Saturday, January 14, 2012

Crónicas benghazianas parte 1






El viaje
Son las 4 de la mañana y ya estamos en pie, dándonos prisa para estar listos. Más dormidas que despiertas vestimos a nuestras niñas que preguntan si ya es de día y si hoy vamos a Benghazi. El Hotel del Aeropuerto de Estambul es DEMASIADO caro para haber dormido tres horas en una habitación sin ventanas, con la calefacción incómodamente alta y sábanas sintéticas. Esto, aunado a las 4 horas de resequedad de vuelo Madrid-Estambul, han hecho estragos en la piel de Fatuma ya de por sí reseca, sensible y dermatosa.

Maletas arriba, maletas abajo y a las 5 nos disponemos a tomar un desayuno delicioso en el aeropuerto: madalenas, pastelitos típicos, café…Fatuma se sigue rascando sin parar y para colmo de estrés cutáneo se lleva una dosis de avellanas en una mordida de pastelito ¡horror! Su piel suele reaccionar muuuuy mal a los frutos secos.

Pero soy una madre estresada con conocimiento de causa y llevo de todo a mano. Después de una dosis de homeopatía para la niña y varias dosis de lavanda y flores de bach para la mamá, todo parece haber vuelto a la calma. El aeropuerto de Estambul es para nosotros como la antesala del paraíso, nuestra escala preferida de camino a ver a Mawlana Sheik Nazim al norte de Chipre.

Resulta muy raro estar tan cerca de nuestro “segundo hogar” y no llegar hasta ahí. De todas maneras el viaje a Libia se siente como volver a casa. Da igual que ni las niñas ni yo hayamos estado nunca ahí. Será la familiaridad del asunto.

No amanece todavía cuando abordamos un avión lleno de libios. Tanto tiempo escasos ¡y ahora tenemos de sobra! Las niñas se quedan fritas nada más ocupar nuestros asientos (¡Allahu Akbar!). Yo me siento aplastada por la emoción y por el cansancio. Tres horas de sueño son muy poquitas para esta madre dormilona. Viene un desayuno digno de la Turkish Airlines que no puedo ni probar. Mi habibi intercala cabeceadas con sentidos comentarios. Realmente este viaje es todo un evento para nuestra pequeña familia y nuestras familias extensas de uno y otro lado de los mares. A mí me gustaría dormir, pero con dos niñas apoyadas en mi regazo no logro encontrar la posición.

Cuando la costa de Libia aparece por la ventanilla del avión me entran ganas de llorar. ¿Por qué siento como si volviera a un lugar entrañable y querido si no he pisado nunca esta tierra? ¿Puro contagio conyugal? ¿Cariño familiar, solidaridad revolucionaria? Siento como si, al margen del encuentro con la familia, Benghazi tuviera algo bueno, algo hermoso para mí.

La llegada
Siendo Benghazi la segunda ciudad más importante de Libia, el pequeño aeropuerto que nos recibe a pie de pista resulta ridículo. Un edificio pequeñito y descascarado al que nos conduce el autobús. Hay otros cuatro aviones grandes sobre la pista, además de maletas, carritos, militares, trabajadores aeroportuarios. Da la sensación de ser un aeropuerto “de andar por casa”. Esta  sensación aumenta cuando, formados para pasar el control de pasaportes vemos de pronto a Wiwi, el hijo mayor de mi cuñada Nwara. Pero ¿cómo entró Wiwi hasta aquí? ¡Y luego Nwara en persona, y Amal y Qeis con sus niños!

Halima corre la distancia de toda la cola para abrazar a su tía, y luego nosotros también porque no podemos resistirnos. Los dejaron subir rapidito para darnos la bienvenida. Lo que sería impensable en un aeropuerto serio aquí parece ser lo normal. Más benghazianos van subiendo a darle un abrazo a sus seres queridos y luego vuelven a bajar a esperarlos. Este surrealismo me resulta familiar.

Después de hacer toda la cola de los “libios” nos damos cuenta que tenemos que ir al escritorio de los extranjeros a sellar nuestros pasaportes mexicanos. “Mi esposa quiere saber si son los primeros pasaportes mexicanos después de la guerra”, dice mi propio libio al señor de la mesa. Efectivamente: las primeras. ¡Estoy segura de que a mi padre le encantará este dato!

Ni siquiera sé si en la recogida de equipajes hay bandas giratorias o no. Cuando me di cuenta el resto de la tropa (¡sí, había más esperándonos abajo!) ya tenía nuestras maletas y nos estábamos distribuyendo en los coches para ir a casa.

El-Sabri
La caravana de coches avanza entre el paisaje árido y polvoso de los alrededores del aeropuerto. Desde aquí no se ve el mar, la ciudad llega hasta el mismo aeropuerto. Podría ser cualquier calle de Escobedo, Nuevo León. Comercios bajos, aceras mal terminadas con su cacho de tierra que sirve de estacionamiento, mezcla de coches antiguos y nuevos, matorrales, arbolitos esporádicos, montoncitos de escombros o basura en terrenos baldíos. Mucha actividad, ¡mucha vida! Desordenada, espontánea, preciosas vida.

Las bardas más grandes están decoradas con mensajes revolucionarios en rojo, negro y verde. Sabe un poco a Cuba, a gente orgullosa y valiente, a resistencia. Pasamos enfrente del primer cuartel que se unió a los manifestantes cuando empezó la revuelta. Todo un sitio de culto.

Es 19 de diciembre, hace nueve meses justos, estábamos pidiendo a Dios desesperadamente que las Naciones Unidas votaran por proteger a los civiles en Libia. Las bombas sonaban ya cerca de casa de Nwara en los alrededores del aeropuerto, las tropas del régimen libio entraban en Benghazi. Gracias a Dios la guerra terminó. Los coches de combate se exhiben en los camellones. Y por lo visto muchos revolucionarios se siguen paseando por ahí, con su troca de combate y su arma larga, con cara de haber extraviado la batalla que les tocaba librar. Algunos siguen colaborando con sus brigadas correspondientes, mientras la policía y el ejército se vuelven a organizar. Otros van por libre.

Por fin el mar. En frente del Wahda Bank se agolpa un buen grupo de gente. No hay dinero. Es un país rico pero sin liquidez por el momento, es una situación difícil para todo el mundo. ¡Mira, mi colegio!!!!!! Cuando éramos pequeños saltamos una vez desde el segundo piso. Ahí está el-wasaya, la placita donde jugábamos futbol día y noche. Y esta es nuestra casa.

Las maletas suben casi solas mientras nos bajamos del coche. Ummi nos recibe con su sonrisa preciosa y sus ojitos llenos de lágrimas. ¡Por fin estamos en casa!

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