(Reseña ficcionada, ¿ese género existe?)
“Lloraba en Paseo de la Reforma y tuve la certeza de que estaba harto de partir, de siempre ser recuerdo, de dejar atrás a las personas que amo.” dice el protagonista de Luis Felipe Lomelí en Ella sigue de viaje (Tusquets, México 2005), un recorrido de norte a sur del continente americano donde todos parecen forzados a dejar atrás lo que aman.
Yo también, dijo una voz dentro de mí cuando terminé de leer el párrafo. Yo también estoy harta de dejar atrás lo que amo, de que mi familia sea una voz en el teléfono, de que los olores, los sabores de mi vida sean un mero recuerdo, de poder sentir la textura del aire sólo con la memoria, de no poder acariciar mi acento y mis palabras, de tenerlas encerradas dentro.
Vivo en un país de 3 millones de inmigrantes. Me sentía feliz dentro del gueto latino: Cuba, México, Colombia son identidades plenamente ejercidas en la distancia. Ahora que estoy integrada en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, puede conmigo la nostalgia.
Una noche antes de irse a la cama, Jorgito el hijo menor de mi mejor amiga le preguntó: “Mamá ¿Mariana existe?” Existo, pero vivir aquí es como vivir en un sueño, como ser una amiga imaginaria, una hermana, una hija imaginaria.
Yo también estoy harta de dejar a los que amo.
Cambio el cuaderno de notas y la libreta con dibujitos por la página electrónica. Experiencia, experimento, experimiento. La libreta de mis sueños la seguiré guardando en mi cajón, pero aquí trazaré (trataré) la crónica de mis ensueños.
Tuesday, March 29, 2005
Monday, March 21, 2005
Aurora
En un libro maravilloso, una pequeña joya, Marguerite Yourcenar ha cifrado 33 nombres de Dios en pequeñísimos poemas cargados de fuerza. Hoy, mi abuela cumple 93, número mágico por excelencia, así que al estilo de la Yourcenar, quiero rendirle un pequeño homenaje:
Habiba
Mujer amada
Hermosa
En tu cara
toda la luz
de las estrellas
Bendición de los cielos
Las alas asoman
entre tu vestido de rosas
Abuelita boreal
Tú
al alba
Manos suaves
¿Se verán las mías
como las tuyas
cuando acaricie a mis nietos?
Flor del desierto
Entre las pitayas
se abrió tu belleza
Oasis
Entre el asfalto salvaje
te alzas como un palacio
Nogalera
A tu sombra, abuelita,
a tu vera
Fuente de mi sangre
Tu sonrisa corre por venas
Soplo de vida
Cada vez, seis veces
Dios sopló sobre tu vientre
Corazón de azúcar
Vestido en papel de cera
moreno de fuego
amasado entre tus dedos
Corazón de higo
A fuerza de sentarte
a la sombra de la higuera
Corazón de nuez
Fruto guarecido
entre la madera
Higuera de mis tesoros
Bajo tus ramas siembro mis sueños
Princesa amanecer
En tu jardín
todas las flores despiertan
Raíz infinita
Vamos de tu nombre
hasta el principio del tiempo
Reina de los caminos de arena
Tus risas de niña
dejaron huella
Señora cabellos de nube
Cuando apareces
el cielo se acerca
Abuelita transhumante
De un lugar a otro
de la frontera
Casa viajera
Aquí en mi corazón
allá en mi tierra
Paloma
de los secretos,
mensajera
Corazón permanente
Tu amor no duda
nunca se mueve
Añoranza
Vuelve siempre a mí
el olor de tu casa
Manos de larga magia
Como las de mi padre
y mi hermana
Voz en la tormenta
Sabes ser el trueno
cuando hace falta
Dadora de vida
Fiat –dijiste-
y se abrieron las rosas
Fundadora
En ti comienza nuestra historia
Brillo entre la noche
Blanca luna
de mis amores
Inspiración
Tu voz
en el fondo el alma
Libro abierto
Entre tus venas
la clave de los cielos
Camino de azúcar hasta Dios
Sube hasta la Fuente
tu amor de caramelo
Alita de ángel
Buena y suave
caricia de pan tierno
Primera luz
Aurora
Habiba
Mujer amada
Hermosa
En tu cara
toda la luz
de las estrellas
Bendición de los cielos
Las alas asoman
entre tu vestido de rosas
Abuelita boreal
Tú
al alba
Manos suaves
¿Se verán las mías
como las tuyas
cuando acaricie a mis nietos?
Flor del desierto
Entre las pitayas
se abrió tu belleza
Oasis
Entre el asfalto salvaje
te alzas como un palacio
Nogalera
A tu sombra, abuelita,
a tu vera
Fuente de mi sangre
Tu sonrisa corre por venas
Soplo de vida
Cada vez, seis veces
Dios sopló sobre tu vientre
Corazón de azúcar
Vestido en papel de cera
moreno de fuego
amasado entre tus dedos
Corazón de higo
A fuerza de sentarte
a la sombra de la higuera
Corazón de nuez
Fruto guarecido
entre la madera
Higuera de mis tesoros
Bajo tus ramas siembro mis sueños
Princesa amanecer
En tu jardín
todas las flores despiertan
Raíz infinita
Vamos de tu nombre
hasta el principio del tiempo
Reina de los caminos de arena
Tus risas de niña
dejaron huella
Señora cabellos de nube
Cuando apareces
el cielo se acerca
Abuelita transhumante
De un lugar a otro
de la frontera
Casa viajera
Aquí en mi corazón
allá en mi tierra
Paloma
de los secretos,
mensajera
Corazón permanente
Tu amor no duda
nunca se mueve
Añoranza
Vuelve siempre a mí
el olor de tu casa
Manos de larga magia
Como las de mi padre
y mi hermana
Voz en la tormenta
Sabes ser el trueno
cuando hace falta
Dadora de vida
Fiat –dijiste-
y se abrieron las rosas
Fundadora
En ti comienza nuestra historia
Brillo entre la noche
Blanca luna
de mis amores
Inspiración
Tu voz
en el fondo el alma
Libro abierto
Entre tus venas
la clave de los cielos
Camino de azúcar hasta Dios
Sube hasta la Fuente
tu amor de caramelo
Alita de ángel
Buena y suave
caricia de pan tierno
Primera luz
Aurora
Friday, March 18, 2005
En Lisboa
A Luz
Por el pasillo que bordea el enorme jardín me topé inesperadamente con la tumba de Pessoa. El sol caía en todo su esplendor sobre el monasterio de los Jerónimos. Desde la planta alta las gárgolas y los garigoles de la época permanecían expectantes como estatuas de sal, como si en el último instante, ya puestos en movimiento, se hubieran vuelto a mirar atrás. El claustro, abierto al cielo limpio del verano, aparecía inundado de turistas con sus cámaras, sus pantalones cortos y sus conversaciones multilingües.
Pero en ese momento todo cesó. Se hizo el silencio más hondo y yo de piedra ante el pequeño obelisco. En cada una de sus caras, una de sus caras: Reis, de Campos, Caeiro. Alcancé el muro enano que delimita el pasillo del claustro y de donde nacen las columnas que se doblan en arco bajo el peso del corredor de arriba. Sabía ¿cómo no? que Pessoa estaba muerto. Pero siempre lo había sentido vivo entre las páginas de sus libros. Sus latidos en Alcínoo, sus paseos por Lisboa no eran los pasos, los latidos de un muerto. Yo lo ví fumar con la boca de de Campos, me senté con Reis y con Lidia a la orilla del río, con los ojos de Caeiro descubrí a Dios durmiendo.
En un mismo segundo lo encontré y lo perdí de nuevo. Nos topamos de frente, pero él ya se había ido. Yo me quedé con el desasosiego.
Por el pasillo que bordea el enorme jardín me topé inesperadamente con la tumba de Pessoa. El sol caía en todo su esplendor sobre el monasterio de los Jerónimos. Desde la planta alta las gárgolas y los garigoles de la época permanecían expectantes como estatuas de sal, como si en el último instante, ya puestos en movimiento, se hubieran vuelto a mirar atrás. El claustro, abierto al cielo limpio del verano, aparecía inundado de turistas con sus cámaras, sus pantalones cortos y sus conversaciones multilingües.
Pero en ese momento todo cesó. Se hizo el silencio más hondo y yo de piedra ante el pequeño obelisco. En cada una de sus caras, una de sus caras: Reis, de Campos, Caeiro. Alcancé el muro enano que delimita el pasillo del claustro y de donde nacen las columnas que se doblan en arco bajo el peso del corredor de arriba. Sabía ¿cómo no? que Pessoa estaba muerto. Pero siempre lo había sentido vivo entre las páginas de sus libros. Sus latidos en Alcínoo, sus paseos por Lisboa no eran los pasos, los latidos de un muerto. Yo lo ví fumar con la boca de de Campos, me senté con Reis y con Lidia a la orilla del río, con los ojos de Caeiro descubrí a Dios durmiendo.
En un mismo segundo lo encontré y lo perdí de nuevo. Nos topamos de frente, pero él ya se había ido. Yo me quedé con el desasosiego.
Wednesday, March 16, 2005
El agua caliente
Hace una semana que no tengo agua caliente. Eso me hace recordar los lejanos y saludables días en que me bañaba con hielos como terapia para el cuerpo y para el corazón. Digan lo que digan una cosa es cierta: da tanto frío que no queda lugar para la tristeza. Así sobreviví a mi primera catástrofe amorosa.
