Thursday, December 31, 2009

¡FELIZ AÑO NUEVO!




Como siempre las cosas por contar se acumulan en el tintero. Valgan un par de imágenes para decirles que somos MUY felices con la compañía de los abuelos y las perspectivas de los próximos días.

Aquí: Hali haciendo magrud para sus amigos, con su papá disfrutando un súper regalito de navidad y yo mera con mi Fatimina.

Monday, December 14, 2009

Parir en casa (el episodio final)

Una cuarentena polémica

Como les decía, yo me había propuesto pasar cuarenta días sin salir de casa según recomienda la tradición sufi. Claro que para que esos cuarenta días sean realmente de beneficio es necesario que se cumplan una serie de condiciones. Sin ellas, lo más probable es que la madre y su bebé (como me pasó a mí la vez anterior) enloquezcan o terminen con una depresión de caballo.

Las condiciones son: en primer lugar, ayuda; en segundo lugar, ayuda; y en tercer lugar, sí, adivinaron, más ayuda. Para que la mamá pueda centrar toooooodas sus energías en sí misma y en su bebé. Debe haber alguien que cuide de ella de pe a pa, que se encargue de la casa, de la compra, de la limpieza y de los otros hijitos si los hay. Pero eso es imposible en los tiempos que corren, dirán ustedes. Sí, es difícil, pero no debería serlo. Si viviéramos en verdaderas comunidades donde las personas se conocen, se aprecian y colaboran unas con otras, o si estuviéramos simplemente cerca (geográfica y emocionalmente) de nuestras familias extensas como sucedía antes y como sigue sucediendo en algunos lugares, es más que factible, es un regalo para toda la comunidad.

En mi caso empecé con el pie izquierdo porque el bajón físico trajo bajón anímico, pero una buena charla con mi amiga Medina (que ha tenido cinco niñas al más riguroso estilo sufi) me sirvió para centrarme y volví a abrazar mi expectativa de cuarentena como un momento que la vida me regalaba para Mí. Y dejé de preocuparme por los demás. ¿Y mi Halima? Pues le tocaba desvincularse de su mamá y vincularse con su papá y con otras personas amorosas dispuestas a cuidarla. ¿Y mi santo marido? A cuidar mujer y niña, hacer compra, gestionar casa, etc.

Gracias a Dios tuve desde el primer momento tooooda la ayuda que necesité. Nada más parir, Wafa trajo un caldo de gallina: el básico marroquí para reponerse del parto y empezar a criar. Durante la noche, Saída hizo guardia junto a mi cama y se levantó cada vez que despertaba la bebé (y eso son muchas veces) para cambiarla ella misma, para ayudarme a ponerla al pecho, para llevarme hasta el baño (me mareaba al levantarme así que necesitaba madrina hasta para eso). Los primeritos días estuvo también Samia que se hizo cargo de Hali, de Fátima y de mí (Samia es muy poderosa).

Y cuando Samia se fue vino Santa Gungui. Santa Gungui es mi madrastra asesina, lo que ella no sabía es que venía a ponerse en las garras de la hijastra malvada y la nieta malvadina ¡pobrecita, la que le esperaba! La abuela venía preparada en plan Mery Poppins con miles y millones de actividades como para entretener a doscientas Halimas durante muchas cuarentenas. Pero no contábamos con la tormenta emocional de las princesas destronadas. Y resultó que Halima no quiso jugar a ningún juego de los traídos por su abuela, ni ir al parque, ni a la biblio, y se dejó preparar en las mañanas para ir al cole y atender cuando volvía nomás porque no le quedaba de otra. Como se imaginarán, la niña quería que todo se lo hiciera su mamá, y no sólo eso, sino que se dedicó a descargar su frustración y tristeza con(tra) su santa abuela. ¡Oh dolor, oh ilusiones rotas! no sólo de la abuela, sino de todos los que esperábamos tener una Halima ocupada y feliz y nos encontramos con la manzanita envenenada.

