vale en cuanto a experiencia humana, sin importar en lo más mínimo su apego a cánones, su nivel de originalidad o la maestría en su expresión. Vale por lo que aporta a quien escribe.

La segunda, desde luego, está regida y su valor se haya en cómo logra elaborar su danza por la frontera entre tradición e innovación, en la maestría en el manejo del lenguaje, o la belleza con la que el orfebre logre elaborar su filigrana de palabras.

He ahí la diferencia entre el escritor como bicho, como homo textualis, y como persona que ejerce un oficio. Entre las dos, hay un tipo de ser escribiente que es, más que un oficial, un oficiante. Sacerdote o sacerdotisa de la palabra, es ella quien le guía en una búsqueda de lo intangible.

Todas ellas se alimentan necesariamente de la lectura. Entablan diálogos con otras voces, transitan por pasadizos formados por susurros o se detienen a escuchar coros.

La Poesía

A veces, mirándome en el tiempo, me pregunto si puedo darme el nombre de “poeta”. Porque hubo un tiempo en el que mis textos aparecían en revistas y antologías, participaba en lecturas y tertulias, publicaba libros, compartía con poetas vivos, aprendía de ellos. Pero hace mucho tiempo que ya no ejerzo ese oficio.

A lo largo del camino he ido descubriendo la poesía en otros lugares, la poesía callada que brota de todos los rincones de la vida. Y entonces algo se pone dentro de mí, en movimiento, y necesito decirme qué era eso, qué es eso de lo que estoy siendo testigo. De mi visión nebulosa, de mi anhelo por ver con claridad, nacen las palabras, como manos que tantean.

¿Dónde está, entonces, la Poesía? En el papel impreso, sí, y secretamente en el lugar de nuestra conciencia donde se guardan las canciones de cuna, los cuentos de hadas, los relatos legendarios. Pero también, y sobre todo, en el intento de descifrar el misterio propio, y el misterio de la Vida.

¿Importa, entonces, que mis textos duerman en un cuaderno? ¿Que no salgan a la luz, en letra impresa, primorosamente maquetados, guarecidos por solemnes portada y contraportada? ¿Que no se codeen con otros textos con los que puedan hacer armonías y consonancias? Si observo cada día, y cada día tanteo la Magia de la vida con mis palabras, y cada día saco un poco de claridad de todo ello ¿puedo llamarme poeta?

Puedo. El tema no es la poesía, sino la soledad. A mí me pesa ser poeta en solitario. Porque, como la experiencia mística, cuando uno ha hecho un viaje y ha vuelto con alguna certeza, necesita con todas las fuerzas del cuerpo y del alma, compartirlo con los demás. ¿Y dónde están esos demás para hablar del viaje y sus descubrimientos, si no tengo gremio y mis compañeros poetas están lejos, enredados cada uno, igual que yo, en otra vida? ¿Cómo conectarme con esa red de encuentros que me permita compartir mis atisbos de poesía con otros?

Tierra baldía

Al principio del invierno me sentía sumamente apagada. Como si todas las cosas bellas que me rodeaban hubieran perdido un poco de brillo. Entré con mi hija mayor a una librería en la que no había estado nunca. Hojeando libros, de todo un poco, volvía a sentir entusiasmo. Realmente había algunas publicaciones maravillosas.

Halima me llamó para enseñarme una edición de la Iliada y la Odisea muy apetecible. Y ahí, entre los clásicos, descubrí un libro que no conocía: Las Heroidas, de Ovidio. Empecé a leer las primeras páginas y me di cuenta de que iba a tener que llevármelo a casa.

Ese solo gesto le dio la vuelta a mi ánimo. Cuando no hay interlocutores a la mano, las palabras que los libros han salvado del olvido son una efectivísima compañía. Volví a sentirme yo. Esa yo que hace mucho tiempo no me sentía. Volví a sentirme pies descalzos, fuego en los labios. Me recordé orfebre y sacerdotisa.

No me siento tierra fértil como en otro tiempo. Se me han colado muchos inviernos dentro. Como en una versión inversa del cuento del pescador que encuentra un pez mágico y no sabe cuándo parar de pedir hasta que todos sus deseos se acaban desvaneciendo, yo no he sabido cuándo parar de dar, y me asusta no saber cómo recuperarme de la sequía que eso ha dejado. Me asusta sentirme baldía. No por falta de semillas, sino por falta de fuerza para transformarlas en un fruto que pueda compartir, que pueda alimentar nuevos encuentros y producir nuevas simientes. Tengo ahora mismo tres “libros” terminando de gestarse. ¿Lograré parirlos?

Leer poesía y escribir me hacen bien al grado de sentirlas como mi mejor medicina. Mi intención es rodearme de textos que me devuelvan el calor solar, que sean como un trozo de pan calentito. Mi intención es regalarme tiempo para escribir y encaminar mis escritos. Mi intención es sentarme junto a la zarza y beber de su fuego. Este tiempo es el momento preciso para alimentar el hogar interior. Es Imbolc. Procuraré nutrirme de poesía, para florecer cuando llegue la primavera.


Imagen tomada de: Moisés y la zarza ardiente – Historia de la Biblia - Historias Bíblicas (bibliavida.com)