Hoy, sin embargo, he cambiado de estrategia. Estoy convencida de que el mejor remedio para la tristeza es llorar y llorar, como dice la canción, hasta sacarlo todo y luego parar. Porque claro, cuando se trata de ser Madame Bovary casi cualquier pretexto es bueno para hacer el lagrimeo infinito. Y después a otra cosa mariposa: bailar salsa, hacer tai-chi, unirse a un grupo de meditación, crear un blog.
Estos días caliento grandes cantidades de agua en la olla de cuscús, la deposito en la cubeta y la llevo resignadamente hasta el baño donde me baño con una jarrita. Pero eso sí, cuando vuelva a funcionar la caldera, abriré toda la llave del agua caliente y bajo la ducha me sentiré muy muy feliz de que los días del baño con hielos se hayan ido para siempre.
Hoy, sin embargo, he cambiado de estrategia. Estoy convencida de que el mejor remedio para la tristeza es llorar y llorar, como dice la canción, hasta sacarlo todo y luego parar. Porque claro, cuando se trata de ser Madame Bovary casi cualquier pretexto es bueno para hacer el lagrimeo infinito. Y después a otra cosa mariposa: bailar salsa, hacer tai-chi, unirse a un grupo de meditación, crear un blog.
Estos días caliento grandes cantidades de agua en la olla de cuscús, la deposito en la cubeta y la llevo resignadamente hasta el baño donde me baño con una jarrita. Pero eso sí, cuando vuelva a funcionar la caldera, abriré toda la llave del agua caliente y bajo la ducha me sentiré muy muy feliz de que los días del baño con hielos se hayan ido para siempre.
Monday, March 14, 2005
Friday, March 11, 2005
Divagaciones sobre el 11-M
La más vívida experiencia de los atentados del 11 de marzo de 2004 son las ganas de llorar. Primero de miedo, hace un año, porque subirse al tren o al metro nunca volvería a ser lo mismo. Luego de dolor, por tantas vidas perdidas, por tantas heridas abiertas, por las personas que se encontraban en esos trenes, por los españoles, por los inmigrantes: africanos, latinoamericanos, europeos del este, que vinieron a España soñando una vida mejor y se toparon con esto. Y finalmente de indignación porque un puñado de locos sea capaz de hacernos sufrir este horror, pero además que lo haga en nombre de Dios.
Quien conozca un poco el Islam sabrá que un verdadero musulmán no puede ser terrorista. Y quien conozca un poco el mundo en el que vivimos sabrá también que sobran intereses de orden no-religioso para manipular a la gente y que sobra violencia en nuestro “orden mundial” para engendrar este tipo de locuras.
La espiral continúa donde se manipula, una vez más (otra vuelta de tuerca), para erigir villanos abominables y tapar el sol con un dedo. En este caso: árabes, musulmanes, inmigrantes, pobres. Es decir, los “otros”, los incómodos al Poder.
Si el “moro” nunca ha sido especialmente bienvenido en estas tierras (y como muestra simplemente la negación de su pasado andalusí), a partir de los atentados ser árabe es prácticamente ser el enemigo. Alquilar un piso, conseguir un trabajo, hacer trámites, incluso circular libremente se ha vuelto un asunto complicado para muchos. Los primeros días después del 11 de marzo las mujeres marroquíes eran agredidas por la calle o en los andenes de tren y de metro. Pero la comunidad marroquí también tuvo que llorar a sus muertos.
A la fecha hay veintidós detenidos por su participación en los atentados. Cinco de ellos son españoles, pero cuando en las noticias ubican la procedencia de los terroristas en el mapa, España no aparece.
Hoy volví a llorar, pero no me atreví a ir a los 5 minutos de silencio en la estación de tren de Azuqueca y si hubiera tenido que tomar el tren me hubiera resultado enormemente duro. Uno hace su vida, vuelve a tomar el tren, hace lo que tiene que hacer, se encomienda a sus ángeles de la guarda, se empeña en pensar que cuando le toca le toca. Pero sí nos pasó, a quienes vivimos en España y fue terrible y duele recordarlo.
Dicen los sabios sufis que el mejor camino hacia la paz es conquistar la paz interior. Y dice mi brujo de cabecera (singular chamán norteño) que cuando uno encuentra la armonía interior, lo exterior se armoniza. Parece una verdad universal que sólo la luz disuelve la sombra. Así que a trabajar y a disfrutar que el mundo se va a acabar.
Los interesados en sabiduría sufi pueden consultar: www.naqshbandi.org y www.naqshbandi.org.es
Quien conozca un poco el Islam sabrá que un verdadero musulmán no puede ser terrorista. Y quien conozca un poco el mundo en el que vivimos sabrá también que sobran intereses de orden no-religioso para manipular a la gente y que sobra violencia en nuestro “orden mundial” para engendrar este tipo de locuras.
La espiral continúa donde se manipula, una vez más (otra vuelta de tuerca), para erigir villanos abominables y tapar el sol con un dedo. En este caso: árabes, musulmanes, inmigrantes, pobres. Es decir, los “otros”, los incómodos al Poder.
Si el “moro” nunca ha sido especialmente bienvenido en estas tierras (y como muestra simplemente la negación de su pasado andalusí), a partir de los atentados ser árabe es prácticamente ser el enemigo. Alquilar un piso, conseguir un trabajo, hacer trámites, incluso circular libremente se ha vuelto un asunto complicado para muchos. Los primeros días después del 11 de marzo las mujeres marroquíes eran agredidas por la calle o en los andenes de tren y de metro. Pero la comunidad marroquí también tuvo que llorar a sus muertos.
A la fecha hay veintidós detenidos por su participación en los atentados. Cinco de ellos son españoles, pero cuando en las noticias ubican la procedencia de los terroristas en el mapa, España no aparece.
Hoy volví a llorar, pero no me atreví a ir a los 5 minutos de silencio en la estación de tren de Azuqueca y si hubiera tenido que tomar el tren me hubiera resultado enormemente duro. Uno hace su vida, vuelve a tomar el tren, hace lo que tiene que hacer, se encomienda a sus ángeles de la guarda, se empeña en pensar que cuando le toca le toca. Pero sí nos pasó, a quienes vivimos en España y fue terrible y duele recordarlo.
Dicen los sabios sufis que el mejor camino hacia la paz es conquistar la paz interior. Y dice mi brujo de cabecera (singular chamán norteño) que cuando uno encuentra la armonía interior, lo exterior se armoniza. Parece una verdad universal que sólo la luz disuelve la sombra. Así que a trabajar y a disfrutar que el mundo se va a acabar.
Los interesados en sabiduría sufi pueden consultar: www.naqshbandi.org y www.naqshbandi.org.es
Tuesday, March 08, 2005
Amores anfibios
Hay amores que las circunstancias hacen anfibios, viven entre la tierra y el mar, respiran agua y aire, nadan y caminan para hacer juntos un solo camino. Sus sueños surcan las olas, se zambullen sin miedo a los tiburones, cruzan de ida y vuelta las aguas.
Tengo unos amigos muy valientes que han decidido quererse más allá de los tópicos, de los trámites, de las fronteras, de los mares. Pensando en ellos rescato este poema del cajón y lo arrojo con alegría como una botella al mar.
Transoceánico
Si los lazos que nos unen
pudieran verse
el mar luciría cobijado
por una red interminable.
De costa a costa los barcos
se descubrirían envueltos
en una niebla deshilachada
en una nube de hebras
finas y brillantes
de sal y agua,
se revolverían inquietos
como los atunes
y sus cascos brillantes
a la luz del sol
se llenarían de escamas.
En las islas
los monos saltarían entre palmeras
colgados de nuestros lazos,
los puertos se llenarían
como los días de feria
de papeles de colores
dispuestos en tiras.
Las mujeres de la costa
nos agradecerían
y pondrían a secar su ropa
en nuestros alambres.
Para volver a casa los pescadores
impulsarían sus barcas
siguiendo la guía de hilos con sus manos.
Y entre sueños
sentiría con tu aliento
una brisa de peces voladores
la respiración pluvial de las ballenas.
Tengo unos amigos muy valientes que han decidido quererse más allá de los tópicos, de los trámites, de las fronteras, de los mares. Pensando en ellos rescato este poema del cajón y lo arrojo con alegría como una botella al mar.
Transoceánico
Si los lazos que nos unen
pudieran verse
el mar luciría cobijado
por una red interminable.
De costa a costa los barcos
se descubrirían envueltos
en una niebla deshilachada
en una nube de hebras
finas y brillantes
de sal y agua,
se revolverían inquietos
como los atunes
y sus cascos brillantes
a la luz del sol
se llenarían de escamas.
En las islas
los monos saltarían entre palmeras
colgados de nuestros lazos,
los puertos se llenarían
como los días de feria
de papeles de colores
dispuestos en tiras.
Las mujeres de la costa
nos agradecerían
y pondrían a secar su ropa
en nuestros alambres.
Para volver a casa los pescadores
impulsarían sus barcas
siguiendo la guía de hilos con sus manos.
Y entre sueños
sentiría con tu aliento
una brisa de peces voladores
la respiración pluvial de las ballenas.
Thursday, February 24, 2005
Aventuritas en Madrid presenta: un típico bar español
Para Mago Cuéllar, para Óscar y para las señoritas de la mesa dos
Margarito Cuéllar vino a Madrid. Y ver a los amigos fuera de casa da una alegría muy especial. Así que en la primera oportunidad corrimos a verlo. Quedamos en la Plaza de las Ventas, la segunda plaza de toros más importante de España, un edificio imponente de estilo morisco, y nos propusimos llevarlo a un bar típico español para que disfrutara de un buen vinito y unas deliciosas tapas que, sobra decirlo, son la tradición.
