Para Minerva
La palabra era el pan
Llevo
una temporada sintiendo nostalgia de mí misma. De la que era cuando hacía un
doctorado deslumbrante en una universidad deslumbrante con una biblioteca
deslumbrante (por la tarde, las bóvedas del techo se llenaban de los reflejos
dorados de unas aguas que nunca entendí dónde se depositaban).
Esa
época estaba llena de conversaciones como semillas de crecimiento acelerado. Yo
me sentía tierra fértil, igual de nutrida, cálida, potente. Esas conversaciones
caían en mi interior e inmediatamente se hinchaban hasta germinar, arraigaban,
crecían vertiginosamente hasta alcanzar el aire y de un día para otro ya
estaban dando frutos con qué nutrirme, compartir y alimentar nuevos encuentros
de donde salían nuevas semillas, and so on...
En esa
época sostenía diálogos con mis deslumbrantes maestros y con sus maestros, a
quienes encontraba entre las infinitas páginas que albergaba el Depósito de las
Aguas, o en alguna de las librerías barcelonesas que me gustaba recorrer,
descubriendo a cada paso suculentos manjares.
En
aquel tiempo, hace ya veinte años, entraba con pasos quedos en el terreno de la
zarza ardiente, y no perdía el habla. Atrapaba entre los labios sus
llamas y manteníamos una conversación de fuego que iluminaba cada día y cada
noche de mi vida. Ibn al Arabi, Hildegard von Bingen, Chretien de Troyes,
Avicena, Shoravardi, Ramón Llull, Homero, Ovidio, Henri Corbin, Rilke, El
Círculo Eranos, Ananda Comaraswamy, eran mis interlocutores en ese tiempo y me
sentía tan bien acompañada. Tenía también la deliciosa presencia de otros
aprendices como yo. Una compañía con la que, hombro con hombro, íbamos trazando
aquel mágico itinerario. Entonces, la palabra era el pan y yo estaba bien
alimentada.
Honestamente,
no sé si extraño esa actividad intelectual tan fructífera, o si extraño la
juventud: el tiempo disponible, las facilidades de encontrarse, tener tan a
mano la risa, la música, el baile; la energía, las posibilidades. Y no es que no me llene
lo que he ido descubriendo por el camino: el sufismo, la maternidad, la
pedagogía, la antroposofía. Todo lo contrario, las fases de mí misma que han
ido emergiendo desde entonces son tan sorprendentes y preciosas como aquélla.
Les ha faltado, sin embargo, la com-unidad.
La
soledad y la escritura
Por
algún motivo, mis elecciones me han llevado al retiro. Formando parte de una
tariqa sufi, vine a vivir a un lugar en el que no hay hermanos de camino a
muchos kilómetros a la redonda. Siendo mamá, elegí criar a mis hijas lejos de
mis linajes materno y paterno. Habiendo encontrado en la pedagogía Waldorf un
hogar, decidí afincarme en un territorio desierto de waldorfismos. Sabiéndome
escritora, me mantuve fuera de todo círculo literario. Barcelona fue mi último
jardín. Su luz, sus pájaros, el riego de diálogos que disfruté ahí, permanecen
como el sabor más claro de lo que es la plenitud.
A
partir de ahí, en los caminos que he seguido, en la familias de las que he
llegado a formar parte, nunca he dejado de sentirme como un alebrije. Escribir
es una manera poco común de vincularse con la vida. Eso lo permea todo, lo
matiza todo, y es una condición que no siempre se puede compartir. Y así como
leer me hace sentir acompañada, me rodea de voces, de paisajes, de
comprensiones, escribir me recluye en mí misma. Vivir a través de la escritura
es al mismo tiempo una cueva, necesariamente solitaria, y una red de galerías
subterráneas que me mantiene ligada a relaciones del todo incomprensibles para
los demás.
Hablo
de la escritura, no exactamente como oficio, sino como modo de vida. Existe la
respiración pulmonar, branquial, y la respiración "textual". Yo no
soy capaz de entender lo que vivo, si no lo escribo. Lo que siento, lo que me
pasa, lo que la vida va trayendo, las decisiones que hay que tomar, nada eso
entra en mí y puede ser asimilado si antes no le he escrito. Incluso mis sueños
no me dicen nada, hasta que no han pasado por el movimiento de mi mano al rasgo
en el papel. Así como soy totalmente miope para las cosas de la vida (las
relaciones sociales y afectivas, las cuestiones prácticas domésticas o
burocráticas), soy clarividente para la palabra escrita. Ciertamente una
condición curiosa.
Esta
forma de vivir la escritura me ha llevado a darme cuenta de algunas cosas. Por
ejemplo: la diferencia entre la escritura personal y la literaria. La primera
vale en cuanto a experiencia humana, sin importar en lo más mínimo su apego a
cánones, su nivel de originalidad o la maestría en su expresión. Vale por lo
que aporta a quien escribe.
La
segunda, desde luego, está regida y su valor se haya en cómo logra elaborar su
danza por la frontera entre tradición e innovación, en la maestría en el manejo
del lenguaje, o la belleza con la que el orfebre logre elaborar su filigrana de
palabras.
