Cambio el cuaderno de notas y la libreta con dibujitos por la página electrónica. Experiencia, experimento, experimiento. La libreta de mis sueños la seguiré guardando en mi cajón, pero aquí trazaré (trataré) la crónica de mis ensueños.
Thursday, January 28, 2010
Gracias a Dios
por mi casa calientita por mis amigas por mis dos niñas porque lo único que tienen son mocos por mi marido por su trabajo por nuestro homeópata por poder decidir quién nos atiende cuando nos enfermamos por mi coche en el que puedo traer y llevar a mis niñas sin enfrarlas por mi familia por las mamás del cole que me echan la mano por amal que me resuelve el desmadre hogareño por wafa que me rescata cuando más lo necesito por la banda sufi que me da ánimos y se hace presente en más de una forma por mis dos manos por mis dos piernas y pies por mis ojos por mi nariz por mi boca por mis pulmones por mi corazón por todo mi maravilloso cuerpo que me hace presente en este mundo por los descubrimientos y la guía por el sol y los colores por la música y el baile por el remedio y el trapito la sal y la pimienta por el picante y al azuuuuuuuuuuuuuucar por mi hermana por mi papá por mi mamá por mi madrastra querida por mis tíos y mis tías y mis primas y mis historias infinitas por los tacos de barbacoa y mi sentido del gusto por el olfato por el tacto por las películas románticas porque mi único desvelo son unos simples mocos de bebé por poder cuidar yo misma de mi casa y de mis hijas y asi ad infinitum por cada día y cada noche por las mantas calientitas y el té por los libros y las piscinas de bolas por los telefonazos por la nostalgia por el vacío por el lleno por estar aquí y por disfrutarlo por el mar por el cielo y usted puede agregar su propia lista en los comentarios que yo sigo la mía en voz baja incesantemente
Monday, January 18, 2010
Conversación con Halima
H: mami, ¿me pones la peli de Osito Pardo?
M: está en el DVD, ponla tú.
H: mami no se pone
M: es que hay que enchufarla, enchúfala con mucho cuidadito
H: mami no se pone
M: ¿la enchufaste?
H: sí, ya la chupé toooooda todita
Por supuesto el disco estaba llenito de babas. JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA.
H: mami, ya cállate de reirte.
¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
M: está en el DVD, ponla tú.
H: mami no se pone
M: es que hay que enchufarla, enchúfala con mucho cuidadito
H: mami no se pone
M: ¿la enchufaste?
H: sí, ya la chupé toooooda todita
Por supuesto el disco estaba llenito de babas. JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA.
H: mami, ya cállate de reirte.
¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Thursday, December 31, 2009
¡FELIZ AÑO NUEVO!
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Como siempre las cosas por contar se acumulan en el tintero. Valgan un par de imágenes para decirles que somos MUY felices con la compañía de los abuelos y las perspectivas de los próximos días.
Aquí: Hali haciendo magrud para sus amigos, con su papá disfrutando un súper regalito de navidad y yo mera con mi Fatimina.
Monday, December 14, 2009
Parir en casa (el episodio final)
Una cuarentena polémica
Como les decía, yo me había propuesto pasar cuarenta días sin salir de casa según recomienda la tradición sufi. Claro que para que esos cuarenta días sean realmente de beneficio es necesario que se cumplan una serie de condiciones. Sin ellas, lo más probable es que la madre y su bebé (como me pasó a mí la vez anterior) enloquezcan o terminen con una depresión de caballo.
Las condiciones son: en primer lugar, ayuda; en segundo lugar, ayuda; y en tercer lugar, sí, adivinaron, más ayuda. Para que la mamá pueda centrar toooooodas sus energías en sí misma y en su bebé. Debe haber alguien que cuide de ella de pe a pa, que se encargue de la casa, de la compra, de la limpieza y de los otros hijitos si los hay. Pero eso es imposible en los tiempos que corren, dirán ustedes. Sí, es difícil, pero no debería serlo. Si viviéramos en verdaderas comunidades donde las personas se conocen, se aprecian y colaboran unas con otras, o si estuviéramos simplemente cerca (geográfica y emocionalmente) de nuestras familias extensas como sucedía antes y como sigue sucediendo en algunos lugares, es más que factible, es un regalo para toda la comunidad.
En mi caso empecé con el pie izquierdo porque el bajón físico trajo bajón anímico, pero una buena charla con mi amiga Medina (que ha tenido cinco niñas al más riguroso estilo sufi) me sirvió para centrarme y volví a abrazar mi expectativa de cuarentena como un momento que la vida me regalaba para Mí. Y dejé de preocuparme por los demás. ¿Y mi Halima? Pues le tocaba desvincularse de su mamá y vincularse con su papá y con otras personas amorosas dispuestas a cuidarla. ¿Y mi santo marido? A cuidar mujer y niña, hacer compra, gestionar casa, etc.
Gracias a Dios tuve desde el primer momento tooooda la ayuda que necesité. Nada más parir, Wafa trajo un caldo de gallina: el básico marroquí para reponerse del parto y empezar a criar. Durante la noche, Saída hizo guardia junto a mi cama y se levantó cada vez que despertaba la bebé (y eso son muchas veces) para cambiarla ella misma, para ayudarme a ponerla al pecho, para llevarme hasta el baño (me mareaba al levantarme así que necesitaba madrina hasta para eso). Los primeritos días estuvo también Samia que se hizo cargo de Hali, de Fátima y de mí (Samia es muy poderosa).
Y cuando Samia se fue vino Santa Gungui. Santa Gungui es mi madrastra asesina, lo que ella no sabía es que venía a ponerse en las garras de la hijastra malvada y la nieta malvadina ¡pobrecita, la que le esperaba! La abuela venía preparada en plan Mery Poppins con miles y millones de actividades como para entretener a doscientas Halimas durante muchas cuarentenas. Pero no contábamos con la tormenta emocional de las princesas destronadas. Y resultó que Halima no quiso jugar a ningún juego de los traídos por su abuela, ni ir al parque, ni a la biblio, y se dejó preparar en las mañanas para ir al cole y atender cuando volvía nomás porque no le quedaba de otra. Como se imaginarán, la niña quería que todo se lo hiciera su mamá, y no sólo eso, sino que se dedicó a descargar su frustración y tristeza con(tra) su santa abuela. ¡Oh dolor, oh ilusiones rotas! no sólo de la abuela, sino de todos los que esperábamos tener una Halima ocupada y feliz y nos encontramos con la manzanita envenenada.
Debo decir, que tres semanas después cuando la Gungui se fue, Halima lloró amargamente y sólo quería que viniera su abuela a hacerle el desayuno. Pero mientras que Halima no se dejó cuidar por su abuela, yo aproveché. Mi Cecy me preparó cuanto se me antojó: mis doscientras infusiones, mis manzanitas al horno, mi comida continua de 24 horas. Se encargó de que mi mesita estuviera todo el día y la noche llena de cositas ricas que comer y limpia de platos y vasos sucios. Cuidaba a Tátima para que yo me pudiera duchar, hacía la compra, cocinaba, lavaba platos, ponía lavadoras, recogía. Por si fuera poco la tuvimos a dieta de juanguiches de queso, porque todo lo que a mí se me antojaba eran cosas del mar, y como ella es buceadora, es incapaz de comerse a sus amigos marinos. ¡Pobre! Creo que para ella habrá sido como una estancia en el castillo de Maléfica, pero para nosotros fue una auténtica bendición.
Mi querida madrastra me cuidó como una verdadera Hada Madrina, y gracias a ella estuve acompañada y cuidada durante tres valiosísimas semanas: la primera se me fue en recuperar las fuerzas, por lo menos para no marearme cuando me levantaba y recuperarme de los puntos (¡ouch!). La siguientes dos semanas el tema central fueron las grietas.
Para quien nunca haya tenido gritas, puedo decirles que es como el mito de aquél dios encadenado a una montaña, al que un águila venía a comerle las entrañas. Sólo que esto en vez de una vez al día es “a demanda” o sea cada hora y media aprox. ¿El remedio? Hacer topless todo el día y toda la noche, y untarse aceite, miel, lanolina o cualquier cosa que regenere la piel en chinga y no le haga daño al bebé. Duraron tres semanas, motivo de gran alegría, porque la vez pasada tuve grietas tres meses enteros. Eso es tener ganas de amamantar.
Antes de que sonaran las doce campanadas del viaje de la abuela, Kalthumy vino a rescatar a la pequeña princesa de las garras de la soledad ¡menos mal! Un fin de semana muy breve, pero una buena transición a la vida sin ayuda las 24 horas.
Como yo estaba muy a gusto en mi casa y no tenía intención de salir, llamamos a Asmae. Una hermanita postiza que ya en otra ocasión había venido a acompañar a Hali. Heroicamente, empecé a levantarme por las mañanas para darle a Halima el desayuno y prepararle para el cole. También me saltaba la siesta del medio día (que Fátima dormía como tres horas seguidas) para recibir a Hali y darle de comer. Entonces llegaba Asmita. Y Hali felizmente se iba con ella al parque, a la biblioteca, a la piscina de bolas, al súper, a la farmacia y a donde hiciera falta. Yo podía ocupar mi tarde en atender a la bebé y descansar.
Fueron días muy felices de tranquilidad, silencio, descanso, paz. Momentos muy largos de contemplar a mi bebé, de olerla, abrazarla, hacerle mimitos, dormir con ella y de estar conmigo misma, alejada del mundanal ruido. No se me antojaba nada el jaleo de la calle, ni tener la cabeza ocupada en cuentas o en compras o en vanalidades callejeras. No se me antojaban charlas forzadas con vecinos ni dependientas. Estaba tan “abierta”, con el corazón tan expuesto y los sentimientos tan a flor de piel, que me vinieron muy bien esos días en el titiriglobo. No hice nada especial, pero fue una auténtica luna de miel con mi bebita. Nos hizo mucho bien a las dos (y creo que a los cuatro, en realidad) darnos ese tiempo.
Ahora estoy feliz de volver a ver mi amigas, de llevar y traer a Hali al cole, de hacer cosas juntas por la tarde con Fatimina colgada de su saquito o montada en su súper carriola.
En conclusión
La primera vez que hablé con mi hermana después del parto le dije: recuérdame que no tenga otro hijo, y si lo tengo, recuérdame que me compre una cesárea. Pensaba con envidia en los hospitales-hotel de Monterrey en los cocteles de anestésicos y otros fármacos felices, en esa ilusión de pasar por un parto como si no hubieras pasado por él, sin dolor, sin cansancio, sin descubrimientos tremendos... No sé si tendré más hijos, pero si llego a tenerlos no sabría parir de otra manera. Ni querría hacerlo.
Con mi primer parto pensaba que la matrona estaba ahí para decirle a embarazada cómo parir. Con mi segundo parto me di cuenta de que ella, y las demás personas que acompañan al parto y el posparto, están ahí para cuidarte mientras lo descubres por ti misma: cómo pares, cómo recibes a tus hijos, en quién te conviertes cuando llegan.
Estoy muuuuy feliz de haberme atrevido a la aventura de parir en casa, muy muy agradecida por toda la ayuda que he tenido, y muy muy muy satisfecha con los resultados que en amor y crecimiento nos ha dejado la experiencia no solo a mí, creo, sino a todos los involucrados. AlhamduliLah wa shukrliLah (bendito sea Dios y gracias a Dios).
¡Y muchas gracias a mis súper lectoras! Por tomarse el tiempo de leerme, por compartir la experiencia conmigo y dejarme esos comentarios tan chidos que hacen que se me ponga la carne de gallina ¡las quiero amigas (y jefazo)!
Como les decía, yo me había propuesto pasar cuarenta días sin salir de casa según recomienda la tradición sufi. Claro que para que esos cuarenta días sean realmente de beneficio es necesario que se cumplan una serie de condiciones. Sin ellas, lo más probable es que la madre y su bebé (como me pasó a mí la vez anterior) enloquezcan o terminen con una depresión de caballo.
Las condiciones son: en primer lugar, ayuda; en segundo lugar, ayuda; y en tercer lugar, sí, adivinaron, más ayuda. Para que la mamá pueda centrar toooooodas sus energías en sí misma y en su bebé. Debe haber alguien que cuide de ella de pe a pa, que se encargue de la casa, de la compra, de la limpieza y de los otros hijitos si los hay. Pero eso es imposible en los tiempos que corren, dirán ustedes. Sí, es difícil, pero no debería serlo. Si viviéramos en verdaderas comunidades donde las personas se conocen, se aprecian y colaboran unas con otras, o si estuviéramos simplemente cerca (geográfica y emocionalmente) de nuestras familias extensas como sucedía antes y como sigue sucediendo en algunos lugares, es más que factible, es un regalo para toda la comunidad.
En mi caso empecé con el pie izquierdo porque el bajón físico trajo bajón anímico, pero una buena charla con mi amiga Medina (que ha tenido cinco niñas al más riguroso estilo sufi) me sirvió para centrarme y volví a abrazar mi expectativa de cuarentena como un momento que la vida me regalaba para Mí. Y dejé de preocuparme por los demás. ¿Y mi Halima? Pues le tocaba desvincularse de su mamá y vincularse con su papá y con otras personas amorosas dispuestas a cuidarla. ¿Y mi santo marido? A cuidar mujer y niña, hacer compra, gestionar casa, etc.
Gracias a Dios tuve desde el primer momento tooooda la ayuda que necesité. Nada más parir, Wafa trajo un caldo de gallina: el básico marroquí para reponerse del parto y empezar a criar. Durante la noche, Saída hizo guardia junto a mi cama y se levantó cada vez que despertaba la bebé (y eso son muchas veces) para cambiarla ella misma, para ayudarme a ponerla al pecho, para llevarme hasta el baño (me mareaba al levantarme así que necesitaba madrina hasta para eso). Los primeritos días estuvo también Samia que se hizo cargo de Hali, de Fátima y de mí (Samia es muy poderosa).
Y cuando Samia se fue vino Santa Gungui. Santa Gungui es mi madrastra asesina, lo que ella no sabía es que venía a ponerse en las garras de la hijastra malvada y la nieta malvadina ¡pobrecita, la que le esperaba! La abuela venía preparada en plan Mery Poppins con miles y millones de actividades como para entretener a doscientas Halimas durante muchas cuarentenas. Pero no contábamos con la tormenta emocional de las princesas destronadas. Y resultó que Halima no quiso jugar a ningún juego de los traídos por su abuela, ni ir al parque, ni a la biblio, y se dejó preparar en las mañanas para ir al cole y atender cuando volvía nomás porque no le quedaba de otra. Como se imaginarán, la niña quería que todo se lo hiciera su mamá, y no sólo eso, sino que se dedicó a descargar su frustración y tristeza con(tra) su santa abuela. ¡Oh dolor, oh ilusiones rotas! no sólo de la abuela, sino de todos los que esperábamos tener una Halima ocupada y feliz y nos encontramos con la manzanita envenenada.
Debo decir, que tres semanas después cuando la Gungui se fue, Halima lloró amargamente y sólo quería que viniera su abuela a hacerle el desayuno. Pero mientras que Halima no se dejó cuidar por su abuela, yo aproveché. Mi Cecy me preparó cuanto se me antojó: mis doscientras infusiones, mis manzanitas al horno, mi comida continua de 24 horas. Se encargó de que mi mesita estuviera todo el día y la noche llena de cositas ricas que comer y limpia de platos y vasos sucios. Cuidaba a Tátima para que yo me pudiera duchar, hacía la compra, cocinaba, lavaba platos, ponía lavadoras, recogía. Por si fuera poco la tuvimos a dieta de juanguiches de queso, porque todo lo que a mí se me antojaba eran cosas del mar, y como ella es buceadora, es incapaz de comerse a sus amigos marinos. ¡Pobre! Creo que para ella habrá sido como una estancia en el castillo de Maléfica, pero para nosotros fue una auténtica bendición.
Mi querida madrastra me cuidó como una verdadera Hada Madrina, y gracias a ella estuve acompañada y cuidada durante tres valiosísimas semanas: la primera se me fue en recuperar las fuerzas, por lo menos para no marearme cuando me levantaba y recuperarme de los puntos (¡ouch!). La siguientes dos semanas el tema central fueron las grietas.
Para quien nunca haya tenido gritas, puedo decirles que es como el mito de aquél dios encadenado a una montaña, al que un águila venía a comerle las entrañas. Sólo que esto en vez de una vez al día es “a demanda” o sea cada hora y media aprox. ¿El remedio? Hacer topless todo el día y toda la noche, y untarse aceite, miel, lanolina o cualquier cosa que regenere la piel en chinga y no le haga daño al bebé. Duraron tres semanas, motivo de gran alegría, porque la vez pasada tuve grietas tres meses enteros. Eso es tener ganas de amamantar.
Antes de que sonaran las doce campanadas del viaje de la abuela, Kalthumy vino a rescatar a la pequeña princesa de las garras de la soledad ¡menos mal! Un fin de semana muy breve, pero una buena transición a la vida sin ayuda las 24 horas.
Como yo estaba muy a gusto en mi casa y no tenía intención de salir, llamamos a Asmae. Una hermanita postiza que ya en otra ocasión había venido a acompañar a Hali. Heroicamente, empecé a levantarme por las mañanas para darle a Halima el desayuno y prepararle para el cole. También me saltaba la siesta del medio día (que Fátima dormía como tres horas seguidas) para recibir a Hali y darle de comer. Entonces llegaba Asmita. Y Hali felizmente se iba con ella al parque, a la biblioteca, a la piscina de bolas, al súper, a la farmacia y a donde hiciera falta. Yo podía ocupar mi tarde en atender a la bebé y descansar.
Fueron días muy felices de tranquilidad, silencio, descanso, paz. Momentos muy largos de contemplar a mi bebé, de olerla, abrazarla, hacerle mimitos, dormir con ella y de estar conmigo misma, alejada del mundanal ruido. No se me antojaba nada el jaleo de la calle, ni tener la cabeza ocupada en cuentas o en compras o en vanalidades callejeras. No se me antojaban charlas forzadas con vecinos ni dependientas. Estaba tan “abierta”, con el corazón tan expuesto y los sentimientos tan a flor de piel, que me vinieron muy bien esos días en el titiriglobo. No hice nada especial, pero fue una auténtica luna de miel con mi bebita. Nos hizo mucho bien a las dos (y creo que a los cuatro, en realidad) darnos ese tiempo.
Ahora estoy feliz de volver a ver mi amigas, de llevar y traer a Hali al cole, de hacer cosas juntas por la tarde con Fatimina colgada de su saquito o montada en su súper carriola.
En conclusión
La primera vez que hablé con mi hermana después del parto le dije: recuérdame que no tenga otro hijo, y si lo tengo, recuérdame que me compre una cesárea. Pensaba con envidia en los hospitales-hotel de Monterrey en los cocteles de anestésicos y otros fármacos felices, en esa ilusión de pasar por un parto como si no hubieras pasado por él, sin dolor, sin cansancio, sin descubrimientos tremendos... No sé si tendré más hijos, pero si llego a tenerlos no sabría parir de otra manera. Ni querría hacerlo.
Con mi primer parto pensaba que la matrona estaba ahí para decirle a embarazada cómo parir. Con mi segundo parto me di cuenta de que ella, y las demás personas que acompañan al parto y el posparto, están ahí para cuidarte mientras lo descubres por ti misma: cómo pares, cómo recibes a tus hijos, en quién te conviertes cuando llegan.
Estoy muuuuy feliz de haberme atrevido a la aventura de parir en casa, muy muy agradecida por toda la ayuda que he tenido, y muy muy muy satisfecha con los resultados que en amor y crecimiento nos ha dejado la experiencia no solo a mí, creo, sino a todos los involucrados. AlhamduliLah wa shukrliLah (bendito sea Dios y gracias a Dios).
¡Y muchas gracias a mis súper lectoras! Por tomarse el tiempo de leerme, por compartir la experiencia conmigo y dejarme esos comentarios tan chidos que hacen que se me ponga la carne de gallina ¡las quiero amigas (y jefazo)!
Thursday, December 10, 2009
Parir en casa (parte 5 de 5)
La leche
Mercedes le curó el ombliguito a Fatuma y me la trajeron toda vestidita para amamantarla. Pero yo estaba tan pachucha que no podía trabarme en la pelea de darle la teta a la bebé. Yo pensaba que después de dos largos años de lactancia previa la cosa iba a ir sobre ruedas, pero se me olvidaba que cada bebé es distinto y tiene que aprender a mamar. ¿Y qué iba a hacer entonces?
¿Alguien puede venir a darle teta a tu bebé y prestarte al suyo para que te suba la leche? Y entonces empecé a pensar en la tradición sufi de los hijos de leche que adquieren derechos, responsabilidades, imposibilidades (como casarse entre hermanos de leche) y dije: ¡Esther!
Esther es una amiga genial, bailarina, mamá de Azahar la amiguita de Hali y de Candela que ahora tiene cuatro meses. En el grupo de lactancia y de la escuelita hay varias mamás que dan el pecho, pero yo pensaba: ¿y si Fátima cuando sea mayor quiere casarse con Gabriel, o con Eduardo, o con Olmo? Ya sé, mucha telenovela, pero todo eso se me pasó por la cabeza. Total que llamamos a Esther a esas ocho o nueve de la noche y que se lanza hasta mi casa con todo y su bebita. Candela no quiso mi teta, habrá pensado que wácala, ya tenía babas de otra niña. En cambio Fátima se dio un buen atracón de lechita flamenca. Lo que Esther no sabe es que tendrá que incluir a Fátima en su testamento el día que le toque hacerlo. Bueeeeeeeno, eso si quiere cumplir con la tradición sufi. Y la verdad por una sola toma no creo que sea necesario. Lo que sí, yo le agradeceré toda la vida que le haya servido a mi pequeña su primer alimento, y estaré muy pendiente por si a Fátima le empiezan a atraer los tacones y las castañuelas.
Durante esa noche Fátima se empeño en comer (qué cosas) y a la mañana siguiente yo ya tenía leche y grietas. Así empezó la cuarentena que yo me planteaba como un mes y pico de retiro, de tiempo para asumir mi nueva condición de madre de dos niñas, para recuperarme, recargar las pilas y luego volver al mundo con redoblada alegría. Cuarenta de días sin salir de casa. A algunos les parece una burrada, a otros un ideal difícil de alcanzar, pero yo tenía muchas MUCHAS ganas.
Y este capítulo habrá de dividirse en dos porque es hora de ir por Halima a la escuelita. Así que lo de la cuarentena ¡se lo debo pa’ la próxima!
Mercedes le curó el ombliguito a Fatuma y me la trajeron toda vestidita para amamantarla. Pero yo estaba tan pachucha que no podía trabarme en la pelea de darle la teta a la bebé. Yo pensaba que después de dos largos años de lactancia previa la cosa iba a ir sobre ruedas, pero se me olvidaba que cada bebé es distinto y tiene que aprender a mamar. ¿Y qué iba a hacer entonces?
¿Alguien puede venir a darle teta a tu bebé y prestarte al suyo para que te suba la leche? Y entonces empecé a pensar en la tradición sufi de los hijos de leche que adquieren derechos, responsabilidades, imposibilidades (como casarse entre hermanos de leche) y dije: ¡Esther!
Esther es una amiga genial, bailarina, mamá de Azahar la amiguita de Hali y de Candela que ahora tiene cuatro meses. En el grupo de lactancia y de la escuelita hay varias mamás que dan el pecho, pero yo pensaba: ¿y si Fátima cuando sea mayor quiere casarse con Gabriel, o con Eduardo, o con Olmo? Ya sé, mucha telenovela, pero todo eso se me pasó por la cabeza. Total que llamamos a Esther a esas ocho o nueve de la noche y que se lanza hasta mi casa con todo y su bebita. Candela no quiso mi teta, habrá pensado que wácala, ya tenía babas de otra niña. En cambio Fátima se dio un buen atracón de lechita flamenca. Lo que Esther no sabe es que tendrá que incluir a Fátima en su testamento el día que le toque hacerlo. Bueeeeeeeno, eso si quiere cumplir con la tradición sufi. Y la verdad por una sola toma no creo que sea necesario. Lo que sí, yo le agradeceré toda la vida que le haya servido a mi pequeña su primer alimento, y estaré muy pendiente por si a Fátima le empiezan a atraer los tacones y las castañuelas.
Durante esa noche Fátima se empeño en comer (qué cosas) y a la mañana siguiente yo ya tenía leche y grietas. Así empezó la cuarentena que yo me planteaba como un mes y pico de retiro, de tiempo para asumir mi nueva condición de madre de dos niñas, para recuperarme, recargar las pilas y luego volver al mundo con redoblada alegría. Cuarenta de días sin salir de casa. A algunos les parece una burrada, a otros un ideal difícil de alcanzar, pero yo tenía muchas MUCHAS ganas.
Y este capítulo habrá de dividirse en dos porque es hora de ir por Halima a la escuelita. Así que lo de la cuarentena ¡se lo debo pa’ la próxima!
Friday, December 04, 2009
Parir en casa (parte 4 de 5)
Todos a correr
¿Dónde había estado el padre de la niña todo este tiempo? se preguntarán ustedes. Haciendo lo que mejor sabe hacer: rezar. Ya cuando nació Halima nos habíamos puesto de acuerdo. A mí verdaderamente no me hacía falta ni que estuviera pegado a mí durante toda la dilatación, ni que estuviera de protagonista en el expulsivo. Sí, hubiera sido lindo si le hiciera ilusión, pero un marido mareado o desmayado en pleno alumbramiento la verdad es que no me interesaba. Ambos estábamos en paz con eso y amo a mi marido que sabe dónde están sus límites y sabe respetarlos (asignatura aún pendiente para mí) y por eso elegí esas súper compañeras de parto. Porque sabía que son mujeres fuertes, amorosas, entregadas, sensibles, discretas, conectadas, MADRES, y que nos quieren mucho mucho a los cuatro.
En algún momento antes de que Fátima saliera nadando de mi cuerpo, Samia vino con los ojos llorosos a decirme que tenía que hablar conmigo. ¿AHORA? pensé yo. Y me dijo que no estaba sola, que había entrado un momento a la habitación donde Mahmudy se había recluido a rezar y que estaba TOTALMENTE presente, que estaba ahí conmigo, dándome toda su fuerza, aunque físicamente pareciera que no era así y que ella era testigo. Se lo agradecí profundamente porque fue un gesto hermoso de parte de Samia venir a traerme la presencia de mi marido. Pero yo ya sabía que estaba, que no se estaba comiendo los mocos ni picando el ombligo, sino que tenía toda su fuerza, toda su concentración, toda su energía (y es mucha) puesta en el parto. Para mí era como si la pared que divide el salón donde estábamos nosotras y el estudio donde estaba él, no existiese. Yo sentía sin lugar a dudas la presencia de mi amorcito, silenciosa, poderosa, así como es él, cuidando de nosotras y acompañándonos.
Pero en ese momento tuvo que participar de cuerpo presente: Llévate a los niños, le dijo Mercedes. La placenta salió entera y sin dificultad. Y en ese momento todo el mundo se puso a correr. Mariana, me dijo muy seria, tienes que dejar de sangrar.
Marian sacó agujas de acupuntura y mocsas (esos como puros de hierbas que sirven para activar puntos de acupuntura con calor). Las chicas se afanaban en colocar en alto (¿por qué no tendremos en casa lámparas de pie?) las bolsas de suero y Mercedes en administrar los medicamentos. Yo seguía feliz con mi nena en los brazos, ajena al barullo.
Para tranquilidad del amable lector debo decir que había en la puerta de casa una ambulancia (suerte de vivir junto al centro médico del pueblo). Y que el hospital más cercano estaba a 10 minutos, por si hubiera hecho falta un traslado. Entre aquellas carreras Mercedes insistió en darme cuatro puntos que me dolieron más que el parto entero, pero que sólo fueron cuatro de un desgarro chiquitín y no me molestaron más que una semana. Otro día les cuento las historias de terror de las episiotomías hospitalarias.
Seguramente, de no haber tenido la matrona que tengo y la médica que tengo (y toda la ayuda de Arriba y de abajo, claro está), hubiera terminado en el hospital con todos los horrores que esto conllevaría: separarme de mi bebé, ponerla “en observación” no sé cuántos días en un cunero de plástico con no sé cuántos bebés llorones y sin el calor de su madre, estudios, análisis, piquetes, medicinas, agresiones en una palabra. No lo quiero ni pensar porque sufro. Pero gracias a Dios unas horas más tarde me controlaron la hemorragia. Mi santo marido me llevó en brazos hasta la cama, a cuenta de tantas bodas y tantas entradas no cinematográficas a casa. Ja. Las mujeres normalmente se levantan y se van por su propio pie a la ducha, me diría Mercedes semanas después para que me diera cuenta de la magnitud de los hechos. Sí, me doy cuenta y estoy profundamente agradecida.
Pero ahí no terminaba el trabajo. Durante las horas que pasé tendida en el salón estuve trabajando con Marian para detectar qué era lo que causaba la hemorragia. Inspeccioné y “empapé” todos los órganos y zona pélvica hasta que quedó todo reparado. Luego, ya en la cama, Marian me guió en el trabajo sanador más alucinante que he hecho en mi vida. Una de las cosas más impresionantes es que no lo hice sola (y eso que era mi cuerpo, mis emociones, mis telarañas), sino que me ayudaron con su luz, literalmente, ella misma y mi marido. Fue como sacar toneladas de basura que ni siquiera sabía que tenía dentro. Aparecían como monstruos o como carretadas de caca, como ríos negros, como desperdicios y entre los tres lográbamos reducirlos a nada. Así, una vez y otra, hasta que me quedé limpiecita por dentro y encontré mi centro, mi centro de luz. Me metí en él y me quedé tranquila.
Después de montar guardia unas horas más, Mercedes y Marian nos dejaron, ya entrada la noche, con clarísimas instrucciones para Saída y Samia.
En el próximo capítulo: La leche y Una cuarentena polémica
¿Dónde había estado el padre de la niña todo este tiempo? se preguntarán ustedes. Haciendo lo que mejor sabe hacer: rezar. Ya cuando nació Halima nos habíamos puesto de acuerdo. A mí verdaderamente no me hacía falta ni que estuviera pegado a mí durante toda la dilatación, ni que estuviera de protagonista en el expulsivo. Sí, hubiera sido lindo si le hiciera ilusión, pero un marido mareado o desmayado en pleno alumbramiento la verdad es que no me interesaba. Ambos estábamos en paz con eso y amo a mi marido que sabe dónde están sus límites y sabe respetarlos (asignatura aún pendiente para mí) y por eso elegí esas súper compañeras de parto. Porque sabía que son mujeres fuertes, amorosas, entregadas, sensibles, discretas, conectadas, MADRES, y que nos quieren mucho mucho a los cuatro.
En algún momento antes de que Fátima saliera nadando de mi cuerpo, Samia vino con los ojos llorosos a decirme que tenía que hablar conmigo. ¿AHORA? pensé yo. Y me dijo que no estaba sola, que había entrado un momento a la habitación donde Mahmudy se había recluido a rezar y que estaba TOTALMENTE presente, que estaba ahí conmigo, dándome toda su fuerza, aunque físicamente pareciera que no era así y que ella era testigo. Se lo agradecí profundamente porque fue un gesto hermoso de parte de Samia venir a traerme la presencia de mi marido. Pero yo ya sabía que estaba, que no se estaba comiendo los mocos ni picando el ombligo, sino que tenía toda su fuerza, toda su concentración, toda su energía (y es mucha) puesta en el parto. Para mí era como si la pared que divide el salón donde estábamos nosotras y el estudio donde estaba él, no existiese. Yo sentía sin lugar a dudas la presencia de mi amorcito, silenciosa, poderosa, así como es él, cuidando de nosotras y acompañándonos.
Pero en ese momento tuvo que participar de cuerpo presente: Llévate a los niños, le dijo Mercedes. La placenta salió entera y sin dificultad. Y en ese momento todo el mundo se puso a correr. Mariana, me dijo muy seria, tienes que dejar de sangrar.
Marian sacó agujas de acupuntura y mocsas (esos como puros de hierbas que sirven para activar puntos de acupuntura con calor). Las chicas se afanaban en colocar en alto (¿por qué no tendremos en casa lámparas de pie?) las bolsas de suero y Mercedes en administrar los medicamentos. Yo seguía feliz con mi nena en los brazos, ajena al barullo.