Las tapas son el equivalente de nuestra botana. Y les dice así porque tradicionalemente se trataba de una rodaja de pan, untada de algo, que se ponía sobre los tarros de cerveza o los vasos de vino para que no les entraran las moscas.
En los bares a la antigüita todavía te la dan gratis en la compra de una bebida, cualquiera que esta sea. Y puede tratarse de un pinchito de la famosa tortilla de patata, o de unas aceitunitas, o de unos trocitos de chorizo, o un panecito con anchoas y tomate..Claro que también está el buffete clásico de “raciones”, donde ya se da el salto de un bocado a un platito y generalmente una canastita de pan. La variedad se amplía e incorpora, carne, mariscos, ensaladitas de todo tipo, cosas calientes, cosas frías, cosas fritas.
El extremo ya son los pinchos vascos, que han desarrollado toda una escuela gastronómica. Entrar a una taberna vasca es un horror, porque toda la barra, de principio a fin, está repleta de las más deliciosas combinaciones de cosas suculentas, de todos colores, sabores, temperaturas, texturas.
Pero esta vez nos conformamos con un bar típico cualquiera, así que bajando por la calle de Alcalá (y aquí mi papá canturrea la canción de Agustín Lara que por cierto tiene una estatua en el barrio de Lavapiés “cuando vayas a Madrid, chulooooona” ) encontramos el bar La Alambra. Nos pareció suficientemente típico así que entramos. La decoración era muy andaluza, con mosaicos, azulejos y hasta balconcitos con flores colgando del segundo piso. Solamente desentonaba la música.
Cuando entramos, Eddi Santiago cantaba sugerente mente mi canción favorita: Solo tú. El chico que nos atendió no ladró, al mejor estilo madrileño, sino que saludó con mucha amabilidad y nos sirvió nuestros tragos. Sospechoso, pero no tanto, en un lugar donde ser camarero es uno de los mejores trabajos a los que un extranjero "no comunitario" puede aspirar, no importa qué tan calificado esté. Luego vino el experto en salsa, sudaca a todas luces y cuando se nos ocurrió preguntar si tenían cocina, caímos en la cuenta de que el Bar la Alambra era un bar sudaca, venezolano, nada menos.
Así que acabamos comiendo yuca frita, quesito y patacón pisao. Mmmmmmmmm, ¡sabor de hogar! El colmo fue cuando por la puerta entró un arpa más grande que el hombre que la portaba al hombro. Luego siguieron guitarra y voz y se armó la fiesta llanera, viva la música venezolana.
Así que, de flamenco y palmas, no mucho. Pero visto de otra manera, el bar sí nos ofreció una experiencia típica de la ciudad, abarrotada de inmigrantes de los cinco continentes. Madrid es un poco así, aquí y allá uno se encuentra con nosotros, con quienes hemos salido de nuestros países y nos hemos instalado aquí de manera permanente o transitoria. Mezclados con los nativos nos hemos vuelto parte de la fauna española y es así como junto a las castañas asadas, una ecuatoriana vende elotes frente a la estación de Atocha; junto al bar Iberia en la glorieta de San Bernardo se encuentra un expendio de productos latinoamericanos, a unos poco metros del Barrio de San Juan Bautista se alza la mezquita más grande de España rodeada de tiendas árabes y en el centro de Lavapies se pueden encontrar completísimos supermercados chinos.
Eso es Madrid y eso son en mayor o menor medida las grandes ciudades europeas. Algunos españoles se quejan, pero como dijo no sé quién, nosotros solamente les estamos devolviendo la visita.
¡Salud!
Margarito Cuéllar vino a Madrid. Y ver a los amigos fuera de casa da una alegría muy especial. Así que en la primera oportunidad corrimos a verlo. Quedamos en la Plaza de las Ventas, la segunda plaza de toros más importante de España, un edificio imponente de estilo morisco, y nos propusimos llevarlo a un bar típico español para que disfrutara de un buen vinito y unas deliciosas tapas que, sobra decirlo, son la tradición.
Las tapas son el equivalente de nuestra botana. Y les dice así porque tradicionalemente se trataba de una rodaja de pan, untada de algo, que se ponía sobre los tarros de cerveza o los vasos de vino para que no les entraran las moscas.
En los bares a la antigüita todavía te la dan gratis en la compra de una bebida, cualquiera que esta sea. Y puede tratarse de un pinchito de la famosa tortilla de patata, o de unas aceitunitas, o de unos trocitos de chorizo, o un panecito con anchoas y tomate..Claro que también está el buffete clásico de “raciones”, donde ya se da el salto de un bocado a un platito y generalmente una canastita de pan. La variedad se amplía e incorpora, carne, mariscos, ensaladitas de todo tipo, cosas calientes, cosas frías, cosas fritas.
El extremo ya son los pinchos vascos, que han desarrollado toda una escuela gastronómica. Entrar a una taberna vasca es un horror, porque toda la barra, de principio a fin, está repleta de las más deliciosas combinaciones de cosas suculentas, de todos colores, sabores, temperaturas, texturas.
Pero esta vez nos conformamos con un bar típico cualquiera, así que bajando por la calle de Alcalá (y aquí mi papá canturrea la canción de Agustín Lara que por cierto tiene una estatua en el barrio de Lavapiés “cuando vayas a Madrid, chulooooona” ) encontramos el bar La Alambra. Nos pareció suficientemente típico así que entramos. La decoración era muy andaluza, con mosaicos, azulejos y hasta balconcitos con flores colgando del segundo piso. Solamente desentonaba la música.
Cuando entramos, Eddi Santiago cantaba sugerente mente mi canción favorita: Solo tú. El chico que nos atendió no ladró, al mejor estilo madrileño, sino que saludó con mucha amabilidad y nos sirvió nuestros tragos. Sospechoso, pero no tanto, en un lugar donde ser camarero es uno de los mejores trabajos a los que un extranjero "no comunitario" puede aspirar, no importa qué tan calificado esté. Luego vino el experto en salsa, sudaca a todas luces y cuando se nos ocurrió preguntar si tenían cocina, caímos en la cuenta de que el Bar la Alambra era un bar sudaca, venezolano, nada menos.
Así que acabamos comiendo yuca frita, quesito y patacón pisao. Mmmmmmmmm, ¡sabor de hogar! El colmo fue cuando por la puerta entró un arpa más grande que el hombre que la portaba al hombro. Luego siguieron guitarra y voz y se armó la fiesta llanera, viva la música venezolana.
Así que, de flamenco y palmas, no mucho. Pero visto de otra manera, el bar sí nos ofreció una experiencia típica de la ciudad, abarrotada de inmigrantes de los cinco continentes. Madrid es un poco así, aquí y allá uno se encuentra con nosotros, con quienes hemos salido de nuestros países y nos hemos instalado aquí de manera permanente o transitoria. Mezclados con los nativos nos hemos vuelto parte de la fauna española y es así como junto a las castañas asadas, una ecuatoriana vende elotes frente a la estación de Atocha; junto al bar Iberia en la glorieta de San Bernardo se encuentra un expendio de productos latinoamericanos, a unos poco metros del Barrio de San Juan Bautista se alza la mezquita más grande de España rodeada de tiendas árabes y en el centro de Lavapies se pueden encontrar completísimos supermercados chinos.
Eso es Madrid y eso son en mayor o menor medida las grandes ciudades europeas. Algunos españoles se quejan, pero como dijo no sé quién, nosotros solamente les estamos devolviendo la visita.
¡Salud!
Tuesday, February 15, 2005
La princesa bailarina y el guardián de la música
Salua era una hermosa bailarina de cabellos de oro. Cada día se ponía sobre sus piernas como una pequeña garza y se movía suavemente como si flotara. Todo lo que estuviera a su alrededor se transformaba mientras ella bailaba. Del suelo empezaba a brotar la hierba, nacían flores de las cortinas, crecían pájaros en la lámpara del techo, los sillones echaban ramas y hojas y luego frutos que llenaban con su perfume el salón. De las puertas de los armarios brotaban corrientes agua cristalina que muy pronto se llenaban de peces de colores nadando río abajo. El baile de Salua generaba una brisa ligera que lo mecía todo armónicamente. Lo único que faltaba era la música.
Salua iba de aquí para allá abriendo jardines secretos con su baile guiada por la Dama de la Danza y la verdad es que era bastante feliz. Pero un día sucedió algo inesperado.
La Dama de la Danza había prometido al Rey del Otro Lado del Mar que Salua bailaría para él. Sin embargo antes de salir de casa con el equipaje en mano, sonó el teléfono, y sonó de un modo poco común, así que Salua dejó su maleta en el suelo y corrió a contestar. Del otro lado sólo se escuchaba música. La música más bella que se pueda imaginar. Con el auricular en la mano, Salua vio cómo la música se extendía por el salón, alcanzaba la puerta y seguía avanzando allá afuera. Cogió rápidamente su capa y una cajita de dulces de oriente que guardaba con el mayor celo y salió a perseguir la música que se le escapaba. No hace falta decir que el Rey del Otro Lado del Mar se quedó sin su jardín secreto y que la Dama de la Danza se enojó tanto tanto que explotó haciendo ¡puff! y desapareció para siempre.
Siempre siguiendo, Salua llegó al lugar donde la música se detenía. Describiendo figuras caprichosas, letras de palabras desconocidas, dando saltos y marometas como una acróbata experimentada, la música avanzó por encima de la multitud, se sentó en un gorro verde y puntiagudo que se veía a lo lejos, y sólo entonces calló.
