Monday, August 01, 2005

Culinaria

Uno con miel de abeja, otro de maple, otro con miel Karo, otro con cajeta, uno más con mantequilla y mermelada, otro con esa miel de piloncillo que hacía mi abuela, otro con leche condensada. Esos eran los hotcakes que se comía mi papá. Y si cada uno de sus 5 hermanos se comía otros tantos no quiero imaginarme la montaña que mi abuelita preparaba religiosamente cada domingo y fiestas de guardar. Lo milagroso es que a pesar de estos opíparos desayunos hayan seguido siendo todos flacos.

Cuando Lucía y yo éramos pequeñas, los domingos se inauguraban con un desfile de personajes en masa de hotcakes: era la felicidad, qué les untáramos era francamente lo de menos. Mi papá es un artista en eso de dibujar con masa, sabe dar efectos de color y toda la cosa. Lo mejor era tener una gran M en el plato y mirarla mucho antes de devorarla.

Después con el paso de los años la tradición se perdió. En estas tierras gachupinas ni siquiera venden harina de hotcakes. ¿Cómo pueden vivir sin la negrita que a todos encanta? ¿Sin la tía Yemina? ¡Generaciones y generaciones de niños inocentes crecen sin haberse llevado a la boca un tenedorazo de tres pisos embarrados de miel y chorreando mielecita. Pero por fin descubrí cómo hacerlos yo misma. Y ahora cada domingo el Mao y yo nos comemos uno con maple, uno con tahina, uno con mermelada...

Lo bonito del asunto es que a Kalthomy le encantaron, aprendió a prepararlos y este domingo que además era cumpleaños de su mamá todos en su casa disfrutaron de la tradición familiar. Y así seguirá, pasando de generación en generación.

No comments: