Sunday, October 23, 2011

Libia: asegunes






Parece que todo terminó, pero esto no ha hecho más que comenzar. Habibi gracias a Dios volvió a casa, aparentemente, pero se le quedó el alma en Libia, ¿cómo no?

Por la televisión e internet desfilan imágenes truculentas mezcladas con estampas magníficas de regocijo, amor, esperanza. Gadafi ha muerto. Yo sentí pena, porque vi a un pobre hombre asustado de morir. "No me mates, podría ser tu padre" volaron sus supuestas últimas palabras hasta mis oídos y casi me arrancaron lágrimas. Luego me llegó también la respuesta de sus captores: "¿cuál padre, el que encarcelaste, el que desapareciste, el que torturaste, el que humillaste públicamente?" En mi opinión, la muerte no se cura con más muerte, pero también creo que lo mejor es no tener opinión y que quienes vivieron bajo el yugo impuesto por este señor se sienten ahora libres, alegres, exultantes.

Una cara de la moneda
Hay voces que empiezan a sonar, que si todo es un engaño de Occidente, un plan macabro para derrocar al padre de África. Y a mí estos comentarios también me duelen, porque son ingenuos, porque no toman en cuenta los años de dolor que hay detrás de todo el proceso. Creo que cualquiera que sea mínimanete crítico y pensante sabe que nadie es totalmente bueno o malo. Gadafi como cualquier otro ser humano tuvo que hacer cosas buenas en vida, es decir, hacerle bien a algunos. Y también hizo mucho daño a muchos otros. La parte de la historia que me toca directamente es esta última. Aunque en la vida también me ha tocado recibir mucho bien de personas que (los demás decían que) habían hecho mucho mal.

Tampoco puede pensarse que la OTAN y el resto de ayudadores occientales han actuado exclusivamente bajo los valores de "liberté, egalité, fraternité", yo también pienso que muchos otros intereses los movieron: que el líder resultaba muy incómodo, que si en Libia hay mucho petróleo, que qué bien puesto está en el mapa, qué sitio tan estratégico. Pero la noche en que la ONU decidía si le entraba al quite o no, mis cuñadas, mi suegra, mis sobrinos, estaban reunidos todos en una casa oyendo explosiones que se acercaban. Dicen que había suficiente artillería para liberar Palestina. Y cuando los señores de Naciones Unidas (irónico el nombre) decidieron participar aquí y allí nos tiramos al suelo a dar gracias, con lágrimas en los ojos, pensando que nuestra familia (y muchos otros cientos de personas) tenían una oportunidad de salvar la vida.

Menos mal que Libia es un país rico, menos mal que tiene con qué devolver el precio de su liberación. Tantas guerras olvidadas, tantas injusticias.

Un hombre, muchos hombres
Cuando se metieron en casa las imágenes de la muerte de este hombre y su hijo pensé ¿este miserable es el que mantuvo aterrorizados a algunos de los hombres que más he admirado y querido en mi vida? ¿este es el que tenía una losa puesta sobre los corazones de cientos de miles, el que separó familias, el que asesinó personas queridas, el que persiguió y amenazó, el que aterrorizó? Sí y no. El monstruo de la tiranía no lo sostiene un solo hombre, lo sostienen todos. Los que lo disfrutan y los que lo padecen. Pero se acabó. El miedo de los demás, la desconfianza que minó los corazones de muchos libios ya no lo sostiene. La esperanza, la confianza en un nuevo presente alienta los cambios.

Dice Habibi que la gente ya no se rehuye en las calles, ya no se ve con desconfianza. Benghazi sigue en estado de guerra (sin servicios, sin trabajos, sin liquidez, en caos), pero que si dos personas tienen un accidente de tráfico bajan de sus coches ¡y se abrazan!, los vecinos se turnan para limpiar las calles, rezan juntos, si a uno en el banco le desaparecen la cuenta, el resto de las personas de la fila sacan cada uno un poco de lo suyo y le completan el dinero que necesitaba. Los imames en las mezquitas hablan de paciencia, de reconciliación, de tiento, de inclusión.

¿Qué será de Libia? ¿qué será de nosotros?
Parece que Libia necesita de todos los libios para reconstruirse, necesita de todas las voces para convertirse en una patria acogedora y protectora, que promueva el crecimiento, el bienestar, la felicidad de sus ciudadanos. Parece que todo está por hacerse. Banghazi estuvo abandonada por 40 años, siempre ha sido opositora. Hace falta configurar la vuelta de los refugiados, reordenar la vida, contruir y reconstruir. Parece que hay recursos de sobra para hacer todo lo necesario.

Parece también que Habibi ha encontrado su lugar en el mundo. Ha vuelto a ocupar su puesto entre los hombres de su generación. Allí no es un extraño, ni un extranjero, no es "exótico". Es un hombre que ha vivido, que después de 30 años fuera (¡alucinante!) sigue estando vinculado con la gente y con el lugar. Las cosas que sabe y que conoce son valiosas ahí, no folkóricas, casi puedo decir que son necesarias. Como me pasa a mí cuando vuelvo a México. Hay pueblos con sed, y los que hemos bebido tenemos responsabilidad de compartir, porque su sed ha sido la nuestra.

Parece que ahí la tierra está viva. África está viva como América Latina. Parece (y esto también me resulta increíble) que 42 años de dictadura no han podido con el tejido social. Lo que viene sucediendo en México de 10 años para acá (tal vez más, yo empecé a verlo con la distancia), la desintegración de las redes sociales, la ruptura de los vínculos básicos entre las personas amigos-familia-vecinos-colegas, eso no ocurrió allí. Es un milagro. O tal vez puro instinto de superviviencia. Ahí la familia sigue siendo una tribu extensa cuyos brazos se cuelan por entre los brazos de otras familias y se agarran fuerte y no se sueltan. Se acompañan, se ayudan, se organizan, piensan juntos, sienten juntos, viven y salen adelante juntos.

Tal vez lo mío sea mucho romanticismo pero ¿qué revolución, qué cambio no está también alentado por un cierto romanticismo? Siento que tanto en Libia como en México (guerra no declarada pero terriblemente feroz y destructiva) es momento de andar con cuidado, y eso quiere decir: atentamente, con mimo, poniendo la máxima luz sobre cada paso, asegurando cada palmo del camino.

Yo todavía no encuentro una forma concreta de poner mi granito para el bien de México ¿tendré que esperar 20 años más para recuperar mi sitio? ¿será el momento de apostar nuestras vidas (nuestra comodidad, nuestras costumbres, nuestras amistades, nuestras rutinas) para el bien de Libia? Dios dirá.

3 comments:

Anonymous said...

¡Bien dicho todo! Qué buena terapia es poder decir lo que se siente. Lo demás,Dios dirá; y que se haga Su voluntad, en la tierra como en el Cielo.

Anonymous said...

Cal que se come los rezos, que llora. Las manos desgastan -profanan rosarios. Las campanas convulsionan, entran liquidas por los oidos y se vuelven pasos sobre adoquin mojado.

Te acuerdas?

Mariana/Nashma said...

amén jefazo!

cuánto tiempo de esos versos! menos mal que los años corren y uno aprende y escapa de sus rejas (de algunas, claro). creo que he ganado por lo menos un 50 o 60% de paz desde aquel entonces ¡alhamduliLah!