Salua empezó sin darse cuenta a dar pasitos impacientes, preguntándose cómo haría para llegar hasta ahí. En ese momento, un caminito de luz se abrió entre la gente y Salua se coló como una ráfaga de viento hasta la muralla de hombres que protegía al del gorro. Una vez ahí, con un ligerísimo movimiento de manos, brotó una puerta entre túnica y túnica que Salua aprovechó para precipitarse hacia el mismo centro del círculo.
Cuando el Guardián de la Música vio que nuestra bailarina corría a refugiarse en él, extendió su capa como un muro de noche sobre ella y todos los demás se quedaron fuera. En ese momento la música creció y creció. Era en un mismo canto el sonido de todos los amaneceres, el latido de las estrellas, el murmullo de los frutos mientras crecen y el aletear de las flores mientras se abren, las notas de todas las alas de todos los pájaros, la respiración del mar, el suspiro de la nieve, la risa de la tierra, el rugido del agua, el silbido del viento, el grito del fuego, la rotación de los planetas, el movimiento del universo.
¿Qué deseas? preguntó el Guardián con una sonrisa. Darte esto, y Salua le ofreció su pequeño tesoro de oriente. Los dulces eran su debilidad así que los aceptó encantado y la invitó a quedarse.
Salua pasó la tarde más deliciosa de su vida y cuando la noche llegó y tuvo que irse le dio mucha pena despedirse del Guardián, pero sin darse cuenta se fue envuelta en la música en lugar de la capa.
Muchas noches, muchas danzas y muchos jardines mágicos después, Salua tuvo un sueño: en él veía cómo la música trazaba un camino que llevaba una castillo entre palmeras. Ahí la esperaba el Guardián.
Nuevamente se puso en camino. Cuando llegó el Guardián estaba esperándola en la puerta. ¿Tienes algo para mí? le preguntó directamente, y entonces Salua se dio cuenta de que tenía entre las manos un corazón de miel. El Guardián lo recibió muy contento, hurgó a continuación entre su nocturna capa y extrajo de ella una cajita de música, tallada y adornada como una verdadera joya. Ten Salua, le dijo, éste es tu corazón.
Desde entonces, por donde quiera que pase Salua se alza la voz del Guardián y el hechizo de la música del universo. Y no sólo se abren jardines, sino bosques enteros, palacios y ciudades que se quedan danzando para siempre en los corazones de quienes las visitan.
Salua iba de aquí para allá abriendo jardines secretos con su baile guiada por la Dama de la Danza y la verdad es que era bastante feliz. Pero un día sucedió algo inesperado.
La Dama de la Danza había prometido al Rey del Otro Lado del Mar que Salua bailaría para él. Sin embargo antes de salir de casa con el equipaje en mano, sonó el teléfono, y sonó de un modo poco común, así que Salua dejó su maleta en el suelo y corrió a contestar. Del otro lado sólo se escuchaba música. La música más bella que se pueda imaginar. Con el auricular en la mano, Salua vio cómo la música se extendía por el salón, alcanzaba la puerta y seguía avanzando allá afuera. Cogió rápidamente su capa y una cajita de dulces de oriente que guardaba con el mayor celo y salió a perseguir la música que se le escapaba. No hace falta decir que el Rey del Otro Lado del Mar se quedó sin su jardín secreto y que la Dama de la Danza se enojó tanto tanto que explotó haciendo ¡puff! y desapareció para siempre.
Siempre siguiendo, Salua llegó al lugar donde la música se detenía. Describiendo figuras caprichosas, letras de palabras desconocidas, dando saltos y marometas como una acróbata experimentada, la música avanzó por encima de la multitud, se sentó en un gorro verde y puntiagudo que se veía a lo lejos, y sólo entonces calló.
Salua empezó sin darse cuenta a dar pasitos impacientes, preguntándose cómo haría para llegar hasta ahí. En ese momento, un caminito de luz se abrió entre la gente y Salua se coló como una ráfaga de viento hasta la muralla de hombres que protegía al del gorro. Una vez ahí, con un ligerísimo movimiento de manos, brotó una puerta entre túnica y túnica que Salua aprovechó para precipitarse hacia el mismo centro del círculo.
Cuando el Guardián de la Música vio que nuestra bailarina corría a refugiarse en él, extendió su capa como un muro de noche sobre ella y todos los demás se quedaron fuera. En ese momento la música creció y creció. Era en un mismo canto el sonido de todos los amaneceres, el latido de las estrellas, el murmullo de los frutos mientras crecen y el aletear de las flores mientras se abren, las notas de todas las alas de todos los pájaros, la respiración del mar, el suspiro de la nieve, la risa de la tierra, el rugido del agua, el silbido del viento, el grito del fuego, la rotación de los planetas, el movimiento del universo.
¿Qué deseas? preguntó el Guardián con una sonrisa. Darte esto, y Salua le ofreció su pequeño tesoro de oriente. Los dulces eran su debilidad así que los aceptó encantado y la invitó a quedarse.
Salua pasó la tarde más deliciosa de su vida y cuando la noche llegó y tuvo que irse le dio mucha pena despedirse del Guardián, pero sin darse cuenta se fue envuelta en la música en lugar de la capa.
Muchas noches, muchas danzas y muchos jardines mágicos después, Salua tuvo un sueño: en él veía cómo la música trazaba un camino que llevaba una castillo entre palmeras. Ahí la esperaba el Guardián.
Nuevamente se puso en camino. Cuando llegó el Guardián estaba esperándola en la puerta. ¿Tienes algo para mí? le preguntó directamente, y entonces Salua se dio cuenta de que tenía entre las manos un corazón de miel. El Guardián lo recibió muy contento, hurgó a continuación entre su nocturna capa y extrajo de ella una cajita de música, tallada y adornada como una verdadera joya. Ten Salua, le dijo, éste es tu corazón.
Desde entonces, por donde quiera que pase Salua se alza la voz del Guardián y el hechizo de la música del universo. Y no sólo se abren jardines, sino bosques enteros, palacios y ciudades que se quedan danzando para siempre en los corazones de quienes las visitan.
Shams y el océano infinito
Cuando Shams era pequeñita, vio en un sueño el océano infinito, y nunca lo pudo olvidar. Desde aquel momento, desobedeciendo las órdenes de su padre el rey, se montó en un barco y se dispuso encontrar el océano que había visto en sus sueños.
Por supuesto, el barco que eligió no era un barco cualquiera. Éste podía navegar sobre las olas, pero también sobre las nubes, sobre los destellos de luna, sobre las copas de los árboles, sobre las dunas del desierto, entre la lava de los volcanes... Del palo mayor colgó la bandera de la media luna, recitó las palabras mágicas que le habían enseñado sus abuelos y zarpó.
Navegó por mares de todos los colores, preguntando a todas las criaturas si ése era el océano infinito. Todas le decían que sí, pero en cuanto Shams metía la punta de sus pies, o alargaba un dedo para tocarlo, toda el agua se evaporaba dejando al descubierto un desierto salado. Shams continuaba entonces su recorrido con gran decepción.
Cuando todo rastro de agua se terminó buscó los mares de fuego que duermen escondidos debajo de las islas o entre la tierra. Derramaban una luz y emitían un calor que verdaderamente los hacía parecer infinitos, pero en cuanto Shams soplaba sobre ellos, todo se apagaba y quedaban descubiertas sus orillas.
Se dirigió sin perder la esperanza hacia el desierto. Cada grano afirmó que su reino era infinito, pero cuando Shams gritó toda la arena salió volando en tormenta y donde estaba el desierto sólo quedó una especie de estanque vacío.
Shams miró hacia el cielo y descubrió olas de espuma sobre su cabeza. Tal vez ahí podía encontrar los que buscaba, así que Shams giró el timón y se dirigió hacia arriba. En cada cielo preguntó a los vientos si había encontrado por fin el océano infinito, y ellos, que eran experimentados viajeros lo afirmaron en cada ocasión. Pero cuando Shams se dispuso a olerlo, todo lo que había entró por su nariz y solamente quedó un hueco.
Triste y cansada de navegar Shams decidió atracar en el puerto donde descansan los marinos de los cuentos. Ató su barco, cruzó el muelle arrastrando los pies con gran tristeza y se desplomó en el primer taburete de la primera taberna.
Mientras recuperaba el aliento, un hombre se sentó junto a ella y le empezó a hablar. Al principio estaba tan harta de todo que ni siquiera lo miró, hasta que empezó a escuchar en el fondo de sus palabras un eco de olas lejanas. Cuando levantó los ojos y los fijó en el extranjero enturbantado sintió como si se precipitara por una cascada infinita, luego cayó en un mar de burbujas que le hicieron cosquillas infinitas y finalmente sintió que nadaba en un mar infinito.
Al contacto con su cuerpo el agua había adquirido un intenso color de miel, brillaba más que los mares de fuego, era más suave que todas las nubes del cielo y más tibio que duna más tibia del desierto. Shams nadó y nadó y el agua no fue a ninguna parte. Sopló y con su aliento alimentó las luz que brotaba de la superficie. Gritó con todas sus fuerzas y a su alrededor se hicieron ondas que sonaban como una antigua y dulce canción. Respiró hasta llenar sus pulmones y el mar los llenó de perfume.
Cuando volvió a mirar al hombre (no se podría decir si era casi un niño o si más bien parecía un viejo marino, pero en todo caso era muy guapo), Shams se dio cuenta que por fin había encontrado el océano infinito. Tomó su mano, subió a su barco y navegó océano adentro hasta el final del tiempo.
Por supuesto, el barco que eligió no era un barco cualquiera. Éste podía navegar sobre las olas, pero también sobre las nubes, sobre los destellos de luna, sobre las copas de los árboles, sobre las dunas del desierto, entre la lava de los volcanes... Del palo mayor colgó la bandera de la media luna, recitó las palabras mágicas que le habían enseñado sus abuelos y zarpó.
