La leche
Mercedes le curó el ombliguito a Fatuma y me la trajeron toda vestidita para amamantarla. Pero yo estaba tan pachucha que no podía trabarme en la pelea de darle la teta a la bebé. Yo pensaba que después de dos largos años de lactancia previa la cosa iba a ir sobre ruedas, pero se me olvidaba que cada bebé es distinto y tiene que aprender a mamar. ¿Y qué iba a hacer entonces?
¿Alguien puede venir a darle teta a tu bebé y prestarte al suyo para que te suba la leche? Y entonces empecé a pensar en la tradición sufi de los hijos de leche que adquieren derechos, responsabilidades, imposibilidades (como casarse entre hermanos de leche) y dije: ¡Esther!
Esther es una amiga genial, bailarina, mamá de Azahar la amiguita de Hali y de Candela que ahora tiene cuatro meses. En el grupo de lactancia y de la escuelita hay varias mamás que dan el pecho, pero yo pensaba: ¿y si Fátima cuando sea mayor quiere casarse con Gabriel, o con Eduardo, o con Olmo? Ya sé, mucha telenovela, pero todo eso se me pasó por la cabeza. Total que llamamos a Esther a esas ocho o nueve de la noche y que se lanza hasta mi casa con todo y su bebita. Candela no quiso mi teta, habrá pensado que wácala, ya tenía babas de otra niña. En cambio Fátima se dio un buen atracón de lechita flamenca. Lo que Esther no sabe es que tendrá que incluir a Fátima en su testamento el día que le toque hacerlo. Bueeeeeeeno, eso si quiere cumplir con la tradición sufi. Y la verdad por una sola toma no creo que sea necesario. Lo que sí, yo le agradeceré toda la vida que le haya servido a mi pequeña su primer alimento, y estaré muy pendiente por si a Fátima le empiezan a atraer los tacones y las castañuelas.
Durante esa noche Fátima se empeño en comer (qué cosas) y a la mañana siguiente yo ya tenía leche y grietas. Así empezó la cuarentena que yo me planteaba como un mes y pico de retiro, de tiempo para asumir mi nueva condición de madre de dos niñas, para recuperarme, recargar las pilas y luego volver al mundo con redoblada alegría. Cuarenta de días sin salir de casa. A algunos les parece una burrada, a otros un ideal difícil de alcanzar, pero yo tenía muchas MUCHAS ganas.
Y este capítulo habrá de dividirse en dos porque es hora de ir por Halima a la escuelita. Así que lo de la cuarentena ¡se lo debo pa’ la próxima!
2 comments:
Me encanta lo de la leche flamenca...jajaj y qué lindo que Esther sólo tiene niñas, nos ahorramos preocupaciones. Jajaja.
Yo estoy esperando el de la cuarentena, con la previa aclaración de que no me parece una burrada en lo absoluto quedarse en casa, especialmente cuando eso es lo que quieres, sólo tengo amorosa intriga y curiosidad y me gusta leerte. Me gusta más todavía cuando te olvidas de que te están leyendo. Jijiji. Gracias por revelarnos una parte de tu corazón. ¡Y DE TU PARTO!
Mariana,
Tenía como meta aguantar las ganas de comentar hasta que terminaras esta serie de relatos pero no pueedooooo!!! Estoy encantada con estos textos tan femeninos, con tu visión y universo mujeril, con todo el cariño y el orgullo con que impregnas del género a todos los aspectos de tu vida. ¡¡¡Mariana eres la neta!!!
Enhorabuena por la letra inicial de tu nombre (que comparto... que alegría!!!) Hurra por esa eme/transmisora que eres, toda Mujer, toda Mamá y toda Maravillosa.
Besos!
M.-
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