Anoche soñé que estaba en casa de Mire. Era una casa hermosa, grande, antigua muy parecida a la de mi abuela eMe que le había heredado su tía abuela Josefina (?) que seguía vagando por ahí como un fantasma. Su tía no sólo le había dajado esa hermosa casa en ese hermoso lugar (una plaza arbolada donde convergían múltiples calles peatonales con gente interesante y amistosa, una Plaza Sésamo, digamos) sino que le había dado los secretos de la felicidad. Así que Mire era feliz, tenía una casa, no sé si tenía novio pero tenía amigos geniales.
Yo iba a visitarla pero no me atrevía a andar por la casa y disfrutar de ella porque me aterraba encontrarme con el fantasma de la tía. Así que Mire tenía que acompañarme hasta a hacer pis. Estábamos preparándonos para salir (yo me quería poner un atuendo de Halima que me encanta pero no me quedaba bien) cuando de pronto advierto la presencia fantasmagórica de la tita. Entro en pánico y taquicardia cuando me doy cuenta de que no es una cosa transparente y pegajosa sino la mismísima Sara García abuelita del cine mexicano que al final toma forma de la tía de Mire (una mujer mayor guapísima, arregladísima y sonrientísima que olía muy bien) que viene a saludarnos. Me cuenta que ella se encargó de que no sé quién (un familiar masculino que se andaba portando mal) cruzara del otro lado. Y que ahora estaba pagando sus culpas en el infierno, mientras ella muy feliz estaba en la Gracia (así dijo).
Yo la cogía de las manos con mucho cariño (y no eran manos frías sino calientitas y suaves) y le decía: Tita Anita antes de que te vayas tengo que darte las gracias por dejarme a Mire y a su mamá y a todas las hermosas mujeres de tu familia y poder compartir sus bendiciones. La Tita Anita se reía y me daba palmaditas, Mire se me quedaba mirando con cara de: "¿qué dius, nena?" y luego la Tita decía algo como "hala, que se hace tarde" y desaparecía. Nosotras salíamos a una tarde soleada a encontrarnos con amigos y disfrutar.
Hubo un tiempo en el que todos los días apuntaba mis sueños aunque me parecieran anodinos. Luego al ir escribiendo me daba cuenta de su significado, no en el sentido esotérico de la interpretación, sino de en el más simple sentido discursivo de mis imágenes personales. Tal vez debería hacerlo de nuevo, porque me daba mucha claridad sobre lo que estaba viviendo en ese momento y sobre lo que tenía que hacer.
¿Será que la hermosa casa de mi Mire es mi hermosa vida que no me atrevo a vivir plenamente por puro miedo? ¿Me querrá decir mi subconsiente que es un miedo inútil porque la realidad es cálida, suave, acogedora y huele bien? ¿Esas mujeres de las que hablé no son más que las mujeres de mi propia familia de sangre y de corazón que están siempre conmigo? ¿Y esa abuela no será mi abuela interior (¡órale!) esa sabiduría de mujer indolora y protectora que viene a hacerse cargo de la situación y animarme a lanzarme de una vez por todas a la pura dicha? Lo descubriremos en el próximo capítulo, pero a mí me suena como que sí.
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