Navegó por mares de todos los colores, preguntando a todas las criaturas si ése era el océano infinito. Todas le decían que sí, pero en cuanto Shams metía la punta de sus pies, o alargaba un dedo para tocarlo, toda el agua se evaporaba dejando al descubierto un desierto salado. Shams continuaba entonces su recorrido con gran decepción.
Cuando todo rastro de agua se terminó buscó los mares de fuego que duermen escondidos debajo de las islas o entre la tierra. Derramaban una luz y emitían un calor que verdaderamente los hacía parecer infinitos, pero en cuanto Shams soplaba sobre ellos, todo se apagaba y quedaban descubiertas sus orillas.
Se dirigió sin perder la esperanza hacia el desierto. Cada grano afirmó que su reino era infinito, pero cuando Shams gritó toda la arena salió volando en tormenta y donde estaba el desierto sólo quedó una especie de estanque vacío.
Shams miró hacia el cielo y descubrió olas de espuma sobre su cabeza. Tal vez ahí podía encontrar los que buscaba, así que Shams giró el timón y se dirigió hacia arriba. En cada cielo preguntó a los vientos si había encontrado por fin el océano infinito, y ellos, que eran experimentados viajeros lo afirmaron en cada ocasión. Pero cuando Shams se dispuso a olerlo, todo lo que había entró por su nariz y solamente quedó un hueco.
Triste y cansada de navegar Shams decidió atracar en el puerto donde descansan los marinos de los cuentos. Ató su barco, cruzó el muelle arrastrando los pies con gran tristeza y se desplomó en el primer taburete de la primera taberna.
Mientras recuperaba el aliento, un hombre se sentó junto a ella y le empezó a hablar. Al principio estaba tan harta de todo que ni siquiera lo miró, hasta que empezó a escuchar en el fondo de sus palabras un eco de olas lejanas. Cuando levantó los ojos y los fijó en el extranjero enturbantado sintió como si se precipitara por una cascada infinita, luego cayó en un mar de burbujas que le hicieron cosquillas infinitas y finalmente sintió que nadaba en un mar infinito.
Al contacto con su cuerpo el agua había adquirido un intenso color de miel, brillaba más que los mares de fuego, era más suave que todas las nubes del cielo y más tibio que duna más tibia del desierto. Shams nadó y nadó y el agua no fue a ninguna parte. Sopló y con su aliento alimentó las luz que brotaba de la superficie. Gritó con todas sus fuerzas y a su alrededor se hicieron ondas que sonaban como una antigua y dulce canción. Respiró hasta llenar sus pulmones y el mar los llenó de perfume.
Cuando volvió a mirar al hombre (no se podría decir si era casi un niño o si más bien parecía un viejo marino, pero en todo caso era muy guapo), Shams se dio cuenta que por fin había encontrado el océano infinito. Tomó su mano, subió a su barco y navegó océano adentro hasta el final del tiempo.
Monday, February 14, 2005
Medicina Natural
Por azares del destino llegó a mis manos un libro de Mawlana Shaykh Nazim sobre medicina natural. Es en pocas palabras como un recetario de abuelita. Transcribo aquí algunos de los remedios para males comunes:
ARTRITIS
Hervir pezuña de cordero con mucho agua hasta que se convierta en gelatina. Tomar algunas cucharadas por las mañanas antes de comer o beber nada más. Repetir durante 40 días.
CAIDA DEL CABELLO
Cuando laves tu pelo usa solo jabón de aceite de oliva o jabón de laurel. Después de lavado, frota el cuero cabelludo con aceite de oliva.
CASPA
Poner aceite de oliva y un poco de vinagre en el pelo y masajear con ello las raíces del pelo. Dejarlo al aire durante una hora antes de lavarlo.
COLITIS ULCEROSA (MORBUS CHRON)
1.- Tuesta, machaca y mezcla de 20 a 25 bellotas y mezclaló con un vaso de miel. Toma una cucharada cada mañana antes de comer o beber nada más.
2.- De 1/2 a 1 hora más tarde: mezcla ortigas picantes (guisadas como espinacas) con trigo, judías blancas y maíz. Añade azúcar o sal, como prefieras.
3.- Toma una gran cucharada de aceite de oliva una hora antes de la comida. No comas ninguna carne ni mantequilla durante 7 días, solo aceite vegetal, el mejor es el aceite de oliva. Es mejor comer solo cosas secas.
DIARRÉA
Tomar un cucharón de café molido muy finamente y mezclarla con zumo de limón. Una vez tragado debe ser seguido por un vaso de agua. Tras esto no beber ni comer durante varias horas.
DOLOR DE CABEZA
Existen muchas causas para los dolores de cabeza. Es importante diagnosticar porqué está doliendo la cabeza. A veces es otra enfermedad del cuerpo la que lo provoca. Si no es ése el caso, entonces es el sistema nervioso que duele en el cuello.
Hacer un masaje de la cabeza y del cuello.
Pon un pedazo de material empapado en vinagre alrededor de la cabeza.
Mezcla henna (alheña), clavo, semillas de mostaza, semilla negra y senna poods todo junto. Moler todo esto y mezclarlo con vinagre. Pon la mezcla en la cabeza y llévala durante 2 días.
Cubre tu cabeza en todo momento.
Hierve 15 judías oscuras de las grandes, bébete el agua y cómete las judías.
DOLOR DE DIENTES
Calienta vinagre con sal y haz gárgaras en el lado que duele.
y/o pon algunos ajos machacados en el agujero.
y/o chupa un clavo (especia) y ponlo en el hueco.
DOLOR DE ESTÓMAGO
Bebe té de menta ( o poléo ). Si tienes hambre, bebe el agua de arroz hervido.
y/o: tuesta semilla negra ( nigella sativa ) y después mézclala con miel. Cómelo.
y/o: toma una gran cucharada de aceite de oliva y bébetela.
y/o: mezcla 4 clavos (especia) en leche caliente y bébela con miel o con azúcar.
DOLOR DE OÍDOS
Tómense 1/4 cucharada de té de semillas negras (nigella sativa) y tuéstelas y muélalas. Añadir aceite de oliva, calentarlo y poner 7 gotas con una jeringuilla en la oreja cada mañana y noche hasta mejorar.
ESTRÍAS
Mezcla 1/3 de glicerina, 1/3 de limón y 1/3 de agua de colonia y da masaje a esas partes. También es un buen preventivo cuando se está embarazada.
GARGANTA IRRITADA / COMIENZO DE RESFRIADO
Toma algo de agua caliente, zumo de limón exprimido y haz gárgaras cada mañana, tarde y noche. Beber también esto varias veces al día añadiendo la piel del limón. Miel y algo de jengibre molido.
GASES
Beber té anisado cada mañana, tarde y noche.
MENSTRUALES
Para todas las enfermedades de los órganos femeninos usa 1/2 cucharada sopera de mantequilla y mezclalá con 1 cucharada de miel. Cómelo en ayunas y espera una hora antes de tomar nada más.
TEMBLORES DE LA EDAD AVANZADA
Derretir algo de ámbar en una cuchara y siempre que haya algo líquido, sea frío o caliente, remueva la bebida con la cucharilla de ámbar.
Continuará...
ARTRITIS
Hervir pezuña de cordero con mucho agua hasta que se convierta en gelatina. Tomar algunas cucharadas por las mañanas antes de comer o beber nada más. Repetir durante 40 días.
CAIDA DEL CABELLO
Cuando laves tu pelo usa solo jabón de aceite de oliva o jabón de laurel. Después de lavado, frota el cuero cabelludo con aceite de oliva.
CASPA
Poner aceite de oliva y un poco de vinagre en el pelo y masajear con ello las raíces del pelo. Dejarlo al aire durante una hora antes de lavarlo.
COLITIS ULCEROSA (MORBUS CHRON)
1.- Tuesta, machaca y mezcla de 20 a 25 bellotas y mezclaló con un vaso de miel. Toma una cucharada cada mañana antes de comer o beber nada más.
2.- De 1/2 a 1 hora más tarde: mezcla ortigas picantes (guisadas como espinacas) con trigo, judías blancas y maíz. Añade azúcar o sal, como prefieras.
3.- Toma una gran cucharada de aceite de oliva una hora antes de la comida. No comas ninguna carne ni mantequilla durante 7 días, solo aceite vegetal, el mejor es el aceite de oliva. Es mejor comer solo cosas secas.
DIARRÉA
Tomar un cucharón de café molido muy finamente y mezclarla con zumo de limón. Una vez tragado debe ser seguido por un vaso de agua. Tras esto no beber ni comer durante varias horas.
DOLOR DE CABEZA
Existen muchas causas para los dolores de cabeza. Es importante diagnosticar porqué está doliendo la cabeza. A veces es otra enfermedad del cuerpo la que lo provoca. Si no es ése el caso, entonces es el sistema nervioso que duele en el cuello.
Hacer un masaje de la cabeza y del cuello.
Pon un pedazo de material empapado en vinagre alrededor de la cabeza.
Mezcla henna (alheña), clavo, semillas de mostaza, semilla negra y senna poods todo junto. Moler todo esto y mezclarlo con vinagre. Pon la mezcla en la cabeza y llévala durante 2 días.
Cubre tu cabeza en todo momento.
Hierve 15 judías oscuras de las grandes, bébete el agua y cómete las judías.
DOLOR DE DIENTES
Calienta vinagre con sal y haz gárgaras en el lado que duele.
y/o pon algunos ajos machacados en el agujero.
y/o chupa un clavo (especia) y ponlo en el hueco.