Para tranquilidad del amable lector debo decir que había en la puerta de casa una ambulancia (suerte de vivir junto al centro médico del pueblo). Y que el hospital más cercano estaba a 10 minutos, por si hubiera hecho falta un traslado. Entre aquellas carreras Mercedes insistió en darme cuatro puntos que me dolieron más que el parto entero, pero que sólo fueron cuatro de un desgarro chiquitín y no me molestaron más que una semana. Otro día les cuento las historias de terror de las episiotomías hospitalarias.
Seguramente, de no haber tenido la matrona que tengo y la médica que tengo (y toda la ayuda de Arriba y de abajo, claro está), hubiera terminado en el hospital con todos los horrores que esto conllevaría: separarme de mi bebé, ponerla “en observación” no sé cuántos días en un cunero de plástico con no sé cuántos bebés llorones y sin el calor de su madre, estudios, análisis, piquetes, medicinas, agresiones en una palabra. No lo quiero ni pensar porque sufro. Pero gracias a Dios unas horas más tarde me controlaron la hemorragia. Mi santo marido me llevó en brazos hasta la cama, a cuenta de tantas bodas y tantas entradas no cinematográficas a casa. Ja. Las mujeres normalmente se levantan y se van por su propio pie a la ducha, me diría Mercedes semanas después para que me diera cuenta de la magnitud de los hechos. Sí, me doy cuenta y estoy profundamente agradecida.
Pero ahí no terminaba el trabajo. Durante las horas que pasé tendida en el salón estuve trabajando con Marian para detectar qué era lo que causaba la hemorragia. Inspeccioné y “empapé” todos los órganos y zona pélvica hasta que quedó todo reparado. Luego, ya en la cama, Marian me guió en el trabajo sanador más alucinante que he hecho en mi vida. Una de las cosas más impresionantes es que no lo hice sola (y eso que era mi cuerpo, mis emociones, mis telarañas), sino que me ayudaron con su luz, literalmente, ella misma y mi marido. Fue como sacar toneladas de basura que ni siquiera sabía que tenía dentro. Aparecían como monstruos o como carretadas de caca, como ríos negros, como desperdicios y entre los tres lográbamos reducirlos a nada. Así, una vez y otra, hasta que me quedé limpiecita por dentro y encontré mi centro, mi centro de luz. Me metí en él y me quedé tranquila.
Después de montar guardia unas horas más, Mercedes y Marian nos dejaron, ya entrada la noche, con clarísimas instrucciones para Saída y Samia.
En el próximo capítulo: La leche y Una cuarentena polémica
Wednesday, December 02, 2009
Intermedio familiar
Como ya muchos de ustedes saben, el lunes mi suegro emprendió la peregrinación final hacia los brazos de Dios. Estamos muy tristes por nosotros, porque los papás (y las mamás, claro), así como los hermanos, los hijos...son un cachito de la presencia de Dios en nuestras vidas. Y cuando vuelven a esa Luz inmaterial nos toca ponernos chuchos para poder conectar con ellos, mandarles nuestro amor y recibir el suyo. Así que ya nada de helados, ni de paseos, ni de mansajitos o llamadas telefónicas. Suerte para él, que dejó ya todo el peso y va al encuentro del Único, de la puritita Verdad, de la Fuente de todo Amor. Y como dice el Paurake, ventaja que nos lleva. No está de más una oración que lo acompañe en el camino y que ayude a su familia a superar el dolor del hueco que deja. Descanse en paz Hajji Muhamad Ben Hmeid.
Tuesday, December 01, 2009
Parir en casa (parte 3 de 5)
Bienvenida
Se acercaba el momento de empujar y las contracciones se volvían cada vez más violentas. Con gran enfado me di cuenta de que iba a tener que gritar para soportar el paso de cada una de ellas. También odio gritar. Me gusta ser ecuánime y discreta. No grito nunca, pero no quedaba más.
Entre aquellas contracciones tremendas Mercedes me obligó a ir a hacer pis. Bendito sea Dios, porque si la vejiga está llena le estorba a la cabeza del bebé y en la pelea sale perdiendo la mamá. Así que corrí al baño y aproveché para darme una ducha que me refrescó el cuerpo y el ánimo.
Fueron nada más tres o cuatro contracciones tremendas en que no cabía ni un bismiLlah, lo único que podía era pedir ayuda a mis Maestros. Con todo y todo alcancé a darle instrucciones a Saída para que se sentara en una silla y yo poder agarrarme a ella y pasar la contracción en cuclillas.
En cuanto empieces a pujar ya no duele nada, me decían todas. Pero a mí casi las únicas que me dolieron fueron las contracciones de empujar. No era propiamente dolor, pero era una sensación tan fuerte, tan incontrolable e incontenible, como cuando te revuelca una ola: lo único que puedes hacer es sobrevivir mientras te arrastra hasta que desaparece, te orientas y logras sacar la cabeza para tomar una bocanada de aire.
En esa posición no pasa la cabeza, dijo Mercedes con toda su experiencia. Y reorganizaron las posiciones para que pudiera estar en semicuclillas pero echada hacia atrás. Halima y Yunus había vuelto del parque y estaban en el cuarto de Hali viendo Jorge el curioso. Samia y Saída contemplaban en silencio, Marian me sujetaba la espalda y Mercedes con su ojo avisor observaba que todo siguiera un buen curso, revisando periódicamente el latido de Fátima. ¡Yo quiero coger la cabeza cuando salga! había dicho Halima, pero no le gustaron los gritos de su mamá y decidió que mejor le avisáramos cuando la bebé ya hubiera nacido.
Entonces un momento de calma. Era como estar flotando. Mi cuerpo me daba un respiro. Samia sacó perfume de Rosa de Medina y ese olor inundó todo el salón. Qué bienestar, qué alegría, parecía que todo el cuarto estaba lleno de ángeles y que sus alas nos acariciaran. De nuevo la ola gigante y luego el espejo. Mercedes me puso enfrente el espejo que Mahmud me regaló el día de nuestra boda en México y vi la cabecita de Fátima a punto de salir ¿YO tengo que sacar ESO de mi cuerpo? ¡Oh Dios! ¿Voy a tener la fuerza? Ahí estaba su coronilla, su pelito negro. Marian con sus manos en mi esplada decía: la bebé está ayudando, se está empujando con sus piernitas. Otra ola tremenda de cerrar los ojos y gritar Huuuuuuuuuuuu y entonces la carita de la bebé.
Eran las tres de la tarde con siete minutos y la cabecita de Fátima había salido ya. Tranquilita, esperaba la siguiente contracción para emerger por completo. Diez minutos después salió su cuerpecito remojado y me la pusieron encima, toda tibia, toda viva. toda pollito indefenso. ¡Oh felicidad! Entonces llamamos a Halima y vino corriendo a abrazar a su hermana.
Luego entró Mahmud, le cantó la Fatiha en la oreja derecha y el Ikamat en la orejita izquierda. Corté el cordón cuando dejó de latir y se anunció la siguiente contracción.
En la próxima entrega: Todos a correr
Se acercaba el momento de empujar y las contracciones se volvían cada vez más violentas. Con gran enfado me di cuenta de que iba a tener que gritar para soportar el paso de cada una de ellas. También odio gritar. Me gusta ser ecuánime y discreta. No grito nunca, pero no quedaba más.
Entre aquellas contracciones tremendas Mercedes me obligó a ir a hacer pis. Bendito sea Dios, porque si la vejiga está llena le estorba a la cabeza del bebé y en la pelea sale perdiendo la mamá. Así que corrí al baño y aproveché para darme una ducha que me refrescó el cuerpo y el ánimo.
Fueron nada más tres o cuatro contracciones tremendas en que no cabía ni un bismiLlah, lo único que podía era pedir ayuda a mis Maestros. Con todo y todo alcancé a darle instrucciones a Saída para que se sentara en una silla y yo poder agarrarme a ella y pasar la contracción en cuclillas.
En cuanto empieces a pujar ya no duele nada, me decían todas. Pero a mí casi las únicas que me dolieron fueron las contracciones de empujar. No era propiamente dolor, pero era una sensación tan fuerte, tan incontrolable e incontenible, como cuando te revuelca una ola: lo único que puedes hacer es sobrevivir mientras te arrastra hasta que desaparece, te orientas y logras sacar la cabeza para tomar una bocanada de aire.
En esa posición no pasa la cabeza, dijo Mercedes con toda su experiencia. Y reorganizaron las posiciones para que pudiera estar en semicuclillas pero echada hacia atrás. Halima y Yunus había vuelto del parque y estaban en el cuarto de Hali viendo Jorge el curioso. Samia y Saída contemplaban en silencio, Marian me sujetaba la espalda y Mercedes con su ojo avisor observaba que todo siguiera un buen curso, revisando periódicamente el latido de Fátima. ¡Yo quiero coger la cabeza cuando salga! había dicho Halima, pero no le gustaron los gritos de su mamá y decidió que mejor le avisáramos cuando la bebé ya hubiera nacido.
Entonces un momento de calma. Era como estar flotando. Mi cuerpo me daba un respiro. Samia sacó perfume de Rosa de Medina y ese olor inundó todo el salón. Qué bienestar, qué alegría, parecía que todo el cuarto estaba lleno de ángeles y que sus alas nos acariciaran. De nuevo la ola gigante y luego el espejo. Mercedes me puso enfrente el espejo que Mahmud me regaló el día de nuestra boda en México y vi la cabecita de Fátima a punto de salir ¿YO tengo que sacar ESO de mi cuerpo? ¡Oh Dios! ¿Voy a tener la fuerza? Ahí estaba su coronilla, su pelito negro. Marian con sus manos en mi esplada decía: la bebé está ayudando, se está empujando con sus piernitas. Otra ola tremenda de cerrar los ojos y gritar Huuuuuuuuuuuu y entonces la carita de la bebé.
Eran las tres de la tarde con siete minutos y la cabecita de Fátima había salido ya. Tranquilita, esperaba la siguiente contracción para emerger por completo. Diez minutos después salió su cuerpecito remojado y me la pusieron encima, toda tibia, toda viva. toda pollito indefenso. ¡Oh felicidad! Entonces llamamos a Halima y vino corriendo a abrazar a su hermana.
Luego entró Mahmud, le cantó la Fatiha en la oreja derecha y el Ikamat en la orejita izquierda. Corté el cordón cuando dejó de latir y se anunció la siguiente contracción.
