A Luz
Por el pasillo que bordea el enorme jardín me topé inesperadamente con la tumba de Pessoa. El sol caía en todo su esplendor sobre el monasterio de los Jerónimos. Desde la planta alta las gárgolas y los garigoles de la época permanecían expectantes como estatuas de sal, como si en el último instante, ya puestos en movimiento, se hubieran vuelto a mirar atrás. El claustro, abierto al cielo limpio del verano, aparecía inundado de turistas con sus cámaras, sus pantalones cortos y sus conversaciones multilingües.
Pero en ese momento todo cesó. Se hizo el silencio más hondo y yo de piedra ante el pequeño obelisco. En cada una de sus caras, una de sus caras: Reis, de Campos, Caeiro. Alcancé el muro enano que delimita el pasillo del claustro y de donde nacen las columnas que se doblan en arco bajo el peso del corredor de arriba. Sabía ¿cómo no? que Pessoa estaba muerto. Pero siempre lo había sentido vivo entre las páginas de sus libros. Sus latidos en Alcínoo, sus paseos por Lisboa no eran los pasos, los latidos de un muerto. Yo lo ví fumar con la boca de de Campos, me senté con Reis y con Lidia a la orilla del río, con los ojos de Caeiro descubrí a Dios durmiendo.
En un mismo segundo lo encontré y lo perdí de nuevo. Nos topamos de frente, pero él ya se había ido. Yo me quedé con el desasosiego.
1 comment:
Genial esa atmósfera que describe, licenciada; esos cuatro hombres nos han acompañado.
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