De día y de noche el Cairo hierve de ruido. Es una de estas ciudades de las que se dice que nunca duerme y a este especialmente el pulso se le puede tomar por el sonido de los claxons que no se termina.
Los coches van pitando sin razón aparente (no es que en las calles del Cairo falten motivos para pitar, pero por lo menos el 60% de los claxonazos sí se los podrían ahorrar). Yo creo que lo hacen como medida para controlar el estrés, o simplemente para hacer acto de presencia entre la marea urbana. La música sale de todas partes, la estruendosa llamada a la oración no puede dejar a nadie indiferente y siempre hay alguno que pone a todo volumen en el coche o en la tienda o en la casa una cinta o una estación de radio con recitación del Corán.
Por las noches, nuestra familia organizaba su propio ruidero. Las ollas de la cocina, las palmas y la voz eran el instrumento principal. Luego iba rodando el pañuelo de atarse en la cadera y ¡a bailar! Los más animados eran los chicos de 8 a 10 años, pero nadie despreciaba su turno al bat: sobrinos, sobrinas, tíos, tías y hasta la misma Ummi, máxima líder del clan, pasaba entusiasta al centro de la fiesta, con la cabeza cargada de canastas si era necesario. Leyla se mostró desde la primera noche como la profesional del movimiento de caderas e incluso hizo gala de sus saberes mostrándonos la diferencia entre el estilo tradicional libio y el egipcio. Pero el resto no se quedaba atrás. Hay que decir que la mexicana (o sea yo) y la malagueña (o sea Kalthomy) hicimos muy bien nuestro papel armadas del sabor latino y la rumbita flamenca.
Cada uno sorprendió con su estilo y en la locura de la fiesta a unos les dio por brincar en la cama de la única hermana dormida y a otros (Qays con su junior en los brazos) darle a la lámpara de techo.
Con el paso de los días se agregó a la orquesta una verdadera darbuka y un pequeño laúd. ¡Y eso sí fue la apoteosis!
En estas fiestas, por supuesto, no podía faltar el grito tradicional de las mujeres que no sabría transcribir, pero que suena a grito de guajolote y a mí siempre me hace pensar en las mujeres cócono de los montes norteños. Cada vez que hay un gran motivo colectivo de alegría todas las mujeres gritan al unísono.
Una de estas noches tropicales descubrimos en la tele un concierto de Amr Dieb, el hit musical del momento en el mundo árabe. Se trataba de una transmisión desde Dubai y todo el mundo (en la tele pero también en la casa) se sabía las canciones completas y las cantaba con gran emoción. Según parece éste hombre joven, guapetón y con gran feeling, es el ídolo de millones y millones de personas en el mundo árabe. Y nosotros sin saberlo.
Al día siguiente corrimos a la tienda de la esquina a comprar el disco, y de paso nos trajimos música para mover las caderas y música del recuerdo para administrarnos dosis de nostalgia.
Ahora en lugar de poner a Chayanne para barrer la casa, pongo Belly Dance y me muevo como Tongolele. ¡Arriba el norte (de África)!
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