Debo decir, que tres semanas después cuando la Gungui se fue, Halima lloró amargamente y sólo quería que viniera su abuela a hacerle el desayuno. Pero mientras que Halima no se dejó cuidar por su abuela, yo aproveché. Mi Cecy me preparó cuanto se me antojó: mis doscientras infusiones, mis manzanitas al horno, mi comida continua de 24 horas. Se encargó de que mi mesita estuviera todo el día y la noche llena de cositas ricas que comer y limpia de platos y vasos sucios. Cuidaba a Tátima para que yo me pudiera duchar, hacía la compra, cocinaba, lavaba platos, ponía lavadoras, recogía. Por si fuera poco la tuvimos a dieta de juanguiches de queso, porque todo lo que a mí se me antojaba eran cosas del mar, y como ella es buceadora, es incapaz de comerse a sus amigos marinos. ¡Pobre! Creo que para ella habrá sido como una estancia en el castillo de Maléfica, pero para nosotros fue una auténtica bendición.

Mi querida madrastra me cuidó como una verdadera Hada Madrina, y gracias a ella estuve acompañada y cuidada durante tres valiosísimas semanas: la primera se me fue en recuperar las fuerzas, por lo menos para no marearme cuando me levantaba y recuperarme de los puntos (¡ouch!). La siguientes dos semanas el tema central fueron las grietas.

Para quien nunca haya tenido gritas, puedo decirles que es como el mito de aquél dios encadenado a una montaña, al que un águila venía a comerle las entrañas. Sólo que esto en vez de una vez al día es “a demanda” o sea cada hora y media aprox. ¿El remedio? Hacer topless todo el día y toda la noche, y untarse aceite, miel, lanolina o cualquier cosa que regenere la piel en chinga y no le haga daño al bebé. Duraron tres semanas, motivo de gran alegría, porque la vez pasada tuve grietas tres meses enteros. Eso es tener ganas de amamantar.

Antes de que sonaran las doce campanadas del viaje de la abuela, Kalthumy vino a rescatar a la pequeña princesa de las garras de la soledad ¡menos mal! Un fin de semana muy breve, pero una buena transición a la vida sin ayuda las 24 horas.

Como yo estaba muy a gusto en mi casa y no tenía intención de salir, llamamos a Asmae. Una hermanita postiza que ya en otra ocasión había venido a acompañar a Hali. Heroicamente, empecé a levantarme por las mañanas para darle a Halima el desayuno y prepararle para el cole. También me saltaba la siesta del medio día (que Fátima dormía como tres horas seguidas) para recibir a Hali y darle de comer. Entonces llegaba Asmita. Y Hali felizmente se iba con ella al parque, a la biblioteca, a la piscina de bolas, al súper, a la farmacia y a donde hiciera falta. Yo podía ocupar mi tarde en atender a la bebé y descansar.

Fueron días muy felices de tranquilidad, silencio, descanso, paz. Momentos muy largos de contemplar a mi bebé, de olerla, abrazarla, hacerle mimitos, dormir con ella y de estar conmigo misma, alejada del mundanal ruido. No se me antojaba nada el jaleo de la calle, ni tener la cabeza ocupada en cuentas o en compras o en vanalidades callejeras. No se me antojaban charlas forzadas con vecinos ni dependientas. Estaba tan “abierta”, con el corazón tan expuesto y los sentimientos tan a flor de piel, que me vinieron muy bien esos días en el titiriglobo. No hice nada especial, pero fue una auténtica luna de miel con mi bebita. Nos hizo mucho bien a las dos (y creo que a los cuatro, en realidad) darnos ese tiempo.

Ahora estoy feliz de volver a ver mi amigas, de llevar y traer a Hali al cole, de hacer cosas juntas por la tarde con Fatimina colgada de su saquito o montada en su súper carriola.

En conclusión
La primera vez que hablé con mi hermana después del parto le dije: recuérdame que no tenga otro hijo, y si lo tengo, recuérdame que me compre una cesárea. Pensaba con envidia en los hospitales-hotel de Monterrey en los cocteles de anestésicos y otros fármacos felices, en esa ilusión de pasar por un parto como si no hubieras pasado por él, sin dolor, sin cansancio, sin descubrimientos tremendos... No sé si tendré más hijos, pero si llego a tenerlos no sabría parir de otra manera. Ni querría hacerlo.

Con mi primer parto pensaba que la matrona estaba ahí para decirle a embarazada cómo parir. Con mi segundo parto me di cuenta de que ella, y las demás personas que acompañan al parto y el posparto, están ahí para cuidarte mientras lo descubres por ti misma: cómo pares, cómo recibes a tus hijos, en quién te conviertes cuando llegan.