En la próxima entrega: Todos a correr
Sunday, November 29, 2009
Parir en casa (parte 2 de 5)
Madrugada
Eran las 3 de la mañana cuando empecé a notar las primeras contracciones. Bueno, las segundas, porque 10 días antes ya había tenido 7 horas de contracciones que luego se fueron a descansar. ¡Qué emoción! ¡Qué alegría! Me levanté llena de entusiasmo y empecé a andar en círculos por el salón. Entonces me di acordé que un parto puede ser, en mi caso, más un triatlón que los 100 metros planos. Así que me regresé a la cama y dormí plácidamente, aunque vigilando el reloj con un ojo de cuando en cuando para comprobar que seguía con contracciones regulares, hasta las ocho de la mañana.
Amaneció soleado y fresquito. Me senté en el sofá con la espalda bien apoyada y llamé a Mercedes. Con cada contracción abrazaba fuerte fuerte a Fátima con músculos y voluntad, cuando iban de salida me ocupaba de abrir abrir abrir relajando todo mi cuerpo y visualizando cómo se abría el cuello del útero, la puerta del nacimiento, y encargándome de “emapapar” bien de aceite. Con cada movimiento respiraba y repetía BismiLah ar Rahman ir Rahim, la llave del libro, la llave de la creación, el ayat o versículo con que comienzan todas las suras del Corán y el diker que me venía al corazón todo el tiempo durante el embarazo.
Debo decir, que esta vez me estuve preparando a conciencia desde los primeros meses. Además del trabajo de limpieza profunda que quedó plasmado en este blog, y el trabajo que hice en cada sesión con Mercedes, me dediqué a expropiar las madrugadas. Cada noche me levanté, hice dos rakats, conecté con mi Maestro y pedí, pedí, pedí hasta el cansancio un parto feliz, a mi medida, que no me sobrepasara, que me dejara viva, fuerte, alegre para cuidar de mi bebé y disfrutar de mi familia. Cada noche visualicé el parto que quería, en el que todo salía bien y Fátima entraba en el mundo nadando como un pez, con total salud.
Tres horas más tarde llegaron Mercedes y Marian. Samia se había llevado a su pequeño Yunus y Halima al parque, y Saída ya estaba por aquí dispuesta a lo que hiciera falta. Marian es nuestra médica de cabecera, pero una médica de medicina tradicional china y cuidado de la salud desde el corazón, es decir, desde la emoción.
Trabajo de parto
¿Y el dolor? Ah, sí, el dolor. Pues el dolor no estaba. Sí, las contracciones molestaban un poco, sobretodo si me distraía o me levantaba, pero estaba tan concentrada en ayudar a mi cuerpo, en colaborar con mi bebé, que el “dolor” pasaba sin hacerme daño, prácticamente irreconocible ¡Oh gran diferencia! ¡Oh bendición!
Mercedes me revisó y en sólo tres horas llevaba ya la mitad de la dilatación y, agregó, el cuello estaba “blandito blandito”. Claro, el efecto aceitito. La bolsa se rompió y el líquido salió transparente y limpio. Otro triunfo, era la mejor señal de que Fátima iba perfectamente. Me senté en mi pelota de parto con un empapador debajo, en cada contracción salía un chorro de líquido que liberaba totalmente la tensión y hacía de colchoncito entre la cabeza de Fatumi y mis huesos ¡Oh bendición! Casi puedo decir que lo estaba disfrutando. Estaba tan concentrada, tan metida en mí misma.
¿Quieres música? Me preguntó Mercedes, y Saída hizo de DJ con los discos que había dejado preparados: cantos sufis de mujeres de indonesia (angelicales), salawats de Sri Lanka (preciosos), música hindú de la que usa Burhanuddin en los seminarios. Para ese momento las contracciones ya venían cada minuto y se hacían más intensas. Marian me ponía las manos en el sacro y la incomodidad desaparecía casi por completo ¡oh bendición!
En ese ambiente de gozo y concentración, de pronto, una isla de tristeza. Vi el makam (la tumba) de Hajjanne, la mujer de Mawlana y me invadió el llanto. Odio el llanto, no sé llorar y no me gusta. Soy muy torpe manejando mis emociones. Pero Mariam es un hacha y me dijo qué hacer con él. Así que la marejada pasó enseguida y volví a mi estado de calma, de sonrisa interior.
En la siguiente entrega: Bienvenida
Eran las 3 de la mañana cuando empecé a notar las primeras contracciones. Bueno, las segundas, porque 10 días antes ya había tenido 7 horas de contracciones que luego se fueron a descansar. ¡Qué emoción! ¡Qué alegría! Me levanté llena de entusiasmo y empecé a andar en círculos por el salón. Entonces me di acordé que un parto puede ser, en mi caso, más un triatlón que los 100 metros planos. Así que me regresé a la cama y dormí plácidamente, aunque vigilando el reloj con un ojo de cuando en cuando para comprobar que seguía con contracciones regulares, hasta las ocho de la mañana.
Amaneció soleado y fresquito. Me senté en el sofá con la espalda bien apoyada y llamé a Mercedes. Con cada contracción abrazaba fuerte fuerte a Fátima con músculos y voluntad, cuando iban de salida me ocupaba de abrir abrir abrir relajando todo mi cuerpo y visualizando cómo se abría el cuello del útero, la puerta del nacimiento, y encargándome de “emapapar” bien de aceite. Con cada movimiento respiraba y repetía BismiLah ar Rahman ir Rahim, la llave del libro, la llave de la creación, el ayat o versículo con que comienzan todas las suras del Corán y el diker que me venía al corazón todo el tiempo durante el embarazo.
Debo decir, que esta vez me estuve preparando a conciencia desde los primeros meses. Además del trabajo de limpieza profunda que quedó plasmado en este blog, y el trabajo que hice en cada sesión con Mercedes, me dediqué a expropiar las madrugadas. Cada noche me levanté, hice dos rakats, conecté con mi Maestro y pedí, pedí, pedí hasta el cansancio un parto feliz, a mi medida, que no me sobrepasara, que me dejara viva, fuerte, alegre para cuidar de mi bebé y disfrutar de mi familia. Cada noche visualicé el parto que quería, en el que todo salía bien y Fátima entraba en el mundo nadando como un pez, con total salud.
Tres horas más tarde llegaron Mercedes y Marian. Samia se había llevado a su pequeño Yunus y Halima al parque, y Saída ya estaba por aquí dispuesta a lo que hiciera falta. Marian es nuestra médica de cabecera, pero una médica de medicina tradicional china y cuidado de la salud desde el corazón, es decir, desde la emoción.
Trabajo de parto
¿Y el dolor? Ah, sí, el dolor. Pues el dolor no estaba. Sí, las contracciones molestaban un poco, sobretodo si me distraía o me levantaba, pero estaba tan concentrada en ayudar a mi cuerpo, en colaborar con mi bebé, que el “dolor” pasaba sin hacerme daño, prácticamente irreconocible ¡Oh gran diferencia! ¡Oh bendición!
Mercedes me revisó y en sólo tres horas llevaba ya la mitad de la dilatación y, agregó, el cuello estaba “blandito blandito”. Claro, el efecto aceitito. La bolsa se rompió y el líquido salió transparente y limpio. Otro triunfo, era la mejor señal de que Fátima iba perfectamente. Me senté en mi pelota de parto con un empapador debajo, en cada contracción salía un chorro de líquido que liberaba totalmente la tensión y hacía de colchoncito entre la cabeza de Fatumi y mis huesos ¡Oh bendición! Casi puedo decir que lo estaba disfrutando. Estaba tan concentrada, tan metida en mí misma.
¿Quieres música? Me preguntó Mercedes, y Saída hizo de DJ con los discos que había dejado preparados: cantos sufis de mujeres de indonesia (angelicales), salawats de Sri Lanka (preciosos), música hindú de la que usa Burhanuddin en los seminarios. Para ese momento las contracciones ya venían cada minuto y se hacían más intensas. Marian me ponía las manos en el sacro y la incomodidad desaparecía casi por completo ¡oh bendición!
En ese ambiente de gozo y concentración, de pronto, una isla de tristeza. Vi el makam (la tumba) de Hajjanne, la mujer de Mawlana y me invadió el llanto. Odio el llanto, no sé llorar y no me gusta. Soy muy torpe manejando mis emociones. Pero Mariam es un hacha y me dijo qué hacer con él. Así que la marejada pasó enseguida y volví a mi estado de calma, de sonrisa interior.
En la siguiente entrega: Bienvenida
Saturday, November 28, 2009
Parir en casa (parte 1 de 5)
¿Por qué y por qué?
¿Por qué una persona como yo, desconectada de mi cuerpo, poco conciente de mis emociones, aprehensiva, con serios atorones en las cuestiones relativas a la salud y a la enfermedad, mujer de poca fe, con un legado materno de ideas negativas respecto al embarazo, parto y lactancia, y gallinísima para el dolor, decide parir en casa?
En primerísimo lugar, porque no estoy en casa. Si estuviera en México, donde siento que tengo el control sobre mi vida, es decir, donde mi siento segura, hubiera hablado con mi maravillosa y ultrarespetuosa ginecóloga, y habríamos organizado un “parto no violento” (ver: Odent, Leboyer, Kitzinger) en cualquier hospital. Y me lo hubiera perdido, el parto verdaderamente “no violento”: el parto en casa (entrecomillo porque creo que ya de por sí el parto es un proceso sumamente violento para el cuerpo y para el alma, aunque en el sentido de fuerte, definitivo, etc).
En segundo lugar, porque estoy en España, el último de la lista en cuanto a atención en el parto en toda Europa junto con Grecia y Portugal. Y no sólo en España sino en Guadalajara, cuyo Hospital Universitario es el peor evaluado (vox populi) de toda Europa en la misma área. En España los médicos se creen que son Dios y que el enfermo es un objeto, no un sujeto. El enfermo, en este caso, es la parturienta y luego también su bebé.
No exagero. No sé qué acontecimientos históricos han llevado a los españoles a concebir la medicina tal y como la conciben, pero es un asco. El principal problema (en este caso) es que uno no puede elegir quién la atiende, es siempre el médico de turno, la matrona de turno, y el bendito protocolo que aplican religiosamente como si, no su vida, sino su vida eterna, dependiera de ello. Pero hay médicos y clínicas privados, dirá usted. Sí, pero pagando o sin pagar el problema es la mentalidad. Pero algún hospital, algún médico partidario del “parto no violento” habrá en la península, dirá usted. Sí, la maternidad Acuario, pero está a 500 km de mi casa y no le encuentro el sentido a tanto viaje con panza de 9 meses, niña de 3 años y luego bebé recién llegado. Por no hablar del precio.
En tercer lugar, porque Diosito me mandó a Mercedes Serrano que vive al lado de mi casa (5 km) y lleva 30 años atendiendo partos caseros, a un grupo de apoyo muy chido de mamás y niños dispuestos a acompañar y apoyar la experiencia (Lactavida y familias de la escuelita Waldorf), compañeras de parto perfectas y porque realmente creo que el mejor lugar para nacer es la propia casa, los brazos de tu madre y no los de una enfermera, el calor de tu madre y no el de un foco, el olor de tu hogar y no el de medicinas y desinfectantes, voces amorosas y suaves en vez de voces ajenas que van haciendo un “checklist” como si fueras un aparatejo y no ser humano recién llegado. Realmente creo que es la opción más amorosa que yo, mujer sana y dispuesta a hacerme responsable de mi salud (física, emocional, mental, espiritual) podía darle a mi hija y podía darme a mí misma.
