El Hombre necesita de
imágenes: para conocer su lugar en el mundo, para explicarse lo que sucede
dentro de sí y a su alrededor, para alcanzar lo Icongnoscible. Para ello ha de
valerse de la Imaginación, que gracias a Ibn Arabi sabemos que es un órgano de
percepción, y gracias a los antiguos relatos sufis, sabemos que se asienta,
igual que el Intelecto, en el corazón (al principio Dios creó el intelecto, y
para albergarlo, creó el Corazón).
Por ello el papel de los
cuentos, narraciones, cantos, poemas, el papel de la literatura oral y escrita
es esencial: faculta al Hombre para utilizar su Imaginación, es decir, para
concebir sus propias imágenes interiores a partir de las formas primordiales
que va transportando la tradición. Y no hablo sólo de leyendas, mitos,
tradiciones. Como bien sabemos, la literatura contemporánea también se
inscribe, es heredera de una larga tradición lingüística de la que forma parte.
Tengo una nueva pregunta en
mi vida: ¿cómo contar cuentos a niños sobreestimulados, de manera capten su
atención sin ser exagerados, chillones, saturados, es decir, sin ser
sobreestimuladores a su vez? ¿cómo contar cuentos de una forma sencilla y bella
que permita que la Imagen contenida en cada cuento brille por sí misma, ante niños
que están tan saturados de imágenes que serán incapaces de permanecer el tiempo
necesario re-creando interiormente las imágenes que les ofrece una historia por
sí misma?
Uno de los pasos es abrir y
cerrar el tiempo del cuento de manera ritual, situar la narración dentro del “tiempo
sagrado” que necesariamente se aparta del tiempo cronológico puesto que se
inscribe en otro orden de cosas. Pongamos por ejemplo: el diker. Cada vez que
hacemos diker usamos las mismas palabras, los mismos gestos, los mismos cantos
que se han usado durante siglos. Cada diker escapa del tiempo y asume el suyo
propio: su propio inicio, su propio desarrollo, su propio fin. Y cuando
termina, el tiempo cronológico continúa. No son las nueve, es la hora de
dedicar bendiciones, no son las nueve y diez, es la hora de recitar los
hermosos versos del Corán, no son las nueve treinta y cinco, es el momento de
abrir el corazón a los Bellos Nombres de Dios e invitarlos a mirarse en nuestro
espejo, no son las diez, es el momento de agradecer el milagro de estar
reunidos en espíritu con nuestros Maestros…
Así cada sesión de cuentos
debería tener su propio ciclo mágico, desplegar su propio momento definido por
una bienvenida, una preparación, un canto, una invocación, una luz que se
enciende, una narración que se entreteje con silencios para que el público
tenga espacio para imaginar, para sentir, para escuchar los ecos que forma el
cuento dentro de sí, para darle el sentido único sólo él le puede dar. Quizá un
poco de música podría ayudar a entrar y salir de esta mágica inmersión en el
Océano de las Historias, este Ganges primigenio en el que Hombre, Palabra y
Símbolo se encuentran, en el que la Imagen tiene ocasión de renacer para cada
uno y así hacernos renacer.
¿Y cómo danzan en esta ceremonia
lo sagrado con la alegría, con la risa, con la sorpresa, con la espontaneidad?
¿Cómo hacer para que abarque el tiempo cronológico necesario para que la gente
lo tome en cuenta, le haga hueco en los vaivenes de su vida? ¿Cómo se reconduce
a niños acostumbrados a recibir una cantidad brutal de imágenes prefabricadas
por segundo, a contemplar el nacimiento de una imagen dentro de sí mismos, a
mirar para adentro? ¿Cómo? ¿Gradualmente, poco a poco? ¿Les damos primero muletas,
algún soporte visual o auditivo además de la palabra? ¿Les pedimos que usen su
cuerpo para ayudar a conducir la historia? ¿Y será que, al final, las historias
para niños pueden contarse desnudas del todo, sólo la palabra?
¿Cómo aplicar mis
descubrimientos antroposóficos (que entroncan con una serie de decubrimientos
que empezaron hace 10 años) a esto que me ENCANTA hacer: contar historias?
He aquí una aventura más
para esta Lechuza de los Mares.
No comments:
Post a Comment