DOLOR DE ESTÓMAGO
Bebe té de menta ( o poléo ). Si tienes hambre, bebe el agua de arroz hervido.
y/o: tuesta semilla negra ( nigella sativa ) y después mézclala con miel. Cómelo.
y/o: toma una gran cucharada de aceite de oliva y bébetela.
y/o: mezcla 4 clavos (especia) en leche caliente y bébela con miel o con azúcar.
DOLOR DE OÍDOS
Tómense 1/4 cucharada de té de semillas negras (nigella sativa) y tuéstelas y muélalas. Añadir aceite de oliva, calentarlo y poner 7 gotas con una jeringuilla en la oreja cada mañana y noche hasta mejorar.
ESTRÍAS
Mezcla 1/3 de glicerina, 1/3 de limón y 1/3 de agua de colonia y da masaje a esas partes. También es un buen preventivo cuando se está embarazada.
GARGANTA IRRITADA / COMIENZO DE RESFRIADO
Toma algo de agua caliente, zumo de limón exprimido y haz gárgaras cada mañana, tarde y noche. Beber también esto varias veces al día añadiendo la piel del limón. Miel y algo de jengibre molido.
GASES
Beber té anisado cada mañana, tarde y noche.
MENSTRUALES
Para todas las enfermedades de los órganos femeninos usa 1/2 cucharada sopera de mantequilla y mezclalá con 1 cucharada de miel. Cómelo en ayunas y espera una hora antes de tomar nada más.
TEMBLORES DE LA EDAD AVANZADA
Derretir algo de ámbar en una cuchara y siempre que haya algo líquido, sea frío o caliente, remueva la bebida con la cucharilla de ámbar.
Continuará...
Saturday, February 12, 2005
Pan árabe y tortillas de harina
En el Cairo aprendí a comer con tortillas, es decir, a usar la torilla como extensión de la propia mano y prescindir de cuchara y tenedor. En casa éramos tantos que los cubiertos apenas alcanzaban, lo que había de sobra era pan. Un pan finito, redondo y suave, casi como una tortilla de harina que los árabes usan con la mayor destreza para llevarse la comida a la boca, sin importar qué tan caldoso sea el guiso.
En México muchas veces vi a gente cercana cortar un trozo de tortilla, hacerlo cucharita, recoger una buena porción de comida y engullirla felizmente, pero nunca me vi con la habilidad suficiente para repetir el gesto. En cambio ahora me salió bastante bien. Tal parece que a mí me ha sido necesario (como en el cuento del rabino de Varsovia) irme de casa para descubrir lo que tengo en casa.
La comida árabe es un pecado. Una mezcla de sabores, de texturas, de temperaturas difícil de resistir. Y lo peor es que las mamás árabes son peor que las mexicanas en ese tema de “un poquito más” “aliméntate” “te hace bien” “lo preparé con mucho cariño” es decir, que con tal de hacerlo a uno tragar todo se vale. En general, la comida se sirve en grandes fuentes que se ponen en medio de la mesa (ya sea una verdadera mesa o una mesa-alfombra en medio del salón) y cada uno va atacando desde su posición. Hasta ahí todo está bien, porque eso permite disimular tanto las faltas como los excesos. El problema viene cuando a uno le dan un plato para tres personas que debe comerse él solo. Y el verdadero problema es que la comida está tan pero tan rica, que en contra de sus propias tripas, de sus propias dimensiones humanas, uno se lo termina tragando todo. y rogando a Dios que no venga la mamá en seguida a decir: ay, que bueno que te gusto, te doy más, con la cuchara repleta en la mano.
Menos mal que como remedio al cusucus de cordero, las patas de vaca, los fideos al vapor de Nwara, el arroz con pasas blancas y almendras, el cordero asado, las tripas rellenas de arroz con especias, la deliciosa shorba de mis amores (la sopa más rica del mundo sólo comparable con el pozole), los litros de sharmula y los kilos de ensalada, está el bendito msier.
El msier es una bebida ácida y picante a base de limón y chile verde con un poco de ajo y de comino, donde se ponen a marinar zanahorias y pepinos frescos. Pica de verdad, pero un buen vaso de msier después de la comida sabe a salvación.
En Egipto como en México la comida se vende por las calles, a todas horas y en todo lugar. No sólo la comida típica egipcia (ful y tamía) y la árabe, sino también aquella que para un tercio de la población mundial, a estas alturas de la globalización, representa “el sabor de hogar”. Cuando nuestros organizamos occidentales ya no podían más de comino, canela, baharat, cruwiya, les dábamos un merecido descanso de sabores exóticos con Kentuchy Freid Chiken, McDonalds, Pizza Hut, Carl’s Junior e incluso Chilis en su versión “sobre el Nilo”. Escandaloso pero cierto.
La verdad, es que también hay otros sabores no globalizados que compartimos sin saberlo, por ejemplo: un guiso con huevos, salsa de tomate y carne seca (¡mi machaca con huevo!!!!), jugo de caña de azúcar y una miel de dátil que yo juraría que en realidad es de piloncillo.
Por las calles se puede encontrar comida de todos los rincones del mundo árabe y de todos los rincones del mundo occidental. La leyenda cuenta que incluso hubo una vez en el Sheraton un buffet mexicano, y que era tan picante que nadie se lo pudo comer. Por las calles la gente vende, compra y bebe té. A la hora del receso las dependientas de las tiendas de ropa, los conductores de taxis o de carretas de caballos, los vigilantes, se apostan junto a su centro de trabajo y beben té tranquilamente. El Cairo es una ciudad desquiciada, pero su gente conserva la calma y puede que incluso conserve la felicidad.
En México muchas veces vi a gente cercana cortar un trozo de tortilla, hacerlo cucharita, recoger una buena porción de comida y engullirla felizmente, pero nunca me vi con la habilidad suficiente para repetir el gesto. En cambio ahora me salió bastante bien. Tal parece que a mí me ha sido necesario (como en el cuento del rabino de Varsovia) irme de casa para descubrir lo que tengo en casa.
La comida árabe es un pecado. Una mezcla de sabores, de texturas, de temperaturas difícil de resistir. Y lo peor es que las mamás árabes son peor que las mexicanas en ese tema de “un poquito más” “aliméntate” “te hace bien” “lo preparé con mucho cariño” es decir, que con tal de hacerlo a uno tragar todo se vale. En general, la comida se sirve en grandes fuentes que se ponen en medio de la mesa (ya sea una verdadera mesa o una mesa-alfombra en medio del salón) y cada uno va atacando desde su posición. Hasta ahí todo está bien, porque eso permite disimular tanto las faltas como los excesos. El problema viene cuando a uno le dan un plato para tres personas que debe comerse él solo. Y el verdadero problema es que la comida está tan pero tan rica, que en contra de sus propias tripas, de sus propias dimensiones humanas, uno se lo termina tragando todo. y rogando a Dios que no venga la mamá en seguida a decir: ay, que bueno que te gusto, te doy más, con la cuchara repleta en la mano.
Menos mal que como remedio al cusucus de cordero, las patas de vaca, los fideos al vapor de Nwara, el arroz con pasas blancas y almendras, el cordero asado, las tripas rellenas de arroz con especias, la deliciosa shorba de mis amores (la sopa más rica del mundo sólo comparable con el pozole), los litros de sharmula y los kilos de ensalada, está el bendito msier.
El msier es una bebida ácida y picante a base de limón y chile verde con un poco de ajo y de comino, donde se ponen a marinar zanahorias y pepinos frescos. Pica de verdad, pero un buen vaso de msier después de la comida sabe a salvación.
En Egipto como en México la comida se vende por las calles, a todas horas y en todo lugar. No sólo la comida típica egipcia (ful y tamía) y la árabe, sino también aquella que para un tercio de la población mundial, a estas alturas de la globalización, representa “el sabor de hogar”. Cuando nuestros organizamos occidentales ya no podían más de comino, canela, baharat, cruwiya, les dábamos un merecido descanso de sabores exóticos con Kentuchy Freid Chiken, McDonalds, Pizza Hut, Carl’s Junior e incluso Chilis en su versión “sobre el Nilo”. Escandaloso pero cierto.
La verdad, es que también hay otros sabores no globalizados que compartimos sin saberlo, por ejemplo: un guiso con huevos, salsa de tomate y carne seca (¡mi machaca con huevo!!!!), jugo de caña de azúcar y una miel de dátil que yo juraría que en realidad es de piloncillo.
Por las calles se puede encontrar comida de todos los rincones del mundo árabe y de todos los rincones del mundo occidental. La leyenda cuenta que incluso hubo una vez en el Sheraton un buffet mexicano, y que era tan picante que nadie se lo pudo comer. Por las calles la gente vende, compra y bebe té. A la hora del receso las dependientas de las tiendas de ropa, los conductores de taxis o de carretas de caballos, los vigilantes, se apostan junto a su centro de trabajo y beben té tranquilamente. El Cairo es una ciudad desquiciada, pero su gente conserva la calma y puede que incluso conserve la felicidad.
La belleza escondida
Para mí, la felicidad en el Cairo, además de una convivencia deliciosa con una familia absolutamente deliciosa, consistió en descubrir pequeños rincones de paz, incluso cuando se tratara de rincones de paz rodeados de gritos y empujones, por ejemplo: el gran bazar, el Khan Khalili. Un laberinto, aunque no como yo me lo imaginaba. A nivel del suelo es un mercado más. Eso sí, tiene de todo: artesanía, perfumes, especias, joyas, teterías, peleterías, ropa, zapatos, alfombras. Pero levantando un poco la vista uno descubre que el mercado está situado en una zona de antiguas mezquitas y edificios de ensueño. El Cairo es un poco así, la belleza está escondida, silenciada o silenciosa, hace falta mirar más allá de las cosas para encontrarla. Una antigua madraza en desuso, una gran mezquita del otro lado de la calle, una puerta, un arco, una media bóveda totalmente ornamentada.