¿Y por qué la vez anterior decidí finalmente irme al hospital? Porque la que yo era la vez pasada era absolutamente incapaz de hacerse responsable 100% de la llegada al mundo de su bebé. ¿Por qué? Muy sencillo: porque todavía no era mamá.
En el próximo capítulo: Madrugada
¿Por qué una persona como yo, desconectada de mi cuerpo, poco conciente de mis emociones, aprehensiva, con serios atorones en las cuestiones relativas a la salud y a la enfermedad, mujer de poca fe, con un legado materno de ideas negativas respecto al embarazo, parto y lactancia, y gallinísima para el dolor, decide parir en casa?
En primerísimo lugar, porque no estoy en casa. Si estuviera en México, donde siento que tengo el control sobre mi vida, es decir, donde mi siento segura, hubiera hablado con mi maravillosa y ultrarespetuosa ginecóloga, y habríamos organizado un “parto no violento” (ver: Odent, Leboyer, Kitzinger) en cualquier hospital. Y me lo hubiera perdido, el parto verdaderamente “no violento”: el parto en casa (entrecomillo porque creo que ya de por sí el parto es un proceso sumamente violento para el cuerpo y para el alma, aunque en el sentido de fuerte, definitivo, etc).
En segundo lugar, porque estoy en España, el último de la lista en cuanto a atención en el parto en toda Europa junto con Grecia y Portugal. Y no sólo en España sino en Guadalajara, cuyo Hospital Universitario es el peor evaluado (vox populi) de toda Europa en la misma área. En España los médicos se creen que son Dios y que el enfermo es un objeto, no un sujeto. El enfermo, en este caso, es la parturienta y luego también su bebé.
No exagero. No sé qué acontecimientos históricos han llevado a los españoles a concebir la medicina tal y como la conciben, pero es un asco. El principal problema (en este caso) es que uno no puede elegir quién la atiende, es siempre el médico de turno, la matrona de turno, y el bendito protocolo que aplican religiosamente como si, no su vida, sino su vida eterna, dependiera de ello. Pero hay médicos y clínicas privados, dirá usted. Sí, pero pagando o sin pagar el problema es la mentalidad. Pero algún hospital, algún médico partidario del “parto no violento” habrá en la península, dirá usted. Sí, la maternidad Acuario, pero está a 500 km de mi casa y no le encuentro el sentido a tanto viaje con panza de 9 meses, niña de 3 años y luego bebé recién llegado. Por no hablar del precio.
En tercer lugar, porque Diosito me mandó a Mercedes Serrano que vive al lado de mi casa (5 km) y lleva 30 años atendiendo partos caseros, a un grupo de apoyo muy chido de mamás y niños dispuestos a acompañar y apoyar la experiencia (Lactavida y familias de la escuelita Waldorf), compañeras de parto perfectas y porque realmente creo que el mejor lugar para nacer es la propia casa, los brazos de tu madre y no los de una enfermera, el calor de tu madre y no el de un foco, el olor de tu hogar y no el de medicinas y desinfectantes, voces amorosas y suaves en vez de voces ajenas que van haciendo un “checklist” como si fueras un aparatejo y no ser humano recién llegado. Realmente creo que es la opción más amorosa que yo, mujer sana y dispuesta a hacerme responsable de mi salud (física, emocional, mental, espiritual) podía darle a mi hija y podía darme a mí misma.
¿Y por qué la vez anterior decidí finalmente irme al hospital? Porque la que yo era la vez pasada era absolutamente incapaz de hacerse responsable 100% de la llegada al mundo de su bebé. ¿Por qué? Muy sencillo: porque todavía no era mamá.
En el próximo capítulo: Madrugada
Saturday, November 21, 2009
¡Se acabó la cuarentena!

¡Hela aquí
La que habitaba mi mar interior
Una perla del río de nuestros sueños
Una gota de vida
Un susurro de Amor
Un beso de Dios
Un botón de estrella!
¡Hela aquí
Entre mis brazos
Mi niña pequeña!
Entre mis brazos
Mi niña pequeña!
Y ha sido muuuuuy feliz con muuuuucha ayuda. Cuando tenga dos manos les cuento. Aquí mis cachorritas.
Sunday, November 08, 2009
Alucines terapéuticos (mesoamericanos y chichimecas)
En este proceso de embarazo, parto y posparto ha habido un gran protagonista que es el poder de la Imaginación. Y hablo aquí de la Imaginación como órgano de conocimiento, aunque esta vez en sentido profano y no exactamente en el sentido sagrado del que habla Henri Corbin acercándonos a la doctrina del gran maestro Ibn al Arabi (según la cual la Imaginación nos permite penetrar en el mundus imaginalis, mundo intermedio entre la forma física y la forma puramente espiritual y donde tiene lugar el encuentro entre lo humano y lo divino, lugar de las visiones y los acontecimientos místicos). Conocimiento de sí mismo, que a fin de cuentas como bien dice el proverbio nos lleva al conocimiento de Dios.
La cosa es que, como ya sabrán, siempre me han latido ese tipo de terapias en las que uno mismo se hace cargo de su salud, casi siempre entrándole por el lado de tomar conciencia de la emoción y de “ver” y “reparar” las afecciones con la Imaginación (lo sigo poniendo en mayúscula para no confundirla con la simple fantasía). Después de años de terapia “memesca” que me sigue pareciendo la onda, descubrí hace muy poquito la terapia “mariamesca”. Está en la misma línea, pero tiene un margen de error mucho menor porque mete menos la cabeza en el proceso curativo (no trata de “ver” el órgano sino de “percibirlo”, no trata de “saber” qué le sucede, sólo lo repara ¡WOW!). Para mí es el descubrimiento del siglo y es lo que me ha salvado desde el final del embarazo. Eso sí, requiere mucho trabajo y trabajo “del corazón”. Es decir, para empezar a trabajar sobre el cuerpo hay que situarse sobre el corazón y eso a ratos cuesta un mucho.
Cuchillo de obsidiana
Soy incapaz de transmitir cómo funciona la terapia mariamesca, pero para dar una idea puedo contar que hay que ponerse en el corazón, desde ahí percibir la zona afectada y empaparla de cariño, por ridículo que parezca. Hay otras variantes, pero lo que quiero contar se entiende con esta.
Resulta que al empezar a darle el pecho a Fátima aparecieron las dolorosísimas grietas que la vez pasada me tuvieron sufriendo tres meses enteros. Y cuando empecé a aplicar el método de la percepción lo único que aparecía en el fondo de mi pecho era un cuchillo de obsidiana. Negro, pulido, casi reflectante. Evocador ¿cierto? Cuando se lo conté a Mariam fue ella la que terminó la descripción, ella también podía percibirlo, entonces era real. Tener eso en mi pecho no me gustó nada, ¿por qué un cuchillo de sacrificios y no una punta de flecha? ¿es por mi linaje materno mesoamericano? ¿es un resto de otra vida? ¿qué es?
Pero aquí no importaba lo que fuera sino que se fuera. Y yo no lograba empaparlo de nada. Era demasiado duro, demasiado pulido. Desde dentro, me dijo Mariam, tienes que empapar de dentro hacia fuera. Y así lo hice. Poco a poco el centro empezó a ponerse poroso y a dejarme empapar todo el cuchillo. Fue cambiando de negro a grisáceo y luego a blanco hasta que sólo quedó ceniza. Luego tuve que ocuparme de rellenar el hueco.
Cuando el cuchillo desapareció fue como si las grietas dejaran de tener sustento. Como si hubiesen estado enraizadas en ese filo y en esa obsidiana. Al mismo tiempo, y eso es lo más raro, sentí como si me hubieran desatado de la Lechuza. ¿Es que nuestro animal totémico nos deja alguna vez? ¿Que un trozo de nuestra alma esté vinculado con una forma animal es más un encierro que una expansión? ¿Mi ser lechucesco era un escondrijo de dolores y creencias nocivas? ¿La lechuza era una cárcel? ¿Ella me ha liberado a mí o yo la he liberado a ella? ¿Nos hemos separado de verdad? ¿Qué hay de dolor en esa imagen (mía) de bruja, de mujer que se transforma en ave, de noctámbula irredenta, de ser perseguido por las doce verdades del mundo?
La cosa es que empecé a sentirme más montaña, más nube descargando, más Rayones, más cañón, valle, piedra, árbol, quebrada, río, canto, rama, hoja, verde, sopla, fresco, viento, trueno, insecto, cauce, vapor de agua, neblina, cueva, luz, trino, casa. espíritu, que lechuza. Como si hubiera crecido tanto que ya no cupiera en un cuerpo tan chiquito.
Ofrendas de cuarzo
Ahí no acaba la cosa. Para reparar cada grieta en concreto empecé a empapar como me dijo Mariam desde el fondo hasta la superficie. Había en concreto una grieta que en vez de curarse se hacía cada vez más profunda. Cuando por fin logré empaparla y llegué hasta la superficie, salió de ella, pegado a un trozo de carne, un cuarzo. Transparente con vetas blancas. Lo mismo sucedió con otra pequeña herida que no lograba sanar y que me estaba volviendo loca del dolor. Otro cuarzo.
Si todo el mundo sabe que en el antiguo México los cuchillos de obsidiana se utilizaban para hacer ofrendas de sangre, quizá no todo el mundo sepa que en el antiguo Mar de Tetis, en los cañones de la Sierra Madre que nos parió, se han encontrado entierros con cuarzos como ofrenda. ¿Vuelvo a ser chichimeca? ¿he logrado sacar de mi cuerpo un poco de muerte? ¿son esos cuarzos pequeños pactos con la muerte de los que ahora me he deshecho? ¿mi nuevo tótem es la montaña, el cañón? ¿me he convertido en Sierra?¡Santo Dios!
Diker y dúa
Debo agregar, que la “orientación” y la fuerza para hacer todo este trabajo (que parece una tontería pero que a nivel energético, por lo menos a mí, me ha costado) han salido del diker (las repeticiones rituales de la tradición sufi) y del dúa (recitaciones y súplicas). El proceso de curación realmente no empezó a hacer efecto hasta que el Habibi hizo un dúa poderoso y sopló. Fue como si de Arriba hubieran dado permiso y entonces todo el bien se hubiera precipitado sin dilación. Como si la terapia fuera la puerta y la oración fuera la llave.
Nunca había hecho tanto diker y tanta oración en mi vida. Tampoco nunca me habia sentido tan conectada. Quizá estos achaques que en un principio me parecieron injustos y sumamente odiosos deban servir justamente para quitarme estas “piedritas” del Camino, para allanarlo, para hacerlo más suave y feliz. Será por eso que los musulmanes, les vaya bien o les vaya mal, siempre dicen AlhamduliLah (bendito sea Dios).