Estoy muuuuy feliz de haberme atrevido a la aventura de parir en casa, muy muy agradecida por toda la ayuda que he tenido, y muy muy muy satisfecha con los resultados que en amor y crecimiento nos ha dejado la experiencia no solo a mí, creo, sino a todos los involucrados. AlhamduliLah wa shukrliLah (bendito sea Dios y gracias a Dios).

¡Y muchas gracias a mis súper lectoras! Por tomarse el tiempo de leerme, por compartir la experiencia conmigo y dejarme esos comentarios tan chidos que hacen que se me ponga la carne de gallina ¡las quiero amigas (y jefazo)!

Thursday, December 10, 2009

Parir en casa (parte 5 de 5)

La leche

Mercedes le curó el ombliguito a Fatuma y me la trajeron toda vestidita para amamantarla. Pero yo estaba tan pachucha que no podía trabarme en la pelea de darle la teta a la bebé. Yo pensaba que después de dos largos años de lactancia previa la cosa iba a ir sobre ruedas, pero se me olvidaba que cada bebé es distinto y tiene que aprender a mamar. ¿Y qué iba a hacer entonces?

¿Alguien puede venir a darle teta a tu bebé y prestarte al suyo para que te suba la leche? Y entonces empecé a pensar en la tradición sufi de los hijos de leche que adquieren derechos, responsabilidades, imposibilidades (como casarse entre hermanos de leche) y dije: ¡Esther!

Esther es una amiga genial, bailarina, mamá de Azahar la amiguita de Hali y de Candela que ahora tiene cuatro meses. En el grupo de lactancia y de la escuelita hay varias mamás que dan el pecho, pero yo pensaba: ¿y si Fátima cuando sea mayor quiere casarse con Gabriel, o con Eduardo, o con Olmo? Ya sé, mucha telenovela, pero todo eso se me pasó por la cabeza. Total que llamamos a Esther a esas ocho o nueve de la noche y que se lanza hasta mi casa con todo y su bebita. Candela no quiso mi teta, habrá pensado que wácala, ya tenía babas de otra niña. En cambio Fátima se dio un buen atracón de lechita flamenca. Lo que Esther no sabe es que tendrá que incluir a Fátima en su testamento el día que le toque hacerlo. Bueeeeeeeno, eso si quiere cumplir con la tradición sufi. Y la verdad por una sola toma no creo que sea necesario. Lo que sí, yo le agradeceré toda la vida que le haya servido a mi pequeña su primer alimento, y estaré muy pendiente por si a Fátima le empiezan a atraer los tacones y las castañuelas.

Durante esa noche Fátima se empeño en comer (qué cosas) y a la mañana siguiente yo ya tenía leche y grietas. Así empezó la cuarentena que yo me planteaba como un mes y pico de retiro, de tiempo para asumir mi nueva condición de madre de dos niñas, para recuperarme, recargar las pilas y luego volver al mundo con redoblada alegría. Cuarenta de días sin salir de casa. A algunos les parece una burrada, a otros un ideal difícil de alcanzar, pero yo tenía muchas MUCHAS ganas.

Y este capítulo habrá de dividirse en dos porque es hora de ir por Halima a la escuelita. Así que lo de la cuarentena ¡se lo debo pa’ la próxima!

Friday, December 04, 2009

Parir en casa (parte 4 de 5)

Todos a correr
¿Dónde había estado el padre de la niña todo este tiempo? se preguntarán ustedes. Haciendo lo que mejor sabe hacer: rezar. Ya cuando nació Halima nos habíamos puesto de acuerdo. A mí verdaderamente no me hacía falta ni que estuviera pegado a mí durante toda la dilatación, ni que estuviera de protagonista en el expulsivo. Sí, hubiera sido lindo si le hiciera ilusión, pero un marido mareado o desmayado en pleno alumbramiento la verdad es que no me interesaba. Ambos estábamos en paz con eso y amo a mi marido que sabe dónde están sus límites y sabe respetarlos (asignatura aún pendiente para mí) y por eso elegí esas súper compañeras de parto. Porque sabía que son mujeres fuertes, amorosas, entregadas, sensibles, discretas, conectadas, MADRES, y que nos quieren mucho mucho a los cuatro.

