Por fin, Lefke y la vida lefkiana
Y volvimos de Chipre. Hacía por lo menos dos años que no iba y tenía ya una sed tremenda de encontrarme con ese lugar y esas personas. Sobretodo con Mawlana Sheik Nazim, nuestro maestro.
Lo preparamos todo con mucho cariño y mucha precaución, previendo todas las situaciones posibles, lo que dio lugar a CUATRO maletas y tres mochilas de mano entre regalos, ropa, botiquín, cosas de aseo, etc. Lo divertido es que llegamos nosotros pero nuestras maletas no. JAJAJAJAJAJAJAJA. Gracias a Dios que entre las mochilas había un cambio de ropa para cada una. Al día siguiente nos duchamos, nos pusimos EL cambio de ropa y a lavar el usado, a mano, en el jardín de casa de Naíma y Malika donde nos hospedamos. ¿Angustia? No ¿Frustración? No ¿Pereza? No ¡Liberación!
¿Que no tengo desodorante? Pues limoncito en las axilas. ¿Que con qué nos lavamos el pelo? Con jabón de manos. ¿Que cómo sustituímos el antibichos? Nos untamos con aceitito de oliva de la cocina. ¡Oh felicidad! Denme un barreño y una cuerda de tender con harto sol y jardín de por medio y puedo hacer maravillas. Viva la vida sencilla, viva hacer las cosas con mis pripias manos y mis propias piernas, viva involucrar a mis pitufas en mis actividades esenciales y no estarme quebrando el coco con actividades específicas para niños.
Claro que luego llegaron las maletas y también me dio gusto ponerme mis garritas y aderezarme con mis cosas. Pero se me quedó la sensación de que si quiero una vida más sencilla, más modesta, más sana, más fácil, más real, no me hace falta irme a vivir a un pueblito sin servicio básicos, lo que necesito es empezar por acomodar mi casa y mi forma de vivir a ese estilo, al estilo "lefkiano". Insha'Allah.
Encuentros y hadas cantarinas
Lefke es un sitio de encuentros maravillosos, porque en el fondo, cada uno va a encontrarse consigo mismo, con su ser más profundo (porque Dios permanece como un tesoro oculto en el corazón del hombre, en este caso, de la mujer). Las personas, situaciones, circunstancias que se presentan están ahí para que cada uno pueda hacer ese trabajo.
Llegan y se van todos los días personas de todo el mundo. Esta vez había gente de Sudáfrica, Argentina, Turquía (las turcas son famosas por su contundencia), Alemania, Italia (divinas, tan afines a las españolas pero con su saborcillo particular), Rusia, y una buena panda de españolas, entre ellas Samia y Saída que vieron nacer a Fatimuchis. Nosotros íbamos en familia a encontrarnos también con mi suegra y mi cuñada Amal.
Esta vez, para facilitar la cosas y tener un espacio de intimidad familiar, no nos quedamos en la Guest House (la casa de las mujeres)sino una casita de alquiler con un jardín que parecía el paraíso: una huerta virgen que explorar y disfrutar.
Hace seis años, cuando estuve por primera vez, me impactó especialmente la imagen de una mujer bellísima, alemana, que mientras preparábamos algún desayuno acodadas en una mesa baja cantaba una melodía punzante por su belleza y suavidad (all I ask is be with me, be with me while I still alive, love, love, mmmmmm, mmmmmm). Había estado casada con un pakistaní y había vivido veinte años en Pakistán.
De pronto, mientras tomaba un té con menta del jardín en el patio de casa, la vi aparecer. Era como un sueño. Con sus ojos azules y su sari blanco. Su misma voz, su misma expresión amorosa. Me levanté inmediatamente para saludarla y aunque me parecía ridículo le conté que nos habíamos encontrado allí hacía seis años, que en aquél entonces yo me acababa de casar y que ahora tenía estas dos niñas. ¡Se acordó de mí! Nos abrazamos con mucho gusto y tuvimos ocasión de hablar más veces porque resultó que una de sus hijas se hospedaba en nuestra casa. A partir de ahí estuve todo el tiempo tarareando la cancioncilla y su hija recordó habérsela oído a su madre (no pueden imaginarse la belleza de esa chica mitad pakistaní mitad alemana). Otra noche, tomando juntas una té, le pedimos a la mamá que nos la volviera a cantar. Hacía años que no lo hacía. Pero nos cantó y fue hermosísimo, emocionante hasta las lágrimas ver el camino andando desde entonces y la felicidad que nos ha traído. Masha'Allah.
Entre las ramas ardían las ascuas de las narajas (A. Reyes)
Para mí Lefke es la tierra de mi renacimiento. Y me maravilla lo mucho que llega a parecerse a la tierra de mi nacimiento, a mi Monterrey. El vínculo mágico son las naranjas. Lefke está lleno de naranjos y limones. Yo me acerco a uno y me acerco a todos, el naranjo se me volvió el árbol de la añoranza porque los de Chipre son iguales a los de Nuevo León, y una huerta en Lefke me transporta a otra en Allende o Villa de Santiago.
El Chipre turco tiene montañas resecas, de matorral, aceras inclementes, soleadas hasta su madre, palmeras esporádicas, terrenos baldíos; es áspero. Pero luego tiene esos oasis como los que tiene Nuevo León.
Cuando estoy ahí me siento en casa. No sólo que me sienta cómoda, sino que mi corazón está en paz, está en su sitio. Siento la casa de Mawlana como sentía la casa de mi abuelita eMe: mía, propia, como si tuviera toda mi información kármica, genética, energética grabada en sus ladrillos, entre sus cimientos, colgada de sus vigas. No es mía mía, hay que andar con respeto. Es el lugar de la veneración, de admirar lo que soy y amar lo que soy y ver con amor y esperanza lo que puedo llegar a ser.
A veces me resulta incomprensible esa dualidad: ser de un clan genéticamente y de otro espiritualmente ¿cómo, dónde se junta mi mexicanidad, mis montañas, mi maíz, la voz de mi madre, los brazos de mi padre con la luz y el mar de Chipre, con los pasos de Mawlana, con sus enseñanzas y las de sus maestros, con ese amor y esa luz intensa que sale de su casa? Los maestros de nuestra tariqa se me aparecen en el corazón como abuelos: soy del daghestán, de siria, de irak, de uzbequistán así como soy de monterrey, de méxico, de pachuca, de yucatán, de francia, de españa.
Este post se hace muy largo y Fátima despierta, así que luego sigo con la crónica. A ver si logro ponerles unas fotos.
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