Bueno, si alguien puede responder a las preguntas formuladas a partir de esta experiencia, o si tienen textos, sueños, referencias que ayuden a echar un poco de luz sobre el asunto de los mitos, las heridas y las transfiguraciones, me dará mucho gusto saberlo.
La cosa es que, como ya sabrán, siempre me han latido ese tipo de terapias en las que uno mismo se hace cargo de su salud, casi siempre entrándole por el lado de tomar conciencia de la emoción y de “ver” y “reparar” las afecciones con la Imaginación (lo sigo poniendo en mayúscula para no confundirla con la simple fantasía). Después de años de terapia “memesca” que me sigue pareciendo la onda, descubrí hace muy poquito la terapia “mariamesca”. Está en la misma línea, pero tiene un margen de error mucho menor porque mete menos la cabeza en el proceso curativo (no trata de “ver” el órgano sino de “percibirlo”, no trata de “saber” qué le sucede, sólo lo repara ¡WOW!). Para mí es el descubrimiento del siglo y es lo que me ha salvado desde el final del embarazo. Eso sí, requiere mucho trabajo y trabajo “del corazón”. Es decir, para empezar a trabajar sobre el cuerpo hay que situarse sobre el corazón y eso a ratos cuesta un mucho.
Cuchillo de obsidiana
Soy incapaz de transmitir cómo funciona la terapia mariamesca, pero para dar una idea puedo contar que hay que ponerse en el corazón, desde ahí percibir la zona afectada y empaparla de cariño, por ridículo que parezca. Hay otras variantes, pero lo que quiero contar se entiende con esta.
Resulta que al empezar a darle el pecho a Fátima aparecieron las dolorosísimas grietas que la vez pasada me tuvieron sufriendo tres meses enteros. Y cuando empecé a aplicar el método de la percepción lo único que aparecía en el fondo de mi pecho era un cuchillo de obsidiana. Negro, pulido, casi reflectante. Evocador ¿cierto? Cuando se lo conté a Mariam fue ella la que terminó la descripción, ella también podía percibirlo, entonces era real. Tener eso en mi pecho no me gustó nada, ¿por qué un cuchillo de sacrificios y no una punta de flecha? ¿es por mi linaje materno mesoamericano? ¿es un resto de otra vida? ¿qué es?
Pero aquí no importaba lo que fuera sino que se fuera. Y yo no lograba empaparlo de nada. Era demasiado duro, demasiado pulido. Desde dentro, me dijo Mariam, tienes que empapar de dentro hacia fuera. Y así lo hice. Poco a poco el centro empezó a ponerse poroso y a dejarme empapar todo el cuchillo. Fue cambiando de negro a grisáceo y luego a blanco hasta que sólo quedó ceniza. Luego tuve que ocuparme de rellenar el hueco.
Cuando el cuchillo desapareció fue como si las grietas dejaran de tener sustento. Como si hubiesen estado enraizadas en ese filo y en esa obsidiana. Al mismo tiempo, y eso es lo más raro, sentí como si me hubieran desatado de la Lechuza. ¿Es que nuestro animal totémico nos deja alguna vez? ¿Que un trozo de nuestra alma esté vinculado con una forma animal es más un encierro que una expansión? ¿Mi ser lechucesco era un escondrijo de dolores y creencias nocivas? ¿La lechuza era una cárcel? ¿Ella me ha liberado a mí o yo la he liberado a ella? ¿Nos hemos separado de verdad? ¿Qué hay de dolor en esa imagen (mía) de bruja, de mujer que se transforma en ave, de noctámbula irredenta, de ser perseguido por las doce verdades del mundo?
La cosa es que empecé a sentirme más montaña, más nube descargando, más Rayones, más cañón, valle, piedra, árbol, quebrada, río, canto, rama, hoja, verde, sopla, fresco, viento, trueno, insecto, cauce, vapor de agua, neblina, cueva, luz, trino, casa. espíritu, que lechuza. Como si hubiera crecido tanto que ya no cupiera en un cuerpo tan chiquito.
Ofrendas de cuarzo
Ahí no acaba la cosa. Para reparar cada grieta en concreto empecé a empapar como me dijo Mariam desde el fondo hasta la superficie. Había en concreto una grieta que en vez de curarse se hacía cada vez más profunda. Cuando por fin logré empaparla y llegué hasta la superficie, salió de ella, pegado a un trozo de carne, un cuarzo. Transparente con vetas blancas. Lo mismo sucedió con otra pequeña herida que no lograba sanar y que me estaba volviendo loca del dolor. Otro cuarzo.
Si todo el mundo sabe que en el antiguo México los cuchillos de obsidiana se utilizaban para hacer ofrendas de sangre, quizá no todo el mundo sepa que en el antiguo Mar de Tetis, en los cañones de la Sierra Madre que nos parió, se han encontrado entierros con cuarzos como ofrenda. ¿Vuelvo a ser chichimeca? ¿he logrado sacar de mi cuerpo un poco de muerte? ¿son esos cuarzos pequeños pactos con la muerte de los que ahora me he deshecho? ¿mi nuevo tótem es la montaña, el cañón? ¿me he convertido en Sierra?¡Santo Dios!
Diker y dúa
Debo agregar, que la “orientación” y la fuerza para hacer todo este trabajo (que parece una tontería pero que a nivel energético, por lo menos a mí, me ha costado) han salido del diker (las repeticiones rituales de la tradición sufi) y del dúa (recitaciones y súplicas). El proceso de curación realmente no empezó a hacer efecto hasta que el Habibi hizo un dúa poderoso y sopló. Fue como si de Arriba hubieran dado permiso y entonces todo el bien se hubiera precipitado sin dilación. Como si la terapia fuera la puerta y la oración fuera la llave.
Nunca había hecho tanto diker y tanta oración en mi vida. Tampoco nunca me habia sentido tan conectada. Quizá estos achaques que en un principio me parecieron injustos y sumamente odiosos deban servir justamente para quitarme estas “piedritas” del Camino, para allanarlo, para hacerlo más suave y feliz. Será por eso que los musulmanes, les vaya bien o les vaya mal, siempre dicen AlhamduliLah (bendito sea Dios).
Bueno, si alguien puede responder a las preguntas formuladas a partir de esta experiencia, o si tienen textos, sueños, referencias que ayuden a echar un poco de luz sobre el asunto de los mitos, las heridas y las transfiguraciones, me dará mucho gusto saberlo.
Saturday, November 07, 2009
Ojitos moros
Mi Fátima tiene ojitos moros, igual que Hali, igual que Marcelito allá en San Pancho. Un día mi hermana me contó que le cantaba la canción de Duncan dhu a Marcelito para dormir. Quise copiarle la idea pero siempre termino llorando antes de acabar la canción así que siempre la canto mocha, además de que no me la sabía completa. Pero, bendito internet, hela aquí, completita y sin llorar, para todos los ojitos negros que andan por ahi.
Esos ojos negros,
esos ojos negros no los quiero ver llorar,
tan sólo quiero escuchar,
dime lo quiero oír,
dime que vas a reír, dime,
dime ahora que duerme la ciudad.
Hace ya algún tiempo,
hace ya algún tiempo
que tú voz parece ser
una pluma y un papel que cuentan
que vas a volar en sueños,
que serán tus ojos negros
los que me iluminen al andar.
La lluvia cae sobre el suelo gris,
el tiempo pasa y no puedo reír,
la noche es larga, mi voz, amarga.
Hoy he visto despertar el sol.
Y tus pupilas brillarán pero,
espera, descuida, y ya verás,
los buenos tiempos volverán.
Pero, espera, descuida, que ya vendrán,
la lluvia los devolverá.
···
La lluvia cae sobre el suelo gris,
el tiempo pasa y no puedo reír,
la noche es larga, mi voz, amarga.
Hoy he visto despertar el sol.
Y tus pupilas brillarán
pero, espera, descuida, y ya verás,
los buenos tiempos volverán.
Pero, espera, descuida, que ya vendrán,
la lluvia los devolverá.
Esos ojos negros,
esos ojos negros no los quiero ver llorar,
tan sólo quiero escuchar,
dime lo quiero oír,
dime que vas a reír, dime,
dime ahora que duerme la ciudad,
dime ahora que duerme la ciudad,
dime ahora que duerme la ciudad.
Esos ojos negros,
esos ojos negros no los quiero ver llorar,
tan sólo quiero escuchar,
dime lo quiero oír,
dime que vas a reír, dime,
dime ahora que duerme la ciudad.
Hace ya algún tiempo,
hace ya algún tiempo
que tú voz parece ser
una pluma y un papel que cuentan
que vas a volar en sueños,
que serán tus ojos negros
los que me iluminen al andar.
La lluvia cae sobre el suelo gris,
el tiempo pasa y no puedo reír,
la noche es larga, mi voz, amarga.
Hoy he visto despertar el sol.
Y tus pupilas brillarán pero,
espera, descuida, y ya verás,
los buenos tiempos volverán.
Pero, espera, descuida, que ya vendrán,
la lluvia los devolverá.
···
La lluvia cae sobre el suelo gris,
el tiempo pasa y no puedo reír,
la noche es larga, mi voz, amarga.
Hoy he visto despertar el sol.
Y tus pupilas brillarán
pero, espera, descuida, y ya verás,
los buenos tiempos volverán.
Pero, espera, descuida, que ya vendrán,
la lluvia los devolverá.
Esos ojos negros,
esos ojos negros no los quiero ver llorar,
tan sólo quiero escuchar,
dime lo quiero oír,
dime que vas a reír, dime,
dime ahora que duerme la ciudad,
dime ahora que duerme la ciudad,
dime ahora que duerme la ciudad.
Tuesday, November 03, 2009
La anécdota
Cuenta la historia que cuando Seida Fátima (la hija del Profeta, la paz sea con él) iba a celebrar sus bodas con Seidna Alí, su padre le preguntó qué quería como regalo de bodas. Fátima contestó que la Umma de Muhammad (swt), lo que significa, que estuviera en su mano la salvación de toda la comunidad del Profeta. Entonces, se le concedió un diker o serie de repeticiones que se cuenta con los dedos de la mano: 33 SubhanAllah (Gloria a Dios), 33 AlhamduliLah (Bendito sea Dios), 33 Allahu Akbar (Dios es el más grande). Se cuentan 3 por cada dedo (tres falanges) dando dos vueltas a la mano y un dedo más.
Esta tradición ha pasado a la costumbre popular de poner manitas como protección en las puertas de las casas, en los coches, como colgantes, etc. Y el número cinco (hamsa en árabe), evocando los cinco dedos de esta santa mano, se usa también como protección.
Así que ya saben, los amigos de lejos pueden imprimir la manita de nuestra Fátima y ponerla en algún rinconcito de su casa. Así se acuerdan de nuestro amor y agradecimiento y de paso están protegidos.
