Todos a correr
¿Dónde había estado el padre de la niña todo este tiempo? se preguntarán ustedes. Haciendo lo que mejor sabe hacer: rezar. Ya cuando nació Halima nos habíamos puesto de acuerdo. A mí verdaderamente no me hacía falta ni que estuviera pegado a mí durante toda la dilatación, ni que estuviera de protagonista en el expulsivo. Sí, hubiera sido lindo si le hiciera ilusión, pero un marido mareado o desmayado en pleno alumbramiento la verdad es que no me interesaba. Ambos estábamos en paz con eso y amo a mi marido que sabe dónde están sus límites y sabe respetarlos (asignatura aún pendiente para mí) y por eso elegí esas súper compañeras de parto. Porque sabía que son mujeres fuertes, amorosas, entregadas, sensibles, discretas, conectadas, MADRES, y que nos quieren mucho mucho a los cuatro.
En algún momento antes de que Fátima saliera nadando de mi cuerpo, Samia vino con los ojos llorosos a decirme que tenía que hablar conmigo. ¿AHORA? pensé yo. Y me dijo que no estaba sola, que había entrado un momento a la habitación donde Mahmudy se había recluido a rezar y que estaba TOTALMENTE presente, que estaba ahí conmigo, dándome toda su fuerza, aunque físicamente pareciera que no era así y que ella era testigo. Se lo agradecí profundamente porque fue un gesto hermoso de parte de Samia venir a traerme la presencia de mi marido. Pero yo ya sabía que estaba, que no se estaba comiendo los mocos ni picando el ombligo, sino que tenía toda su fuerza, toda su concentración, toda su energía (y es mucha) puesta en el parto. Para mí era como si la pared que divide el salón donde estábamos nosotras y el estudio donde estaba él, no existiese. Yo sentía sin lugar a dudas la presencia de mi amorcito, silenciosa, poderosa, así como es él, cuidando de nosotras y acompañándonos.
Pero en ese momento tuvo que participar de cuerpo presente: Llévate a los niños, le dijo Mercedes. La placenta salió entera y sin dificultad. Y en ese momento todo el mundo se puso a correr. Mariana, me dijo muy seria, tienes que dejar de sangrar.
Marian sacó agujas de acupuntura y mocsas (esos como puros de hierbas que sirven para activar puntos de acupuntura con calor). Las chicas se afanaban en colocar en alto (¿por qué no tendremos en casa lámparas de pie?) las bolsas de suero y Mercedes en administrar los medicamentos. Yo seguía feliz con mi nena en los brazos, ajena al barullo.
Para tranquilidad del amable lector debo decir que había en la puerta de casa una ambulancia (suerte de vivir junto al centro médico del pueblo). Y que el hospital más cercano estaba a 10 minutos, por si hubiera hecho falta un traslado. Entre aquellas carreras Mercedes insistió en darme cuatro puntos que me dolieron más que el parto entero, pero que sólo fueron cuatro de un desgarro chiquitín y no me molestaron más que una semana. Otro día les cuento las historias de terror de las episiotomías hospitalarias.
Seguramente, de no haber tenido la matrona que tengo y la médica que tengo (y toda la ayuda de Arriba y de abajo, claro está), hubiera terminado en el hospital con todos los horrores que esto conllevaría: separarme de mi bebé, ponerla “en observación” no sé cuántos días en un cunero de plástico con no sé cuántos bebés llorones y sin el calor de su madre, estudios, análisis, piquetes, medicinas, agresiones en una palabra. No lo quiero ni pensar porque sufro. Pero gracias a Dios unas horas más tarde me controlaron la hemorragia. Mi santo marido me llevó en brazos hasta la cama, a cuenta de tantas bodas y tantas entradas no cinematográficas a casa. Ja. Las mujeres normalmente se levantan y se van por su propio pie a la ducha, me diría Mercedes semanas después para que me diera cuenta de la magnitud de los hechos. Sí, me doy cuenta y estoy profundamente agradecida.
Pero ahí no terminaba el trabajo. Durante las horas que pasé tendida en el salón estuve trabajando con Marian para detectar qué era lo que causaba la hemorragia. Inspeccioné y “empapé” todos los órganos y zona pélvica hasta que quedó todo reparado. Luego, ya en la cama, Marian me guió en el trabajo sanador más alucinante que he hecho en mi vida. Una de las cosas más impresionantes es que no lo hice sola (y eso que era mi cuerpo, mis emociones, mis telarañas), sino que me ayudaron con su luz, literalmente, ella misma y mi marido. Fue como sacar toneladas de basura que ni siquiera sabía que tenía dentro. Aparecían como monstruos o como carretadas de caca, como ríos negros, como desperdicios y entre los tres lográbamos reducirlos a nada. Así, una vez y otra, hasta que me quedé limpiecita por dentro y encontré mi centro, mi centro de luz. Me metí en él y me quedé tranquila.
Después de montar guardia unas horas más, Mercedes y Marian nos dejaron, ya entrada la noche, con clarísimas instrucciones para Saída y Samia.
En el próximo capítulo: La leche y Una cuarentena polémica
5 comments:
Mas!mas!mas! queremos mas!
Qué maravilla, Najmah. Qué inspirador todo los que escribes, qué emocionante. Entran tantas ganas...
Que Dios te bendiga, a ti y a los tuyos. Nunca dejes de escribir
Mariana!
Soy Andrea (amiga de Renée) y estoy aquí maravillada leyendo la historia de tu parto.
Me parece tan chido todo lo que cuentas... con la música, el olor a rosas y la buena energía que aquí describes imaginé “la sala de parto” como una deliciosa sesión de reflexología podal en la que te van tocando los piecitos y tu vas sintiendo cada órgano, conectando, respirando... ¡qué maravilla! Muchísimas felicidades más! mamá Mariana valiente!
p.d. Quiero seguir leyendo!
Hola Mariana!
Me encanta la experiencia que tuviste y me parece muy valiente. Una de las cosas que admiro de ti es como eres consistente con lo que creés.¡Muchas felicidades!
aaaaaaahahahahahahahahaaaaaaaaaa
No entendí lo de que las muejeres de levantan y se van a la ducha, ¿quería decir que eso tenías que hacer? ¿o que eso podías si querías?
TE AMOOOOO
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