Tuesday, December 01, 2009

Parir en casa (parte 3 de 5)

Bienvenida
Se acercaba el momento de empujar y las contracciones se volvían cada vez más violentas. Con gran enfado me di cuenta de que iba a tener que gritar para soportar el paso de cada una de ellas. También odio gritar. Me gusta ser ecuánime y discreta. No grito nunca, pero no quedaba más.

Entre aquellas contracciones tremendas Mercedes me obligó a ir a hacer pis. Bendito sea Dios, porque si la vejiga está llena le estorba a la cabeza del bebé y en la pelea sale perdiendo la mamá. Así que corrí al baño y aproveché para darme una ducha que me refrescó el cuerpo y el ánimo.

Fueron nada más tres o cuatro contracciones tremendas en que no cabía ni un bismiLlah, lo único que podía era pedir ayuda a mis Maestros. Con todo y todo alcancé a darle instrucciones a Saída para que se sentara en una silla y yo poder agarrarme a ella y pasar la contracción en cuclillas.

En cuanto empieces a pujar ya no duele nada, me decían todas. Pero a mí casi las únicas que me dolieron fueron las contracciones de empujar. No era propiamente dolor, pero era una sensación tan fuerte, tan incontrolable e incontenible, como cuando te revuelca una ola: lo único que puedes hacer es sobrevivir mientras te arrastra hasta que desaparece, te orientas y logras sacar la cabeza para tomar una bocanada de aire.

En esa posición no pasa la cabeza, dijo Mercedes con toda su experiencia. Y reorganizaron las posiciones para que pudiera estar en semicuclillas pero echada hacia atrás. Halima y Yunus había vuelto del parque y estaban en el cuarto de Hali viendo Jorge el curioso. Samia y Saída contemplaban en silencio, Marian me sujetaba la espalda y Mercedes con su ojo avisor observaba que todo siguiera un buen curso, revisando periódicamente el latido de Fátima. ¡Yo quiero coger la cabeza cuando salga! había dicho Halima, pero no le gustaron los gritos de su mamá y decidió que mejor le avisáramos cuando la bebé ya hubiera nacido.

Entonces un momento de calma. Era como estar flotando. Mi cuerpo me daba un respiro. Samia sacó perfume de Rosa de Medina y ese olor inundó todo el salón. Qué bienestar, qué alegría, parecía que todo el cuarto estaba lleno de ángeles y que sus alas nos acariciaran. De nuevo la ola gigante y luego el espejo. Mercedes me puso enfrente el espejo que Mahmud me regaló el día de nuestra boda en México y vi la cabecita de Fátima a punto de salir ¿YO tengo que sacar ESO de mi cuerpo? ¡Oh Dios! ¿Voy a tener la fuerza? Ahí estaba su coronilla, su pelito negro. Marian con sus manos en mi esplada decía: la bebé está ayudando, se está empujando con sus piernitas. Otra ola tremenda de cerrar los ojos y gritar Huuuuuuuuuuuu y entonces la carita de la bebé.

Eran las tres de la tarde con siete minutos y la cabecita de Fátima había salido ya. Tranquilita, esperaba la siguiente contracción para emerger por completo. Diez minutos después salió su cuerpecito remojado y me la pusieron encima, toda tibia, toda viva. toda pollito indefenso. ¡Oh felicidad! Entonces llamamos a Halima y vino corriendo a abrazar a su hermana.

Luego entró Mahmud, le cantó la Fatiha en la oreja derecha y el Ikamat en la orejita izquierda. Corté el cordón cuando dejó de latir y se anunció la siguiente contracción.

En la próxima entrega: Todos a correr

2 comments:

Maryam Rosello said...

aay najma, es precioso. Me emociono.
Maryam

Renée said...

Y yo...