Tuesday, February 15, 2005

Shams y el océano infinito

Cuando Shams era pequeñita, vio en un sueño el océano infinito, y nunca lo pudo olvidar. Desde aquel momento, desobedeciendo las órdenes de su padre el rey, se montó en un barco y se dispuso encontrar el océano que había visto en sus sueños.

Por supuesto, el barco que eligió no era un barco cualquiera. Éste podía navegar sobre las olas, pero también sobre las nubes, sobre los destellos de luna, sobre las copas de los árboles, sobre las dunas del desierto, entre la lava de los volcanes... Del palo mayor colgó la bandera de la media luna, recitó las palabras mágicas que le habían enseñado sus abuelos y zarpó.

Navegó por mares de todos los colores, preguntando a todas las criaturas si ése era el océano infinito. Todas le decían que sí, pero en cuanto Shams metía la punta de sus pies, o alargaba un dedo para tocarlo, toda el agua se evaporaba dejando al descubierto un desierto salado. Shams continuaba entonces su recorrido con gran decepción.

Cuando todo rastro de agua se terminó buscó los mares de fuego que duermen escondidos debajo de las islas o entre la tierra. Derramaban una luz y emitían un calor que verdaderamente los hacía parecer infinitos, pero en cuanto Shams soplaba sobre ellos, todo se apagaba y quedaban descubiertas sus orillas.

Se dirigió sin perder la esperanza hacia el desierto. Cada grano afirmó que su reino era infinito, pero cuando Shams gritó toda la arena salió volando en tormenta y donde estaba el desierto sólo quedó una especie de estanque vacío.

Shams miró hacia el cielo y descubrió olas de espuma sobre su cabeza. Tal vez ahí podía encontrar los que buscaba, así que Shams giró el timón y se dirigió hacia arriba. En cada cielo preguntó a los vientos si había encontrado por fin el océano infinito, y ellos, que eran experimentados viajeros lo afirmaron en cada ocasión. Pero cuando Shams se dispuso a olerlo, todo lo que había entró por su nariz y solamente quedó un hueco.

Triste y cansada de navegar Shams decidió atracar en el puerto donde descansan los marinos de los cuentos. Ató su barco, cruzó el muelle arrastrando los pies con gran tristeza y se desplomó en el primer taburete de la primera taberna.

Mientras recuperaba el aliento, un hombre se sentó junto a ella y le empezó a hablar. Al principio estaba tan harta de todo que ni siquiera lo miró, hasta que empezó a escuchar en el fondo de sus palabras un eco de olas lejanas. Cuando levantó los ojos y los fijó en el extranjero enturbantado sintió como si se precipitara por una cascada infinita, luego cayó en un mar de burbujas que le hicieron cosquillas infinitas y finalmente sintió que nadaba en un mar infinito.

Al contacto con su cuerpo el agua había adquirido un intenso color de miel, brillaba más que los mares de fuego, era más suave que todas las nubes del cielo y más tibio que duna más tibia del desierto. Shams nadó y nadó y el agua no fue a ninguna parte. Sopló y con su aliento alimentó las luz que brotaba de la superficie. Gritó con todas sus fuerzas y a su alrededor se hicieron ondas que sonaban como una antigua y dulce canción. Respiró hasta llenar sus pulmones y el mar los llenó de perfume.

Cuando volvió a mirar al hombre (no se podría decir si era casi un niño o si más bien parecía un viejo marino, pero en todo caso era muy guapo), Shams se dio cuenta que por fin había encontrado el océano infinito. Tomó su mano, subió a su barco y navegó océano adentro hasta el final del tiempo.

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