En algún momento antes de que Fátima saliera nadando de mi cuerpo, Samia vino con los ojos llorosos a decirme que tenía que hablar conmigo. ¿AHORA? pensé yo. Y me dijo que no estaba sola, que había entrado un momento a la habitación donde Mahmudy se había recluido a rezar y que estaba TOTALMENTE presente, que estaba ahí conmigo, dándome toda su fuerza, aunque físicamente pareciera que no era así y que ella era testigo. Se lo agradecí profundamente porque fue un gesto hermoso de parte de Samia venir a traerme la presencia de mi marido. Pero yo ya sabía que estaba, que no se estaba comiendo los mocos ni picando el ombligo, sino que tenía toda su fuerza, toda su concentración, toda su energía (y es mucha) puesta en el parto. Para mí era como si la pared que divide el salón donde estábamos nosotras y el estudio donde estaba él, no existiese. Yo sentía sin lugar a dudas la presencia de mi amorcito, silenciosa, poderosa, así como es él, cuidando de nosotras y acompañándonos.

Pero en ese momento tuvo que participar de cuerpo presente: Llévate a los niños, le dijo Mercedes. La placenta salió entera y sin dificultad. Y en ese momento todo el mundo se puso a correr. Mariana, me dijo muy seria, tienes que dejar de sangrar.

Marian sacó agujas de acupuntura y mocsas (esos como puros de hierbas que sirven para activar puntos de acupuntura con calor). Las chicas se afanaban en colocar en alto (¿por qué no tendremos en casa lámparas de pie?) las bolsas de suero y Mercedes en administrar los medicamentos. Yo seguía feliz con mi nena en los brazos, ajena al barullo.

Para tranquilidad del amable lector debo decir que había en la puerta de casa una ambulancia (suerte de vivir junto al centro médico del pueblo). Y que el hospital más cercano estaba a 10 minutos, por si hubiera hecho falta un traslado. Entre aquellas carreras Mercedes insistió en darme cuatro puntos que me dolieron más que el parto entero, pero que sólo fueron cuatro de un desgarro chiquitín y no me molestaron más que una semana. Otro día les cuento las historias de terror de las episiotomías hospitalarias.

Seguramente, de no haber tenido la matrona que tengo y la médica que tengo (y toda la ayuda de Arriba y de abajo, claro está), hubiera terminado en el hospital con todos los horrores que esto conllevaría: separarme de mi bebé, ponerla “en observación” no sé cuántos días en un cunero de plástico con no sé cuántos bebés llorones y sin el calor de su madre, estudios, análisis, piquetes, medicinas, agresiones en una palabra. No lo quiero ni pensar porque sufro. Pero gracias a Dios unas horas más tarde me controlaron la hemorragia. Mi santo marido me llevó en brazos hasta la cama, a cuenta de tantas bodas y tantas entradas no cinematográficas a casa. Ja. Las mujeres normalmente se levantan y se van por su propio pie a la ducha, me diría Mercedes semanas después para que me diera cuenta de la magnitud de los hechos. Sí, me doy cuenta y estoy profundamente agradecida.

Pero ahí no terminaba el trabajo. Durante las horas que pasé tendida en el salón estuve trabajando con Marian para detectar qué era lo que causaba la hemorragia. Inspeccioné y “empapé” todos los órganos y zona pélvica hasta que quedó todo reparado. Luego, ya en la cama, Marian me guió en el trabajo sanador más alucinante que he hecho en mi vida. Una de las cosas más impresionantes es que no lo hice sola (y eso que era mi cuerpo, mis emociones, mis telarañas), sino que me ayudaron con su luz, literalmente, ella misma y mi marido. Fue como sacar toneladas de basura que ni siquiera sabía que tenía dentro. Aparecían como monstruos o como carretadas de caca, como ríos negros, como desperdicios y entre los tres lográbamos reducirlos a nada. Así, una vez y otra, hasta que me quedé limpiecita por dentro y encontré mi centro, mi centro de luz. Me metí en él y me quedé tranquila.

Después de montar guardia unas horas más, Mercedes y Marian nos dejaron, ya entrada la noche, con clarísimas instrucciones para Saída y Samia.