He ahí
la diferencia entre el escritor como bicho, como homo textualis, y como persona que ejerce un oficio. Entre las dos,
hay un tipo de ser escribiente que es, más que un oficial, un oficiante.
Sacerdote o sacerdotisa de la palabra, es ella quien le guía en una búsqueda de
lo intangible.
Todas
ellas se alimentan necesariamente de la lectura. Entablan diálogos con otras
voces, transitan por pasadizos formados por susurros o se detienen a escuchar
coros.
La Poesía
A
veces, mirándome en el tiempo, me pregunto si puedo darme el nombre de “poeta”.
Porque hubo un tiempo en el que mis textos aparecían en revistas y antologías,
participaba en lecturas y tertulias, publicaba libros, compartía con poetas
vivos, aprendía de ellos. Pero hace mucho tiempo que ya no ejerzo ese oficio.
A lo
largo del camino he ido descubriendo la poesía en otros lugares, la poesía
callada que brota de todos los rincones de la vida. Y entonces algo se pone
dentro de mí, en movimiento, y necesito decirme qué era eso, qué es eso de lo
que estoy siendo testigo. De mi visión nebulosa, de mi anhelo por ver con
claridad, nacen las palabras, como manos que tantean.
¿Dónde
está, entonces, la Poesía? En el papel impreso, sí, y secretamente en el lugar
de nuestra conciencia donde se guardan las canciones de cuna, los cuentos de hadas,
los relatos legendarios. Pero también, y sobre todo, en el intento de descifrar
el misterio propio, y el misterio de la Vida.
¿Importa,
entonces, que mis textos duerman en un cuaderno? ¿Que no salgan a la luz, en letra
impresa, primorosamente maquetados, guarecidos por solemnes portada y
contraportada? ¿Que no se codeen con otros textos con los que puedan hacer
armonías y consonancias? Si observo cada día, y cada día tanteo la Magia de la
vida con mis palabras, y cada día saco un poco de claridad de todo ello ¿puedo
llamarme poeta?
Puedo.
El tema no es la poesía, sino la soledad. A mí me pesa ser poeta en solitario.
Porque, como la experiencia mística, cuando uno ha hecho un viaje y ha vuelto
con alguna certeza, necesita con todas las fuerzas del cuerpo y del alma,
compartirlo con los demás. ¿Y dónde están esos demás para hablar del viaje y
sus descubrimientos, si no tengo gremio y mis compañeros poetas están lejos,
enredados cada uno, igual que yo, en otra vida? ¿Cómo conectarme con esa red de
encuentros que me permita compartir mis atisbos de poesía con otros?
Tierra baldía
Al
principio del invierno me sentía sumamente apagada. Como si todas las cosas
bellas que me rodeaban hubieran perdido un poco de brillo. Entré con mi hija
mayor a una librería en la que no había estado nunca. Hojeando libros, de todo
un poco, volvía a sentir entusiasmo. Realmente había algunas publicaciones
maravillosas.
Halima
me llamó para enseñarme una edición de la Iliada y la Odisea muy apetecible. Y
ahí, entre los clásicos, descubrí un libro que no conocía: Las Heroidas, de
Ovidio. Empecé a leer las primeras páginas y me di cuenta de que iba a tener
que llevármelo a casa.
Ese
solo gesto le dio la vuelta a mi ánimo. Cuando no hay interlocutores a la mano,
las palabras que los libros han salvado del olvido son una efectivísima
compañía. Volví a sentirme yo. Esa yo que hace mucho tiempo no me sentía. Volví
a sentirme pies descalzos, fuego en los labios. Me recordé orfebre y
sacerdotisa.
No me
siento tierra fértil como en otro tiempo. Se me han colado muchos inviernos
dentro. Como en una versión inversa del cuento del pescador que encuentra un
pez mágico y no sabe cuándo parar de pedir hasta que todos sus deseos se acaban
desvaneciendo, yo no he sabido cuándo parar de dar, y me asusta no saber cómo
recuperarme de la sequía que eso ha dejado. Me asusta sentirme baldía. No por
falta de semillas, sino por falta de fuerza para transformarlas en un fruto que
pueda compartir, que pueda alimentar nuevos encuentros y producir nuevas
simientes. Tengo ahora mismo tres “libros” terminando de gestarse. ¿Lograré
parirlos?
Leer
poesía y escribir me hacen bien al grado de sentirlas como mi mejor medicina.
Mi intención es rodearme de textos que me devuelvan el calor solar, que sean
como un trozo de pan calentito. Mi intención es regalarme tiempo para escribir
y encaminar mis escritos. Mi intención es sentarme junto a la zarza y beber de
su fuego. Este tiempo es el momento preciso para alimentar el hogar interior. Es
Imbolc. Procuraré nutrirme de poesía, para florecer cuando llegue la primavera.
Imagen tomada de: Moisés y la zarza ardiente – Historia de la Biblia - Historias Bíblicas (bibliavida.com)