Mi lugar favorito, sin duda alguna, es el makam de Saida Zainab, la hija mayor del Profeta. Se trata de una mezquita que reposa como una isla en medio del tráfico. Entrar ahí es entrar en otro mundo. Es grande y luminosa y blanca. Al contrario que algunas mezquitas que andan por el mundo, en el lugar de oración de las mujeres no se ha descuidado ni un detalle: la iluminación es suave y perfecta, la alfombra no tiene un pero, todo se siente limpio y espacioso, y lo que divide esta sección del lugar de oración de los hombres es una serie de biombos bajos de madera oscura, tallados como una celosía. Por encima puede verse la totalidad de la mezquita, con sus columnas, sus arcos, sus cúpulas. Dentro la gente duerme, come, medita, reza.
Entre la sección de hombres y la de mujeres está la tumba de Saida Zainab. No sé difinirla sino como una minúscula “capilla” donde se encuentra la tumba resguardada por puertas de plata. En lo alto: la cúpula más maravillosa que yo haya visto en mi vida.
Estar ahí es sencillamente hermoso, se siente una paz, una alegría, una armonía perfectas. Pero la verdadera belleza de este lugar tiene una especie de velo. Porque cuando uno se va de ahí el makam de Saida Zainab empieza a crecer dentro del corazón y a brillar con su verdadera luz, a desprender su verdadero perfume y su verdadera dulzura. Y cada vez que regreso por el camino de la memoria, no encuentro ya la mezquita enraizada en Egipto, sino que entro directamente a la mezquita que tengo en mi corazón y lo único que puedo decir, es que a su belleza sólo le conviene el silencio.
Mi lugar favorito, sin duda alguna, es el makam de Saida Zainab, la hija mayor del Profeta. Se trata de una mezquita que reposa como una isla en medio del tráfico. Entrar ahí es entrar en otro mundo. Es grande y luminosa y blanca. Al contrario que algunas mezquitas que andan por el mundo, en el lugar de oración de las mujeres no se ha descuidado ni un detalle: la iluminación es suave y perfecta, la alfombra no tiene un pero, todo se siente limpio y espacioso, y lo que divide esta sección del lugar de oración de los hombres es una serie de biombos bajos de madera oscura, tallados como una celosía. Por encima puede verse la totalidad de la mezquita, con sus columnas, sus arcos, sus cúpulas. Dentro la gente duerme, come, medita, reza.
Entre la sección de hombres y la de mujeres está la tumba de Saida Zainab. No sé difinirla sino como una minúscula “capilla” donde se encuentra la tumba resguardada por puertas de plata. En lo alto: la cúpula más maravillosa que yo haya visto en mi vida.
Estar ahí es sencillamente hermoso, se siente una paz, una alegría, una armonía perfectas. Pero la verdadera belleza de este lugar tiene una especie de velo. Porque cuando uno se va de ahí el makam de Saida Zainab empieza a crecer dentro del corazón y a brillar con su verdadera luz, a desprender su verdadero perfume y su verdadera dulzura. Y cada vez que regreso por el camino de la memoria, no encuentro ya la mezquita enraizada en Egipto, sino que entro directamente a la mezquita que tengo en mi corazón y lo único que puedo decir, es que a su belleza sólo le conviene el silencio.
Mucho mucho ruido
De día y de noche el Cairo hierve de ruido. Es una de estas ciudades de las que se dice que nunca duerme y a este especialmente el pulso se le puede tomar por el sonido de los claxons que no se termina.
Los coches van pitando sin razón aparente (no es que en las calles del Cairo falten motivos para pitar, pero por lo menos el 60% de los claxonazos sí se los podrían ahorrar). Yo creo que lo hacen como medida para controlar el estrés, o simplemente para hacer acto de presencia entre la marea urbana. La música sale de todas partes, la estruendosa llamada a la oración no puede dejar a nadie indiferente y siempre hay alguno que pone a todo volumen en el coche o en la tienda o en la casa una cinta o una estación de radio con recitación del Corán.
Por las noches, nuestra familia organizaba su propio ruidero. Las ollas de la cocina, las palmas y la voz eran el instrumento principal. Luego iba rodando el pañuelo de atarse en la cadera y ¡a bailar! Los más animados eran los chicos de 8 a 10 años, pero nadie despreciaba su turno al bat: sobrinos, sobrinas, tíos, tías y hasta la misma Ummi, máxima líder del clan, pasaba entusiasta al centro de la fiesta, con la cabeza cargada de canastas si era necesario. Leyla se mostró desde la primera noche como la profesional del movimiento de caderas e incluso hizo gala de sus saberes mostrándonos la diferencia entre el estilo tradicional libio y el egipcio. Pero el resto no se quedaba atrás. Hay que decir que la mexicana (o sea yo) y la malagueña (o sea Kalthomy) hicimos muy bien nuestro papel armadas del sabor latino y la rumbita flamenca.
Cada uno sorprendió con su estilo y en la locura de la fiesta a unos les dio por brincar en la cama de la única hermana dormida y a otros (Qays con su junior en los brazos) darle a la lámpara de techo.
Con el paso de los días se agregó a la orquesta una verdadera darbuka y un pequeño laúd. ¡Y eso sí fue la apoteosis!
En estas fiestas, por supuesto, no podía faltar el grito tradicional de las mujeres que no sabría transcribir, pero que suena a grito de guajolote y a mí siempre me hace pensar en las mujeres cócono de los montes norteños. Cada vez que hay un gran motivo colectivo de alegría todas las mujeres gritan al unísono.
Una de estas noches tropicales descubrimos en la tele un concierto de Amr Dieb, el hit musical del momento en el mundo árabe. Se trataba de una transmisión desde Dubai y todo el mundo (en la tele pero también en la casa) se sabía las canciones completas y las cantaba con gran emoción. Según parece éste hombre joven, guapetón y con gran feeling, es el ídolo de millones y millones de personas en el mundo árabe. Y nosotros sin saberlo.
Al día siguiente corrimos a la tienda de la esquina a comprar el disco, y de paso nos trajimos música para mover las caderas y música del recuerdo para administrarnos dosis de nostalgia.
Ahora en lugar de poner a Chayanne para barrer la casa, pongo Belly Dance y me muevo como Tongolele. ¡Arriba el norte (de África)!
Los coches van pitando sin razón aparente (no es que en las calles del Cairo falten motivos para pitar, pero por lo menos el 60% de los claxonazos sí se los podrían ahorrar). Yo creo que lo hacen como medida para controlar el estrés, o simplemente para hacer acto de presencia entre la marea urbana. La música sale de todas partes, la estruendosa llamada a la oración no puede dejar a nadie indiferente y siempre hay alguno que pone a todo volumen en el coche o en la tienda o en la casa una cinta o una estación de radio con recitación del Corán.
Por las noches, nuestra familia organizaba su propio ruidero. Las ollas de la cocina, las palmas y la voz eran el instrumento principal. Luego iba rodando el pañuelo de atarse en la cadera y ¡a bailar! Los más animados eran los chicos de 8 a 10 años, pero nadie despreciaba su turno al bat: sobrinos, sobrinas, tíos, tías y hasta la misma Ummi, máxima líder del clan, pasaba entusiasta al centro de la fiesta, con la cabeza cargada de canastas si era necesario. Leyla se mostró desde la primera noche como la profesional del movimiento de caderas e incluso hizo gala de sus saberes mostrándonos la diferencia entre el estilo tradicional libio y el egipcio. Pero el resto no se quedaba atrás. Hay que decir que la mexicana (o sea yo) y la malagueña (o sea Kalthomy) hicimos muy bien nuestro papel armadas del sabor latino y la rumbita flamenca.
Cada uno sorprendió con su estilo y en la locura de la fiesta a unos les dio por brincar en la cama de la única hermana dormida y a otros (Qays con su junior en los brazos) darle a la lámpara de techo.
Con el paso de los días se agregó a la orquesta una verdadera darbuka y un pequeño laúd. ¡Y eso sí fue la apoteosis!
En estas fiestas, por supuesto, no podía faltar el grito tradicional de las mujeres que no sabría transcribir, pero que suena a grito de guajolote y a mí siempre me hace pensar en las mujeres cócono de los montes norteños. Cada vez que hay un gran motivo colectivo de alegría todas las mujeres gritan al unísono.
Una de estas noches tropicales descubrimos en la tele un concierto de Amr Dieb, el hit musical del momento en el mundo árabe. Se trataba de una transmisión desde Dubai y todo el mundo (en la tele pero también en la casa) se sabía las canciones completas y las cantaba con gran emoción. Según parece éste hombre joven, guapetón y con gran feeling, es el ídolo de millones y millones de personas en el mundo árabe. Y nosotros sin saberlo.
Al día siguiente corrimos a la tienda de la esquina a comprar el disco, y de paso nos trajimos música para mover las caderas y música del recuerdo para administrarnos dosis de nostalgia.
Ahora en lugar de poner a Chayanne para barrer la casa, pongo Belly Dance y me muevo como Tongolele. ¡Arriba el norte (de África)!
Tuesday, February 08, 2005
Un nuevo vicio
A lo largo de mi vida he tenido diferentes vicios, todos ñoños, eso sí: desde chuparme el dedo hasta repetir las cosas muchas veces, pasando por ciertas lecturas, ciertas personas...Mi nuevo vicio son las palomitas de maíz. Lo descubrí hace muy poco, cuando me encontré a mí misma rondado las salas de cine no precisamente por le interés de ver una película. No sé si mi nueva adicción tiene que ver con la nostalgia del cine (léase con la canción de Mecano de fondo), con el recuerdo de personajes y de historias dentro y fuera de la pantalla, o con la nostalgia del maíz.