En el próximo capítulo: La leche y Una cuarentena polémica

Wednesday, December 02, 2009

Intermedio familiar

Como ya muchos de ustedes saben, el lunes mi suegro emprendió la peregrinación final hacia los brazos de Dios. Estamos muy tristes por nosotros, porque los papás (y las mamás, claro), así como los hermanos, los hijos...son un cachito de la presencia de Dios en nuestras vidas. Y cuando vuelven a esa Luz inmaterial nos toca ponernos chuchos para poder conectar con ellos, mandarles nuestro amor y recibir el suyo. Así que ya nada de helados, ni de paseos, ni de mansajitos o llamadas telefónicas. Suerte para él, que dejó ya todo el peso y va al encuentro del Único, de la puritita Verdad, de la Fuente de todo Amor. Y como dice el Paurake, ventaja que nos lleva. No está de más una oración que lo acompañe en el camino y que ayude a su familia a superar el dolor del hueco que deja. Descanse en paz Hajji Muhamad Ben Hmeid.

Tuesday, December 01, 2009

Parir en casa (parte 3 de 5)

Bienvenida
Se acercaba el momento de empujar y las contracciones se volvían cada vez más violentas. Con gran enfado me di cuenta de que iba a tener que gritar para soportar el paso de cada una de ellas. También odio gritar. Me gusta ser ecuánime y discreta. No grito nunca, pero no quedaba más.

Entre aquellas contracciones tremendas Mercedes me obligó a ir a hacer pis. Bendito sea Dios, porque si la vejiga está llena le estorba a la cabeza del bebé y en la pelea sale perdiendo la mamá. Así que corrí al baño y aproveché para darme una ducha que me refrescó el cuerpo y el ánimo.

Fueron nada más tres o cuatro contracciones tremendas en que no cabía ni un bismiLlah, lo único que podía era pedir ayuda a mis Maestros. Con todo y todo alcancé a darle instrucciones a Saída para que se sentara en una silla y yo poder agarrarme a ella y pasar la contracción en cuclillas.

En cuanto empieces a pujar ya no duele nada, me decían todas. Pero a mí casi las únicas que me dolieron fueron las contracciones de empujar. No era propiamente dolor, pero era una sensación tan fuerte, tan incontrolable e incontenible, como cuando te revuelca una ola: lo único que puedes hacer es sobrevivir mientras te arrastra hasta que desaparece, te orientas y logras sacar la cabeza para tomar una bocanada de aire.

En esa posición no pasa la cabeza, dijo Mercedes con toda su experiencia. Y reorganizaron las posiciones para que pudiera estar en semicuclillas pero echada hacia atrás. Halima y Yunus había vuelto del parque y estaban en el cuarto de Hali viendo Jorge el curioso. Samia y Saída contemplaban en silencio, Marian me sujetaba la espalda y Mercedes con su ojo avisor observaba que todo siguiera un buen curso, revisando periódicamente el latido de Fátima. ¡Yo quiero coger la cabeza cuando salga! había dicho Halima, pero no le gustaron los gritos de su mamá y decidió que mejor le avisáramos cuando la bebé ya hubiera nacido.

Entonces un momento de calma. Era como estar flotando. Mi cuerpo me daba un respiro. Samia sacó perfume de Rosa de Medina y ese olor inundó todo el salón. Qué bienestar, qué alegría, parecía que todo el cuarto estaba lleno de ángeles y que sus alas nos acariciaran. De nuevo la ola gigante y luego el espejo. Mercedes me puso enfrente el espejo que Mahmud me regaló el día de nuestra boda en México y vi la cabecita de Fátima a punto de salir ¿YO tengo que sacar ESO de mi cuerpo? ¡Oh Dios! ¿Voy a tener la fuerza? Ahí estaba su coronilla, su pelito negro. Marian con sus manos en mi esplada decía: la bebé está ayudando, se está empujando con sus piernitas. Otra ola tremenda de cerrar los ojos y gritar Huuuuuuuuuuuu y entonces la carita de la bebé.

Eran las tres de la tarde con siete minutos y la cabecita de Fátima había salido ya. Tranquilita, esperaba la siguiente contracción para emerger por completo. Diez minutos después salió su cuerpecito remojado y me la pusieron encima, toda tibia, toda viva. toda pollito indefenso. ¡Oh felicidad! Entonces llamamos a Halima y vino corriendo a abrazar a su hermana.

Luego entró Mahmud, le cantó la Fatiha en la oreja derecha y el Ikamat en la orejita izquierda. Corté el cordón cuando dejó de latir y se anunció la siguiente contracción.

En la próxima entrega: Todos a correr