P.D. Hoy ha sido mi primera mañana sin ayuda. Logré mandar a Hali al cole desayunada, vestida, PEINADA y con los dientes y la cara lavados ¡soy un hit!!!!!!
Esta tradición ha pasado a la costumbre popular de poner manitas como protección en las puertas de las casas, en los coches, como colgantes, etc. Y el número cinco (hamsa en árabe), evocando los cinco dedos de esta santa mano, se usa también como protección.
Así que ya saben, los amigos de lejos pueden imprimir la manita de nuestra Fátima y ponerla en algún rinconcito de su casa. Así se acuerdan de nuestro amor y agradecimiento y de paso están protegidos.
P.D. Hoy ha sido mi primera mañana sin ayuda. Logré mandar a Hali al cole desayunada, vestida, PEINADA y con los dientes y la cara lavados ¡soy un hit!!!!!!
Semejanzas
Sunday, November 01, 2009
GRACIAS

Sin mucho tiempo para escribir pero con tanto tanto que agradecer, de verdad siento que la feliz llegada de esta bebé ha sido fruto del trabajo en equipo: de cada palabra de amor y de aliento, de cada pensamiento de apoyo y cada mensaje de sustento, de cada oración y cada velita encendida. Es como haber extendido una red por toda la Tierra (España, Inglaterra, México, Libia, Siria, Egipto, EEUU, Chipre, etc) y el Cielo (Madres, Maestros, Ángeles, Bendiciones). Así que gracias a Los de arriba y a los y las de aquí abajo por formar parte de este sueñito hecho carne. Aquí una Mano de Fátima para recortar y pegar que hice inspirada en el parto y un poemita de entre las cosas que van saliendo. Con mucho amor y en agradecimiento.
Hamsa
Para mis compañeras de parto: La que está en Paz, La que escucha, La feliz, La madre de la Palabra.
Cinco para recibir
a una sexta,
cinco mágicas mujeres
abriendo las puertas,
cinco pares de brazos y manos,
cinco corazones a la espera.
De un lado y de otro
los ángeles se afanan,
los de luz
y los de carne,
y se alegran
en el roce de sus alas.
¡Cientos de ángeles
dentro de casa!
Giran los goznes
tal como avanza
el sol sobre la tierra.
Y luego tanta luz,
tantísima luz
de una cosa tan pequeña.
Bañadas del amor de los umbrales
nos nació dentro
un torrente de flores nuevas.
Cinco dedos protectores,
cinco pétales
para una perla.
En la palma de esta mano
brota el manantial de la belleza
y la vida se asoma
por el ojo de esta puerta.
Sea tu mano,
Fátima,
el sello de esta fecha:
¡SubhanAllah, AlhamduliLah,
La ilaha ilaLah, AllahuAkbar!
Para mis compañeras de parto: La que está en Paz, La que escucha, La feliz, La madre de la Palabra.
Cinco para recibir
a una sexta,
cinco mágicas mujeres
abriendo las puertas,
cinco pares de brazos y manos,
cinco corazones a la espera.
De un lado y de otro
los ángeles se afanan,
los de luz
y los de carne,
y se alegran
en el roce de sus alas.
¡Cientos de ángeles
dentro de casa!
Giran los goznes
tal como avanza
el sol sobre la tierra.
Y luego tanta luz,
tantísima luz
de una cosa tan pequeña.
Bañadas del amor de los umbrales
nos nació dentro
un torrente de flores nuevas.
Cinco dedos protectores,
cinco pétales
para una perla.
En la palma de esta mano
brota el manantial de la belleza
y la vida se asoma
por el ojo de esta puerta.
Sea tu mano,
Fátima,
el sello de esta fecha:
¡SubhanAllah, AlhamduliLah,
La ilaha ilaLah, AllahuAkbar!
Monday, October 26, 2009
¡SubhanAllah AlhamduliLah lLa illaha illa Allah Alahuekbar!

Mi Lluvia entró en el mundo el segundo lunes de octubre con un parto mágico, milagroso y tremendo, como todo ritual de paso, en el que los ángeles y las personas nos dimos la mano para abrir y cerrar las puertas, y fuimos partícipes de la belleza de los umbrales.
La acompaña el nombre de Fátima, hija del Profeta Muhammad (swt) quien representa en el esoterismo islámico la Sabiduría Perenne. Su mano protege a la comunidad de Muhammad porque tiene como don el diker SubhanAllah-AlhamduliLah-Allahu Akbar.
Fue un tránsito exigente (presencia absoluta y trabajo del corazón en todo momento) tal como lo está siendo el posparto, verdadero aterrizaje en estos planos de la existencia, pero hermoso a más no poder.
Ya les seguiremos contando cuando nos vuelvan las fuerzas al cuerpo. Por lo pronto la vida se va reproduciendo también entre los libros (yo no sabía que los poemas tenían hijos).
Este, de Miel:
Yo le pertrenezco
y aún no puedo dormir entre sus brazos
ha engendrado uno nuevo (nuevo libro ¡viva!):
Cada noche duermo entre sus brazos
y aún no me había dado cuenta
Amín.
La acompaña el nombre de Fátima, hija del Profeta Muhammad (swt) quien representa en el esoterismo islámico la Sabiduría Perenne. Su mano protege a la comunidad de Muhammad porque tiene como don el diker SubhanAllah-AlhamduliLah-Allahu Akbar.
Fue un tránsito exigente (presencia absoluta y trabajo del corazón en todo momento) tal como lo está siendo el posparto, verdadero aterrizaje en estos planos de la existencia, pero hermoso a más no poder.
Ya les seguiremos contando cuando nos vuelvan las fuerzas al cuerpo. Por lo pronto la vida se va reproduciendo también entre los libros (yo no sabía que los poemas tenían hijos).
Este, de Miel:
Yo le pertrenezco
y aún no puedo dormir entre sus brazos
ha engendrado uno nuevo (nuevo libro ¡viva!):
Cada noche duermo entre sus brazos
y aún no me había dado cuenta
Amín.
Sunday, October 04, 2009
Que sí, que no, que sí, que no
Pues ya pensábamos que el viernes por la noche nos poníamos de parto. Barrí toda mi casa, colgué mis fotos inspiradoras y el cartel de bienvenida, jugué un buen rato con Halima, ¡encargué sushi!, puse todo a punto, estaba sintiéndome tan contena, fuerte y paridora que hasta me bajé con Hali al súper a comprar zanahorias para un buen jugo y brownies para celebrar el aguacero.
Y luego a las doce de la noche ni campanadas, ni contracciones, ni aguas, ni niña, ni ná de ná. Mi pobre matrona se la pasó dando vueltas en la cama toda la noche. Yo dormí como piedra hasta las 5 de la mañana. Y luego nada más. Hasta ahora.
A ver si en un día o dos, o una noche de estas se vuelven a alinear los astros y el bebé quiere venir al mundo. Ya se siente la magia de su llegada en el aire como una lluvia de polvos de oro, de gotas de música. Insha'Allah.
Lo muy bonito del parto frustrado son toooodas las inesperadas expresiones de amor y de apoyo, todas las oraciones, cariño y toda la fuerza que hemos recibido y estamos recibiendo de la gente con la que hacemos la vida por aquí. ¡Muchas gracias!
Y luego a las doce de la noche ni campanadas, ni contracciones, ni aguas, ni niña, ni ná de ná. Mi pobre matrona se la pasó dando vueltas en la cama toda la noche. Yo dormí como piedra hasta las 5 de la mañana. Y luego nada más. Hasta ahora.
A ver si en un día o dos, o una noche de estas se vuelven a alinear los astros y el bebé quiere venir al mundo. Ya se siente la magia de su llegada en el aire como una lluvia de polvos de oro, de gotas de música. Insha'Allah.
Lo muy bonito del parto frustrado son toooodas las inesperadas expresiones de amor y de apoyo, todas las oraciones, cariño y toda la fuerza que hemos recibido y estamos recibiendo de la gente con la que hacemos la vida por aquí. ¡Muchas gracias!
Wednesday, September 30, 2009
Inspiración

La foto: de la Cocina de Blimunda (que está escribiendo mucha y muy buena poesía, por cierto, cuidado con esta poeta desbocada, al ratito nos sorprende con un libro para erizarse de placer, de belleza, de vida).
El poema, según la foto y los eventos a venir.
Lluvia
en la Sierra Madre que nos parió
Lloveré
como un cuenco gigante
sobre tu cuna de piedra tierna
lloveré hasta vaciarme de toda la vida que danza en mi vientre
y me volveré a llenar
nueva
en el suspiro siguiente.
Lloveré tormenta sobre la Sierra
y te acogerá, suavemente,
entre sus peñas.
Los puertos reclaman tu presencia,
entre montes abrirás dos ojos como estrellas
inspirarás el universo protegida por sus cuevas.
Árboles y raíces tejen tu bienvenida
todas las nubes sostienen mi cuerpo
rocas y troncos,
carreras y vuelos
un único grito de valle
cantos de Madre para mi esfuerzo.
Lloveré
de amor y de vida
y la tierra agradecida abrirá sus brazos
ofrecerá sus regalos
a esta madre
y esta niña.
en la Sierra Madre que nos parió
Lloveré
como un cuenco gigante
sobre tu cuna de piedra tierna
lloveré hasta vaciarme de toda la vida que danza en mi vientre
y me volveré a llenar
nueva
en el suspiro siguiente.
Lloveré tormenta sobre la Sierra
y te acogerá, suavemente,
entre sus peñas.
Los puertos reclaman tu presencia,
entre montes abrirás dos ojos como estrellas
inspirarás el universo protegida por sus cuevas.
Árboles y raíces tejen tu bienvenida
todas las nubes sostienen mi cuerpo
rocas y troncos,
carreras y vuelos
un único grito de valle
cantos de Madre para mi esfuerzo.
Lloveré
de amor y de vida
y la tierra agradecida abrirá sus brazos
ofrecerá sus regalos
a esta madre
y esta niña.
Tuesday, September 22, 2009
Esporádica
Querida banda, les informo que a partir de ahora me parece que me voy a poner muy esporádica. A partir del 6 puede venir la Lluvia al mundo así que YA estamos de guardia aunque a mí me faltan doscientas cosas indispensables que preparar para su llegada (como pañales de recién nacido, aretitos, ropita limpia, etcétera, etcétera y eternamente etcétera). Además como ya saben estamos en modo "ahorro máximo de energía" aunque las visiones y porras que me han mandado van funcionando muy bien y seguro que mi sangre ya parece una jungla muy roja y repoblada por alucinantes criaturas en vez del aguachirris que se me quedó después de un verano a base de sandía. EN FIN. No se olviden de prender una velita (material o metafórica) cada día por nosotros y nomás pudiendo les avisaremos que ya hizo efecto y que somos un feliz feliz cuarteto. Abrazos enormes para todos.
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