(Reseña ficcionada, ¿ese género existe?)
“Lloraba en Paseo de la Reforma y tuve la certeza de que estaba harto de partir, de siempre ser recuerdo, de dejar atrás a las personas que amo.” dice el protagonista de Luis Felipe Lomelí en Ella sigue de viaje (Tusquets, México 2005), un recorrido de norte a sur del continente americano donde todos parecen forzados a dejar atrás lo que aman.
Yo también, dijo una voz dentro de mí cuando terminé de leer el párrafo. Yo también estoy harta de dejar atrás lo que amo, de que mi familia sea una voz en el teléfono, de que los olores, los sabores de mi vida sean un mero recuerdo, de poder sentir la textura del aire sólo con la memoria, de no poder acariciar mi acento y mis palabras, de tenerlas encerradas dentro.
Vivo en un país de 3 millones de inmigrantes. Me sentía feliz dentro del gueto latino: Cuba, México, Colombia son identidades plenamente ejercidas en la distancia. Ahora que estoy integrada en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, puede conmigo la nostalgia.
Una noche antes de irse a la cama, Jorgito el hijo menor de mi mejor amiga le preguntó: “Mamá ¿Mariana existe?” Existo, pero vivir aquí es como vivir en un sueño, como ser una amiga imaginaria, una hermana, una hija imaginaria.
Yo también estoy harta de dejar a los que amo.
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