En estas tierras gachupinas el maíz no se consume. Ni en sueños se encuentra un elote fresco en el súper, olvidémonos de maíz pozolero, harina de maíz o cualquiera de sus derivados (¡oh dios! ¡las tortillas, los tamales, los sopes, etcétera, etcétera). Lo más cercano es ese elote amarillo y dulzón, siempre en lata o congelado. Yo me he esforzado, he calentado esos elotes industrializados y los he pusto mayonesa, limón y chilito, pero nunca será lo mismo. Me he puesto morada (o sea, llena a reventar) de fritos de mercadona hechos con harina de maíz y saborizados con barbecue, pero nada.
Afortunadamente he descubierto las palomitas de maíz, hechas en casa al estilo antiguo, es decir, sin horno de microondas, que no tengo, sino puestas en una olla al fuego y, seguramente (no me he visto por detrás) removiendo las caderas en vez de romover la olla con las palomitas como hacía mi mamá.
Total, que desde que tengo este nuevo vicio un día sin palomitas es un día sin alegría. ¡Menos mal que hasta ahora no me ha hecho falta prescindir de ellas!
Salud.
En estas tierras gachupinas el maíz no se consume. Ni en sueños se encuentra un elote fresco en el súper, olvidémonos de maíz pozolero, harina de maíz o cualquiera de sus derivados (¡oh dios! ¡las tortillas, los tamales, los sopes, etcétera, etcétera). Lo más cercano es ese elote amarillo y dulzón, siempre en lata o congelado. Yo me he esforzado, he calentado esos elotes industrializados y los he pusto mayonesa, limón y chilito, pero nunca será lo mismo. Me he puesto morada (o sea, llena a reventar) de fritos de mercadona hechos con harina de maíz y saborizados con barbecue, pero nada.
Afortunadamente he descubierto las palomitas de maíz, hechas en casa al estilo antiguo, es decir, sin horno de microondas, que no tengo, sino puestas en una olla al fuego y, seguramente (no me he visto por detrás) removiendo las caderas en vez de romover la olla con las palomitas como hacía mi mamá.
Total, que desde que tengo este nuevo vicio un día sin palomitas es un día sin alegría. ¡Menos mal que hasta ahora no me ha hecho falta prescindir de ellas!
Salud.
Monday, February 07, 2005
Pinche Galatea o Un capricho ineludible
(...) y tú estás insensible, Galatea.
Metamorfosis XIII, Ovidio
Era tu hado ser ciego,
que tu único ojo quedara
eclipsado por blanca mano.
Y no fue Galatea
luna bastante
acariciando de Acis el cuerpo,
no fue bastante blanco su seno
para oscurecer tu ojo.
Tuvo que ser Odiseo
el candente olivo
que abrasara tu sol de media frente.
Tu balido despierta, Polifemo
y son al unísono tus cabras
gimiendo ya no rojas
crepúsculo de sangre
sino más que nunca oscuras.
Nadie te ha cegado,
resuenan los montes fatigados
nadie escucha
y ha salido huyendo nadie de tu furia
de tu noche enloquecida.
Desplazas la roca
naces llorando de tu cueva
buscas, ciego, a nadie
das tumbos en tu carrera
vence la sombra tu cuerpo erguido
y manos en tierra
palpas,
buscas a nadie con tus dedos.
Los dioses conmovidos,
vuelven metal a los cíclopes durmientes
ponen línea recta a tu trayecto.
Abrazan tus miembros el riel frío
te precipitas
tus piernas encogidas ya son discos
tus brazos accionan sus nuevos mecanismos:
giran.
Tu ojo deslumbrante brilla herido,
del humo la columna no cesa
y la sangre al viento, vuelta rocío
sube al cielo y se dispersa.
“¡Nadie! ¡Nadie!” sobre las vías
“¡Nadie!” la máquina de tu cuerpo
tu ojo deslumbrante brilla herido
la mano de Ulises ciega al cielo
(cielo rojo, pardo, negro).
Asoma tatuado con la liebre
de insensible Galatea el blanco seno.
Metamorfosis XIII, Ovidio
Era tu hado ser ciego,
que tu único ojo quedara
eclipsado por blanca mano.
Y no fue Galatea
luna bastante
acariciando de Acis el cuerpo,
no fue bastante blanco su seno
para oscurecer tu ojo.
Tuvo que ser Odiseo
el candente olivo
que abrasara tu sol de media frente.
Tu balido despierta, Polifemo
y son al unísono tus cabras
gimiendo ya no rojas
crepúsculo de sangre
sino más que nunca oscuras.
Nadie te ha cegado,
resuenan los montes fatigados
nadie escucha
y ha salido huyendo nadie de tu furia
de tu noche enloquecida.
Desplazas la roca
naces llorando de tu cueva
buscas, ciego, a nadie
das tumbos en tu carrera
vence la sombra tu cuerpo erguido
y manos en tierra
palpas,
buscas a nadie con tus dedos.
Los dioses conmovidos,
vuelven metal a los cíclopes durmientes
ponen línea recta a tu trayecto.
Abrazan tus miembros el riel frío
te precipitas
tus piernas encogidas ya son discos
tus brazos accionan sus nuevos mecanismos:
giran.
Tu ojo deslumbrante brilla herido,
del humo la columna no cesa
y la sangre al viento, vuelta rocío
sube al cielo y se dispersa.
“¡Nadie! ¡Nadie!” sobre las vías
“¡Nadie!” la máquina de tu cuerpo
tu ojo deslumbrante brilla herido
la mano de Ulises ciega al cielo
(cielo rojo, pardo, negro).
Asoma tatuado con la liebre
de insensible Galatea el blanco seno.
Misr omu dunia
Tomar un taxi en el Cairo es arriesgar la vida, cada taxista es un asesino a sueldo. En sus avenidas se cruzan lo mismo un mercedes que una carreta de burros o un hombre en bicicleta con una enorme canasta de pan en la cabeza; lo mismo un hombre de origen campesino con túnica y turbante en la cabeza, que un ejecutivo de traje a lo occidental; lo mismo una mujer de falda corta y melena suelta que una cubierta de pies a cabeza (ojos y manos incluidos) de color negro. A partir de aquí: todos los matices posibles.
Por las aceras no se puede andar de tanta gente y para cruzar la calle es necesario extender la mano en señal de alto, encomendarse al ángel de la guarda y lanzarse al vacío, o mejor dicho, al súper lleno infinito interminable de todas horas.
El aire está lleno de smog y de bocinas de coches, excepto a las horas de la oración, cuando todas las bocinas del Cairo, una ciudad de casi 17 millones de habitantes, se ponen a gritar que Allah es el más grande. La gente reza por las calles en rezaderos comunitarios o en su propio puesto de trabajo, junto a su caseta de vigilancia, detrás del mostrador, al lado de su escritorio.
Los antiguos palacios del imperio otomano son ahora sede de los nuevos imperios turísticos: el Sheraton, el Hilton, el Marriot. En el cielo Coca-cola, Sanyo, General Electric, Sony, y otras grandes estrellas multinacionales brillan con una potencia de muchísimos watts de neón. Un poco más abajo, los minaretes de las mezquitas en verde fosforescente delatan su presencia.
El Nilo se pierde entre el mar de coches. Por sus aguas navegan de día lanchas súper veloces de la policía color rojo pasión, barquitas para cruzar de un lado a otro, restaurantes flotantes, y por las noches trajineras-disco con su techo de luces de neón, música punchispunchis con dejos arabescos y gente bailando encima de las mesas.
Ni los franceses ni los ingleses se ocuparon de construir la ciudad colonial que yo me imaginaba pensando en el Cairo (al-Qahira, la que te abate). Eso sí, casi todos los letreros públicos están además de en árabe en inglés o en francés.
Continuará...
Por las aceras no se puede andar de tanta gente y para cruzar la calle es necesario extender la mano en señal de alto, encomendarse al ángel de la guarda y lanzarse al vacío, o mejor dicho, al súper lleno infinito interminable de todas horas.
El aire está lleno de smog y de bocinas de coches, excepto a las horas de la oración, cuando todas las bocinas del Cairo, una ciudad de casi 17 millones de habitantes, se ponen a gritar que Allah es el más grande. La gente reza por las calles en rezaderos comunitarios o en su propio puesto de trabajo, junto a su caseta de vigilancia, detrás del mostrador, al lado de su escritorio.
Los antiguos palacios del imperio otomano son ahora sede de los nuevos imperios turísticos: el Sheraton, el Hilton, el Marriot. En el cielo Coca-cola, Sanyo, General Electric, Sony, y otras grandes estrellas multinacionales brillan con una potencia de muchísimos watts de neón. Un poco más abajo, los minaretes de las mezquitas en verde fosforescente delatan su presencia.
El Nilo se pierde entre el mar de coches. Por sus aguas navegan de día lanchas súper veloces de la policía color rojo pasión, barquitas para cruzar de un lado a otro, restaurantes flotantes, y por las noches trajineras-disco con su techo de luces de neón, música punchispunchis con dejos arabescos y gente bailando encima de las mesas.
Ni los franceses ni los ingleses se ocuparon de construir la ciudad colonial que yo me imaginaba pensando en el Cairo (al-Qahira, la que te abate). Eso sí, casi todos los letreros públicos están además de en árabe en inglés o en francés.
Continuará...
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