La princesa y el perfume maravilloso
Esta es la historia de una princesa que vivía muy feliz con su padre el rey, su madre la reina y sus hermanos los princesitos. Era tan feliz en su palacio, que estaba segura (para tristeza de príncipes y caballeros) de que nunca se casaría y nunca se iría de allí. Se llamaba Nur, y era verdaderamente un rayo de luz. Andaba como un cascabel de aquí para allá y hacía brillar todo lo que tocaba. Cuantos la miraban se llenaban de una alegría dulce que se les quedaba dentro del pecho. Pero pocos sabían que Nur tenía un don muy especial: un olfato maravilloso. Su naricilla respingona podía detectar los aromas más extraños: descubría las mentiras porque olían a podrido, las sorpresas por su olor a pastel y las malas noticias le llenaban los pulmones de mar.
Una mañana despertó olfateando una mezcla de circo y chocolate. A las pocas horas, la visita de una gran reina se anunció en palacio. Su trono reposaba, como el mundo, sobre el lomo de un elefante. La acompañaba una enorme caravana de paquidermos y un cortejo grandísimo de servidores muy bien peinados que parecían figuras hechas con chocolate de todas clases: desde el más amargo hasta el más dulce. Sus turbantes, plumas y piedras preciosas hacían pensar en bombones de sabores: cerezas cubiertas, naranjas bañadas, hojas de limón, dulce de lavanda, pétalos de rosa. Mmmmmmmmmh, ¡qué aroma!
Como no cabían todos en palacio y las cuadras de los caballos les quedaban chicas a los elefantes, montaron un colorido campamento. A Nur le pareció lo más bonito que había visto en su vida.
Mientras celebraban un fabuloso banquete con la Reina de los Elefantes y su corte, Nur empezó a notar algo raro en la punta de la nariz. Era como un cosquilleo, como unas alitas despertando su olfato. No paraba de arrugar la nariz haciendo gestos. Por más que lo intentaba no podía definir aquel olor. Esto me huele mal, pensó y, después de pasar toda aquella noche estornudando, se decidió a averiguar de qué se trataba. Aunque la verdad era que olía muy pero muy bien.
Salió de casa siguiendo la estela de ese aroma y cuando se dio cuenta había cruzado las fronteras de su reino y se encontraba ante un castillo que brillaba como el sol. Estaba, de arriba abajo, hecho de cobre y flotaba como una isla sobre una marea de pasto casi azul. Huele a hierba, pensó Nur, a hierbabuena. Y se coló por la cocina.
Abrió las puertas de las alacenas y olfateó todos los saquitos, frascos y botes que encontró. Nada. Abrió la nevera y revolvió todo lo que había. Nada. Entró en la lavandería y escudriñó con su naricilla inquieta cada pomo, cada caja y cada pastilla de jabón. Nada de nada. Subió entonces por la escalera que llevaba a las habitaciones y, entonces sí, supo que lo había hallado. Transportada por el aroma, giró el picaporte y sin golpear entró en una cámara amplia y luminosa en la que un hada se perfumaba.
“¡As salam aleikum!” Dijo el Hada, mitad sorprendida y mitad divertida. Como Nur era muy bien educada sabía cómo contestar. Dijo “wa aleikum salam” en voz muy bajita con un poco de vergüenza y poniéndose colorada colorada. Pasa ¿quieres un poco? Nur corrió hasta el peinador donde el Hada se perfumaba y con dos gotitas de perfume en sus muñecas sintió como si un pájaro de fuego cantara en su pecho y amaneciera en algún lugar de su corazón.
¿Te gusta? Preguntó el Hada. Es un perfume especial que hace nuestro abuelo. Heredó la fórmula de su abuelo, y él del suyo hasta el principio de los tiempos. Nuestra familia guarda el secreto. Ahora mismo mi hijo está aprendiendo para seguir la tradición. ¿Quieres verlo trabajar?
En medio de la sala más amplia del castillo, un joven giraba sin descanso. A su alrededor un enjambre de astros, cometas y planetas diminutos iba y venía vertiendo esencias sobre una mano que sostenía en alto. Desde ahí, la mezcla bajaba por un caminito de cristal hasta su corazón donde cambiaba de color cuatro veces. Finalmente, el elixir descendía por su brazo izquierdo dejando una estela de oro. Se recogía en un frasquito muy singular que brillaba como una estrella.
Lleva así toda la mañana -le dijo al oído el Hada- estará a punto de terminar. Dicho y hecho: como una flor nocturna el muchacho cerró los brazos, hizo una reverencia y respiró agotado. Era un joven hermoso, tenía la mirada brillante, una melena de león color chocolate enmarcaba su cara. ¡Qué lástima que Nur había jurado no casarse! Si este príncipe se lo pidiera ¡sí que se casaría!
Khaidar se le quedó viendo muy extrañado. Estaba seguro que la había visto en alguna parte. Se acercó con pasos felinos y la saludó con un beso en la mano. Esa noche cenaron en familia. De postre todos tenían mouse de limón, menos Nur, que encontró en su plato un anillo de brillantes. Anoche, le dijo el príncipe giróvago, soñé que me casaba contigo, pero estabas rodeada de elefantes y tenías la nariz arrugada, por eso no te reconocí al instante. Si me aceptas, serás mi esposa.
Se pusieron de acuerdo y entre grandes honores el abuelo vino a oficiar la boda. Cuando entró en la gran sala rodeado del Consejo, se hizo el silencio. Todos se inclinaron respetuosamente menos los niños que corrieron a abrazarse de sus piernas. A su señal, un grupo de fuegos fatuos que hacían de secretarios, derramaron sobre ellos una lluvia de caramelos.
El abuelo parecía, a primera vista, redondo y chiquitín, pero enseguida se notaba cómo su presencia llenaba toda la sala, se extendía hasta abarcar el castillo, tomaba posesión de los jardines y se aposentaba en los prados.
La nariz de Nur dio un respingo. Al mirar detenidamente, notó que el abuelo brillaba igual que el cristal de estrella donde se guardaba el maravilloso perfume. Poniendo más atención, se podía ver bajo su juppa el movimiento de los planetas alrededor de su corazón, los destellos de color y el vaporcillo aromático subiendo hasta el gorro y haciendo girar la florecita de la punta.
El abuelo llamó a los chicos: Nur llevaba un vestido de pétalos de novia, un turbante de nube y una chaqueta de sol. Khaidar iba engalanado con un traje violeta de alas de mariposa, turbante de luna y estrellitas colgando de sus rizos. Cuando estuvieron casados, el padre del novio rugió de alegría. Las madres se abrazaron, el rey y los princesitos saltaron de gozo. De regalo, el abuelo hizo brotar rosas naturales en las cabezas de todo el mundo. Fue la mayor fiesta que se recuerde en ambos reinos que, desde entonces, forman un único y perfumado país.
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